Luis Ricardo Guerrero Romero
Los muros de la casa: fríos, duros, inánimes, no eran suficientemente inhumanos para obstruir el sonido de dolor de aquel animal, sonidos que traspasan el tabique frío. Periódicamente, como si se tratara de un ritual tortuoso se dejaba oír el ladrido y el maneo de una charola vieja, el movimiento de auxilio de un lugar en donde apenas se podía mover aquel animal perro. El perdón y justificación de la vecina era que al menos le daba de comer, que las sobras de alimentos ya las querrían muchos otros perros callejeros, la justificación fue que su “mascota” le salió malcriada.
Por mi parte, sólo me resta maldecir y vituperar hacia ese cuasi humano que tiene en agonía a su perro. Si yo fuera perro y me tuvieran atado, también haría ruido y lo imposible para salir de ese ignominioso estado. Pero, qué es lo más deleznable y ruin del caso; que personas como mi vecina del 151, son aquellas que también replican esa torpe mentalidad en los humanos, de tal suerte que, si un hijo de ella es malcriado, es porque así le salió, pobre de ella: estúpida persona, idiota idiosincrasia.
Nadie ha dicho que educar sea fácil, que sea un acto de añadidura, nadie le pide al hombre que tenga mascotas, y mucho menos se le pide que genere más vida. Para qué, con qué objetivo: ¿saciar infundadas costumbres familiares?, ¿traer otro ser vivo a morir?, ¿prolongar el sufrimiento? Todo parece estar orquestado, todo parece estar enfilado, dirigido, limitado en un orden que ilusoriamente llamamos sagrado. La orquestación de la vida sólo la dirige un director, patético, ruin, ensimismado y narcisista, que se mofa de nuestro esfuerzo para ensamblar una melodía que él mismo le pondrá fin.
Orquestar, una palabra fina y no decir que se arma algo, para sonar sutiles y perspicaces, para que la sagacidad del lenguaje se vea reflejado en nuestro constructo social. Al escuchar orquesta, inmediatamente a nuestra mente de nos avecina el escenario de una cámara o filarmónica, personar preparadas, disciplinadas y atentas que siguen el pautado del papel en conjunto con la batuta de un sujeto que simula sentir los silencios, tiempos, y sonidos de sus músicos, un dios cualquiera que pone reglas, y dirige algo que el propio músico ya había ensayado, todos lo ven, lo siguen, confían en éste, aunque al final de la obra les da la espalda para recibir los aplausos.
Así es como mecánicamente funciona la orquesta, palabra heredada desde la lengua helénica: ορχησις [orchesis> orkesis, orquesis, orquesta]; sustantivo que en sus anales significó una fila de hombres, y posteriormente llegó a referir la agrupación de personas que ordenadamente se juntan para realizar un baile, una danza, una presentación musical. Anteriormente no se ocupaba de un director, todo músico disciplinado sabía qué hacer, pero… llegó el Medioevo y dictó que nadie es experto, sólo Dios, y entonces aparece el director que casualmente (monje) podía decir quién sí y quién no era apto. Y así, en el preste en vísperas del 2023, seguimos siendo orquestados, seas o no hábil, sepas o no, el jerarca te dicta cuándo y cómo entrar, qué hacer, aunque tú lo sepas. Espera a la orden, y espera que al final el director te dé la espalda mientras él agradece los aplausos.





