Juan Pablo Duch
“Sin temor a equivocarme: la tragedia de Chile se convirtió en nuestra tragedia; la historia de Chile, en una página de nuestra historia”, resume el canciller de Rusia, Serguei Lavrov, en un artículo dedicado a los “50 años del golpe de Estado en Chile: memoria y enseñanzas”, publicado este lunes en el diario oficial Rossiskaya Gazeta.
GALERÍA: Chile a 50 años del golpe de Estado.
Para Lavrov, la felonía de los militares que derrocaron al presidente Salvador Allende “suspendió durante 17 años la tradición democrática de Chile, marcó una divisoria política en la historia moderna de ese país y dio al mundo una serie de lecciones importantes para las siguientes generaciones”.
El encargado de la política exterior rusa destaca que el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por Allende, llegó al poder en 1970 como resultado de “la libre expresión de la voluntad de los electores chilenos en el marco de la Constitución” chilena y se fijó, entre otras metas, “abandonar la dependencia del exterior y fortalecer los principios tanto nacionales como latinoamericanos”.
La coalición de izquierda –continúa Lavrov– intentaba lograr la independencia política y económica de Chile y rechazaba los “métodos de influencia que se ejercen sobre los países como la discriminación, la presión, la intervención o el bloqueo”.
Sostiene: “Tenía la intención de revisar todos los acuerdos que imponían al país obligaciones limitantes de su soberanía y, si fuera necesario, no dudaría en denunciarlos. Quería mantener relaciones con todos los países, al margen de su orientación política e ideológica, y consideraba la OEA (Organización de Estados Americanos) una herramienta del imperialismo estadunidense, instando a crear una organización verdaderamente representativa de los países latinoamericanos”.
Que los dirigentes chilenos defendieran esos planes estratégicos –opina Lavrov– “era, de acuerdo con la famosa lógica neocolonial de la Casa Blanca, poco menos que una amenaza existencial para Estados Unidos”.
Porque “irritaba , y sigue desagradando, a Washington la mera idea de que otros Estados tienen derecho a elegir su propio modelo político y socioeconómico de desarrollo, pueden guiarse por sus intereses nacionales, reforzar su soberanía estatal y respetar su identidad cultural y civilizatoria”.





