Luis Ricardo Guerrero Romero

Será por la tradición, por la costumbre o por el motivo de que uno se reconstruye con las mismas historias de los ayeres, será porque así lo dictan los sentidos: el oído, que capta la emoción de la palabra, el tacto, que toca con sinestesia los sabores, el olfato, que se traga en aspiradas hasta los suspiros, la vista, que admira la dicha y el desamparo del paladar, y el gusto, con el que libamos el néctar de las cosas mientras terrenalmente entre subrepticios nos llega la muerte, nos llega.

Las anteriores 90 palabras que aún se pueden leer en la habitación de aquel huésped andrajoso que nos visitó el mes pasado, no se pueden borrar. Soy el encargado de limpieza y me he asegurado con mis propias manos que mis subordinados no mienten. Esas 90 palabras no se quitan, ni se mutilan, no quieren partir. Son como una escarificación que decidió hospedarse en nuestra recámara más amplia. Ya el gerente del hotel, incrédulo de toda clase de supersticiones, mandó pintar la pieza completa, pero lamentablemente al paso de tres meses esas 90 palabras resurgen, tan nítidas como la vez primera que las vi. Suerte de la gematría, vicisitud del destino, puesto que todo nuevo huésped forzosamente lee ese mensaje.

Esto al principio me pareció una broma, luego me invadió el enojo, posterior a ello me sobrevino la indiferencia, pero hoy, hoy tengo sembrada la curiosidad más viva y más inquieta por saber y saborear ese néctar del que citó aquel extraño sujeto.

Mi corazón desazonado y mi mente alerta me repiten las palabras: “… libamos el néctar de las cosas. Aquí, mientras terrenalmente entre subrepticios nos llega la muerte”. Tal idea me invade incluso mientras ocurre el coito de costumbre sabatina entre una mujer y otra, tal idea dura y real, me timonea al ayudar a mi semejante, libar el néctar de las cosas, me sucede de camino al hotel y me retumba cuando solo en mi cama espero amanecer. Parece que tomaré una decisión pronto, aquella elección en donde deje de atormentarme por no poder beber ese néctar mientras subrepticio esperaré la muerte.

¿Qué nos tiene que enseñar un encargado de limpieza sobre la vida?, ¿por qué razón creerle a la experiencia e interpretación del otro?, ¿cómo es posible que un inquilino de hotel motivó a nuestro personaje narrador a arrebatarse la vida? Tres preguntas una respuesta: néctar. El néctar efectivamente nos parece incluso al pronunciarlo una experiencia deliciosa. Al emitir estas seis letras hay en nuestros sentidos una sensación grata. Como cuando decimos gracias, como al decir te quiero. El pronunciar néctar nos envuelven ideas agradables. Esto es porque todos deseamos vivir más, es un deseo tan profundo, y tan arcano que el mismo Dios lo conserva celo para él.

El sustantivo néctar, además de encontrarlo en jugos y otros alimentos, lo descubrimos en su origen en la vida eterna. De allí que se diga que el néctar es la bebida de los dioses. Puesto que, es a partir de la voz griega νεκταρ (néctar) de donde se generó nuestro sustantivo en español. Pero la idea apenas inicia. Para entender el sentido del néctar hay que pensar en la muerte, y en la muerte por ahogamiento. En español la palabra anegar significa sumergir, morir; una suerte simbólica de muchas iniciaciones donde se debe morir para renacer. Del latín adnecare, pues necare es matar. La palabra néctar con el sufijo tar, que significa: que vence; nos ofrece la idea completa sobre el néctar. Es decir, lo que vence a la muerte. De allí que el néctar sea la bebida de los dioses.

Sólo el hombre puede ser anegado, muerto en la sumersión de cualquier circunstancia, como le aconteció a nuestro supervisor de limpieza del relato inicial. El néctar, el jugo de las cosas, la sustancia de la vida, el extracto de la eternidad les pertenece a los dioses, o aquel aspirante incauto que pretenda ser su dios.

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