Luis Ricardo Guerrero Romero
Carraspeé cinco veces más antes de insistir otra oportunidad. Aunque, aquella vieja amiga en otro contexto aseguró que los hombres en particular antes de mentir o desear mentir “aclaramos la voz”, yo carraspeé esas cinco ocasiones. No era para menos, estaba en juego mi último trabajo con el cual me iba a la jubilación. Conozco a muchos que en mis circunstancias han hecho lo mismo, rogar una oportunidad de trabajo, no por el hecho natural de ser útiles y producir, o por la alegría que dota el trasmitir de consejo y algo de academia a nuestros pupilos, no, todos ellos y aún más ellas lo saben, se busca terminar en un trabajo para la jubilación y ganar más, más todavía después de años de “servicio” de no hacer nada, de sólo ir tras el escalafón magisterial.
Enseñando cómo prender la bocina y cantar, practicando tijeritas, y ese cuento de los valores que no llevan a cabo en su vida el grueso de la población docente. Actividades que hicieron ganar dinero jugando a la escuelita. Eso sin contar que entre las filas las hay quienes ostentan posgrados sin saber escribir ortográficamente correcto, y ni el verbo to be entendieron jamás, pero allí están en sus puestos de ardua labor docente. Por eso y por más experiencias no sólo “aclaré la voz”, también las ideas, y le supliqué a la gerente del supermercado que no me corriera, pues nunca pude estar en el sindicato de docentes, me faltó ser un tanto limosnero.
El relato anterior extraído del anecdotario de Muñiz tiene ciertos puntos que habremos de aclarar, para lo cual, la tarea es raspar con las palabras la mente: una carraspera mental. Destacamos que el hecho de limosnear es el acto de sentir hambre, de estar desprovisto de algo, en su sentido primigenio, no tener un puerto en el cual desembarcar; así nos lo indica la voz helénica antigua: λιμηνεος [limeneos], puerto o lugar de refugio; mientras que a su vez el adjetivo λιμηρος [limeros] era para describir al pobre, al hambriento, al miserable. Esta última palabra generó limosnero, el sufijo –ero– designa: ocupación u oficio: carpintero, presbítero, alfarero, limosnero.
Desde luego hay otra hipótesis que apunta a que dicha palabra se enlaza con la piedad, pero ello se responde con la glosemática, y la cosecha de la Iglesia que ha ensuciado algunas palabras para su muy conveniente uso. En fin, a Muñiz le faltó limosnear en los sistemas educativos, porque talento, voluntad y conocimiento sí lo tenía. Amor no, el amor es para otras cosas menos lucrativas.





