Julio Reyna Quiroz
Ciudad de México. Autos inservibles, cajas vacías de tráiler y de camionetas, llantas desgastadas y rines oxidados, piezas sueltas de automotores, asientos de tela rotos, combis fuera de servicio, polvo a raudales. Es un deshuesadero. Sin embargo, todo este esquema se rompe con un ring que funge como escenario de la lucha extrema, la “death match”, el hardcore de la lucha libre.
El cuadrilátero, en el justo centro del deshuesadero de la colonia San Francisco Chilpan, en el municipio mexiquense de Tultitlán, vio el regreso a las artes del pancracio extremo, sangriento y violento de uno de los exponentes más notables de la especialidad, Pagano. Luchador juarense admirador de Juan Gabriel y que ha tenido sus amoríos con la empresa AAA, Pagano regresó a sus orígenes de luchador extremo.
El cartel del domingo 26 de noviembre convocó a alrededor de 150 personas: “El Origen. Lucha Extrema Death Match”. La pelea estelar fue la de Pagano contra Venom.
Unos asistentes pagaron entradas por las sillas plegables alrededor del ring y otros por boleto en general. A partir de aquí era cosa de buscar el asiento trasero de algún auto o apilar unas tres llantas para poder sentarse.
El cuadrilátero se redujo a testigo, únicamente, de la presentación y la conclusión de los combates extremos entre una treintena de luchadores, pues el verdadero espectáculo estuvo en la utilería muda del deshuesadero.
Las luchas pasaron por golpes con lámparas de neón y con sillas plegables, o por agresiones con alambres y guantes de electricista con púas. Un luchador clavó palos de madera de unos 20 centímetros en la cabeza de su oponente.
Y el respetable se condolía al extremo en cada agresión, pero también lo agradecía con aplausos. Pese a toda la violencia, los luchadores derrotados reconocían las victorias de los contrincantes y los vencedores admitían humildemente el esfuerzo del rival vencido.
En el deshuesadero, los luchadores no se lanzaron desde la tercera cuerda. No, eso es para la televisión.





