Luis Ricardo Guerrero Romero

Quién se imaginaría que de la mente de un sepulturero saldría la idea de la vida. Cuando Don Caronte nos hablaba de lo bueno y lo malo, entre un trago a la caguama y el encendido de otro cigarro todo parecía distinto, y aunque don Justino contara diferentes relatos, éste siempre iniciaba con la frase siguiente: “Hay un sentido que tiene eficacia en todos los humanos, el cual nunca faltará mientras se viva: el olfato. Podrá faltarnos tacto, vista, incluso el gusto; pero el olfato (olfactus) nos hace humanos, y nos emparenta con la animalidad, el olfato nos da la vida respirada. Este sentido es tan sutil que incluso cuando algún asunto no va por buen rumbo “algo huele mal”. “Manso perfume es la verdad, que combate la peste que poluta al hombre”. Y entonces comenzaba a hablarnos sobre alguna experiencia vivida durante su quehacer de sepulturero, de su boca a veces parecía salir el aliento de todos los muertos enterrados, aunque algunos escépticos atribuían ese fétido olor a la edad avanzada, el cigarro y los problemas gástricos que con la edad se van agudizando, sin embargo, para otros tantos escuchar aquel hombre era más que dedicar atención, era revivir el entierro y volver a sepultar el cadáver. Desde aquel tiempo y hasta la fecha en que acudimos a visitar a Don Caronte, el sentido de la vida trocó, él no sólo era quien bajaba el ataúd, sino el responsable de preparar los restos (este término sinónimo de lo que quedó), quizás por eso a veces su olor era desagradable, pues el hombre evita la muerte y todo lo que tiene que ver con ella, incluso el olor, aunque a todos nos espera ese perfume eterno.

Sin duda es preciso distinguir entre la peste enfermedad y la peste que arruina la verdad en el hombre, no obstante, ambas son signo de la muerte, ya que, la peste como enfermedad, tiene lazos fuertes con la peste de la falsedad. Ambas del griego antiguo, la primera es: πανούκλα (panoycla) epidemia, enfermedad; y la segunda: ψευστηςpeystesmentiroso. Claro es que, fonéticamente existe mayor ubicación y similitud de la segunda palabra con la de nuestro español. Peste es una síntesis de la destrucción, es la palabra para definir la ruina en la vida humana. Mas es al igual la palabra para definir un malestar epidémico contagioso. En términos clínicos, la peste es producida por un bacilo de Yersin (Yersinia pestis), trasmitido por las pulgas que residen en las ratas (las ratas nos vacilan y se burlan del hombre). En relación al olor, la peste es hedor. Algunos diccionarios reconocen que peste es también: la manera de nombrar a la persona o cosa perniciosa, una persona dañina, que actúa de modo insano. En latín se conserva la palabra pestis, para designar todo lo anterior mencionado. Es posible entender que, el malestar epidémico, es también un mal-estar de la ética y decoro del hombre. La peste es la mentira que en ocasiones se nos ocurre llevar a la boca, es una acción fétida y despreciable, es mal-estar para conmigo y con el otro, tan poderosa que arruina pueblos completos (en el caso epidémico) o relaciones sentimentales (en el caso de la mentira), su contrario, la verdad es el perfume que a todos deleita, de allí que ser mentiroso es vivir en la pestilencia y entregarse a la ignominia humana, por ejemplo: apestan algunas propuestas políticas, tanto como la mayoría de los sermones manipuladores de los curas.

En relación a la palabra peste, valió para Camus la trama que desarrolla en su novela La Peste, valió para la ciudad de Orán también esta cavilación; pues es el denuedo del hombre lo único que le podrá ayudar para salir de la peste y llegar a ser hombres limpios y verdaderos. La peste es evidentemente la destrucción, y al recordar las palabras de Einstein: “el mundo no será destruido por quienes hacen el mal, sino por aquellos que sólo se quedan mirando”; nos resta pensar como el sepulturero Justino, mientras se viva actuemos y seamos proactivos. No al quedarse mirando, no a la indiferencia, no a ser sujetos de la peste humana que exige actuar bien, mientras el mal les corroe el mármol de los templos.

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