Luis Ricardo Guerrero Romero

Al observar el consejo de Octavio Paz, en su poema Las palabras: Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas,  / ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras.

Decapité a la palabra calma, dejé vagabunda sólo el alma, e hice de la /c/, un taburete,  girándola 180 grados a la derecha me senté impasible como Kefrén el sedente (cuarto faraón egipcio), mientras meditaba sobre las raíces culturales que no anteceden, por ejemplo la Wirrarika. Pensaba en los hermanos denominados huicholes, obligados a ser emigrantes de sus propias tierras, ellos los repatriados, aun a pesar de saber más de nuestra patria original, aunque por fortuna este viernes 15 de abril, en Charcas, se realizará una velada cultural para conocer sobre la sabiduría wirrarika. La tranquilidad en sus rostros hace relación con la palabra calma, y según los lingüistas alemanes, calma es uno de los casos denominado: Rückwanderer (repatriado). Es decir que, calma, luego de un viaje por otras fronteras retornó a su origen. En el latín sólo encontramos sedatio, como sinónimo de calma y sedo, que significa calmar –suerte del Faraón sedente–; pero también dicha expresión era usada para restar la intensidad o apagar el fuego. Es decir que su empleo significaba disminuir ímpetu en lo encendido, ya en relación con una persona, ya en la cuestión de un fogón. De hecho la palabra latina sedatio, aún conserva en algunos sustantivos la idea de apaciguar algo o alguien, de aquí nos llega la palabra sedante, como el alcohol y demás barbitúricos o narcóticos, que efectivamente tranquilizan, calman. No obstante, el alcohol, el más asequible de estos sedantes, al ingerirse o en aplicación, arde y/o quema internamente. La palabra calma, decíamos fue repatriada, puesto que su origen griego es: καυμα (cauma, quema), que al pasar por otros territorios indoeuropeos regresó a su patria como: καλμα, o sea, calma. Sin embargo, sabemos que la lengua latina conservó la acepción legítima relacionada con las llamas, el fuego y calor. En orden a esto recordemos que el sustantivo calor, preserva el lexema griego cal. El calor y los sedantes parecen tener semejanza en otros aspectos, por ejemplo, cuando sentimos demasiado calor –en algunos– se presentan síntomas como: problema al hablar, cansancio al caminar, juicios torpes, reflejos lentos y apnea respiratoria, señales causadas por los sedantes. Existe entonces, una estrecha dependencia de sentido entre calma y sedo. Si decimos, el fuego sedó, se entiende que éste se calmó. Más ilustrativas son las innumerables esculturas que manifiestan la calma del hombre, situándolo en su sede, sentándolo en la calma. El fuego y la calma; el enfado y la paz, resumimos, parecen una dicotomía. En el libro del profeta Jeremías (en el capítulo 30: 24) podemos releer lo ya mencionado: “No se calmará el ardor, la cólera de Yahvé, hasta que haya hecho y cumplido los pensamientos de su corazón”;  Goethe por su parte nos dirá que: “El talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad”; y que decir de la famosa frase: keep calm, la cual en su origen precisaba mantener la tranquilidad luego de tanto fuego en la segunda guerra mundial. Pero para que irnos tan lejos en relación con la calma, si nuestra cultura tiene lúdicas aportaciones en relación con ello: “Calmantes montes, alicantes pintos, pájaros cantantes, culebras chirrioneras porque no me pican ahora que traigo mis chaparreras”.

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