Jessica Xantomila

Ciudad de México. Para las personas migrantes, refugiadas y desplazadas que han sufrido tortura, violencia sexual, secuestro u otras formas de agresiones extremas, las secuelas pueden continuar mucho tiempo después de los ataques, afirmó Médicos Sin Fronteras (MSF), por lo que llamó a garantizar atención integral y especializada a las víctimas.

“La violencia no siempre termina cuando cesa, sus efectos permanecen en el cuerpo, la salud mental, las relaciones y la posibilidad de reconstruir un proyecto de vida”, enfatizó.

En el marco de los 10 años de trabajo de su Centro de Atención Integral (CAI) en la Ciudad de México, destacó que en este lugar, donde reciben a personas que han sido violentadas, han acompañado a mil 205 pacientes, y han brindado más de 23 mil 200 consultas especializadas.

“Las necesidades no disminuyen: tan sólo entre enero y julio de 2026, el equipo identificó 71 nuevos casos de sobrevivientes de tortura y malos tratos, realizando más de 2 mil consultas. Entre 2017 y 2026, MSF ha sido testigo de cientos de experiencias dolorosas. Durante este periodo, por ejemplo, atendió a 156 personas por tortura, a 137 por secuestro y 241 por violencia sexual”, puntualizó. 

Una de ellas es Tamara, nombre ficticio para resguardar su identidad, quien huyó de su país en busca de seguridad, pues pandillas intentaron forzarla a trabajar con ellas. Sin embargo, la violencia la alcanzó en la ruta migratoria y fue víctima de agresión en la que sufrió golpes en todo el cuerpo, heridas y violencia sexual.

“Para sobrevivir y lograr que el ataque se detuviera, su instinto la llevó al límite: tuvo que fingir estar muerta durante 15 minutos”, expuso MSF.

La mujer hondureña relató a la organización internacional que después de ese episodio de violencia, el aislamiento se convirtió en su único escudo. Caminaba por los cerros -dentro de México- para evitar encontrarse con cualquier agente y sentía pánico de cualquier contacto personal. No podía hablar con nadie, no aceptaba que nadie se le acercara. “Su cuerpo estaba en México. Su mente seguía tratando de sobrevivir”.

Mercedes Alarcón, médica en el CAI, expuso que por diversos factores, como miedo y falta de información y acceso a servicios de salud, la mayoría de las personas víctimas de agresiones extremas solicitan atención seis meses después del ataque, y las secuelas pueden ser físicas, como presentar dolor crónico, a pesar de que no hay un golpe definido; trastorno de estrés postraumático, de ansiedad generalizada o depresivos y trauma complejo.

Asimismo, dijo en entrevista, algunas personas pueden tener “pérdida en su funcionamiento, a veces no saben ni siquiera llegar al transporte público porque el trauma fragmenta mucho la memoria y la cognición”.

Señaló que la recuperación de las víctimas puede tomar de seis a ocho meses. “No quiero decir que en ese tiempo ya estén curadas, sino que estabilizamos los síntomas. Es decir, la persona puede salir, regresar a trabajar, a platicar con sus familias y con sus amigos”.

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