Juan Manuel Vázquez

Meredith Monk caminó despacio, tanteando la duela con pasos cortos, rumbo al centro del escenario de la sala Nezahualcóyotl. Menuda, algo encorvada, a sus 83 años parece frágil. Bajo la luz que cae vertical, la ropa satinada en rojo encendido acentúa su delicadeza y la aparente soledad del espacio vacío. Parece un pajarito hermoso. Pero basta escucharla para que la percepción se transforme en una revelación: esa mujer adquiere la dimensión de una heroína cuyo lenguaje es la voz humana, capaz de trascender los idiomas y las palabras.

Un cuerpo que habla en una lengua nacida del aliento, de las vibraciones que recorren la garganta y los pulmones, se convierte en una forma de comunicación que podemos sentir y comprender. Desde pequeña, en Nueva York, Meredith tuvo una revelación que cambió su percepción del cuerpo y de sí misma.

Descubrió que la voz era un instrumento y no un vehículo para transportar textos. La voz podía manifestarse como movimiento, del mismo modo que se mueve una mano: saltar, girar o caer. En el interior de una voz habitaban personajes o personas e incluso paisajes.

En una entrevista para la plataforma cultural de la galería británica, Meredith contó la epifanía que experimentó cuando era una niña que crecía en una familia de artistas en Queens, en los años cuarenta del siglo XX.

“Descubrí que la voz humana es el primer instrumento y que es una conexión directa con el nivel más profundo de energías y sentimientos para los que no tenemos palabras. Así que sentí este poder tan fuerte de la voz como un instrumento universal”, compartió.

Frugal en la creación

La obra que presentó el domingo nació de esa epifanía y en el espacio íntimo que ha sido su laboratorio durante décadas: un loft en Tribeca. Cuando llegó en 1974, era un territorio infestado de ratas, donde apenas vivían unos cuantos artistas y había un célebre restaurante frecuentado por mafiosos, el Teddy’s, donde también solían comer los compositores Philip Glass y Laurie Anderson.

Con el tiempo –ha contado Monk–, todo se volvió caro y sofisticado, y el barrio se convirtió en uno de los epicentros culturales de Nueva York. Ella, sin embargo, mantiene una renta congelada que le permite seguir habitando su apartamento. En el loft, una pequeña habitación con una cama, repisas con algunos libros y una bicicleta conviven con el espacio de trabajo. La austeridad parece extenderse a su manera de crear: para levantar su universo escénico no necesita grandes recursos, apenas su voz, un piano y, a veces, un sintetizador.

“Mi forma de trabajar es muy flexible, puedo crear una ópera o un solo, muy felizmente lo puedo hacer en mi loft con cinco bombillas de luz y no necesito 100 instrumentos o un sistema de iluminación muy sofisticado”, contó en el documental de 1994 dirigido por Sidsel Mundal.

Es formidable atestiguar cómo esa mujer por sí sola desborda el escenario. En la sala Nezahualcóyotl escuchamos un recorrido por varias décadas de una forma de creación que Monk asume también como resistencia. Incluso como resistencia política, aunque no en el sentido tradicional de un planteamiento ideológico, sino porque, como ha explicado, “insistir en la dimensión espiritual del arte en este mundo en sí mismo es un acto político”.

Así lo plantea también en Cellular Songs (2025), junto con su Vocal Ensemble, integrado con Katie Geissinger y Allison Sniffin. La obra es una metáfora biológica sobre la colaboración, la generosidad e interdependencia de las células en el universo de lo microscópico. Pudo escucharse este domingo de tormenta en el sur de la ciudad. Ahí, Monk se convirtió en contrapunto y parte de un grupo de heroínas dispuestas a demostrar, con la fuerza de sus voces, todo el poder creativo que reside en la cooperación y la ternura.

Sutil y dulce

En el documental de Mundal, la artista reflexionó sobre la figura del héroe en varias culturas, encarnado a menudo en un hombre portador de la ira y dispuesto para la guerra y el sacrificio. En un su trabajo Education of the Girlchild, las protagonistas son seis mujeres fuertes. “No son mujeres enojadas, sino simplemente mujeres realizadas que son las heroínas en una obra de arte. Representaciones que no suelen verse en nuestra sociedad, donde damos por sentado que esos roles pertenecen a grupos de hombres”, dice en el filme. En escena, Meredith desplegaba esa concepción y se prolongaba en un ulular infinito.

Monk movía en el aire y el espacio con esa voz inasible que, sin embargo, impactaba con fuerza en el cuerpo. Sola o en compañía por su ensamble de dos mujeres poderosas. Con esa fuerza celebraron también Happy Woman, una de las pocas piezas en las que las voces articulan palabras. “Oh, I’m a happy, hungry, tender, thinking, sassy, patient (…) lucky, needy, greedy (…) happy woman”.

De pronto, se alejó del centro escénico y se ocultó parcialmente en la penumbra, detrás de un piano, para susurrar Gotham Lullaby, la pieza que Björk incorporó a su repertorio junto al Brodsky Quartet. Sutil y dulce como todo arrullo, pero oscura y por momentos tenebrosa como las noches del Nueva York de los años 70.

Cuando terminó, Meredith Monk se percibía en toda su dimensión: era enorme, como su voz, que no se toca, pero se siente muy adentro.

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