Ricardo Bravo

Pensé que la dolorosa eliminación de la selección mexicana de la Copa Mundial de la FIFA, sería el momento idóneo para dejar de lado este maravilloso distractor y volver a los temas políticos locales e internacionales. Sin embargo, Donald Trump y la FIFA parecen empeñados en que esa separación sea cada vez menos nítida y, por tanto, considero que podemos darnos el lujo de continuar, una semana más, con los temas mundialistas sin dejar de lado los políticos.

Y es que parece que no hay límites a lo que la FIFA está dispuesta a hacer para seguir decepcionándonos. Era bien sabido que la federación sería muy acomodaticia con la sede principal de este mundial, debido a que la investigación criminal denominada FIFAgate se dio precisamente en suelo estadunidense. Se especula incluso que la selección de Estados Unidos como sede mundialista responde precisamente al ocultamiento de más implicados en el escándalo de corrupción. Pero imagina uno que hay límites; que hay líneas rojas que no se cruzan. ¿De dónde viene esa convicción? Creo que la única explicación es una fe casi ciega. No es creer en algo realmente; más bien, son ganas de creer. Nos rehusamos a que ese espectáculo que tanto amamos los pamboleros, esté manchado por el dinero y la política. Porque aceptar eso implica aceptar que el deporte mismo está manchado. Es rehusarnos a que eso en lo que hemos creído tanto tiempo resulte no ser verdad; como el religioso al que se le mete el gusano del escepticismo. Es evitar un rompimiento identitario.

Pero la FIFA se empeña en llevarnos la contraria. Lo del premio de la paz para Trump ya era jugar con los límites. Si sus guerras no se trataran de vidas humanas, lo del premio sería cómico de tan ridículo. Pero el problema es que hay vidas en la línea y la FIFA se presta a esas… puestas en escena. Pero, qué más, los pamboleros miramos para otro lado: “Son una porquería y le besan las suelas al presidente naranja, pero el deporte se mantiene impoluto”. Esquivando la razón. Pero no se detiene; la FIFA ahora atiende el llamado de Trump para revertir una roja a su delantero estrella, Balogun. El punto no es si la acción por la que se le expulsó valía una tarjeta roja; el punto es: ¿todos los que tengamos el número de Infantino podemos llamar y ser atendidos? ¿Por correo, SMS o Whats también vale?

¿De dónde aferramos nuestra convicción ahora? Los Estados Unidos fueron eliminados pese a este malabar presidencial. Entonces, pareciera que las consecuencias no fueron importantes. Pero, como lo dijo la UEFA  (Unión de Asociaciones Europeas de Futbol), con esa decisión se cruzó una línea. Es complicado, pero no imposible, mantener separada la FIFApolítica del deporte cuando te inventas una distinción para satisfacer el ego inagotable del wannabe emperador planetario. Excepto él, todos sabemos que la distinción no tiene ningún valor. Mientras se mantenga fuera del estadio, tolero que necesites quedar bien con seres impresentables para garantizar un buen espectáculo. Pero ¿cómo blindar al deporte cuando alguien ajeno puede meter la mano en lo que ocurre en el juego?

El problema tiene un gran alcance, porque si la FIFA pierde toda credibilidad, el evento simplemente no puede existir. Porque hay muchos momentos en los que la suspicacia surge. Antes eran los árbitros vendidos, sobre quienes se especulaba que favorecían a tal o cual. La tecnología llegó para evitar ese tipo de suspicacias. Sin embargo, nos damos cuenta de que la tecnología también puede utilizarse de manera tendenciosa. Entonces, en especial en un contexto tan competitivo, necesitamos un organizador con cierta credibilidad.

El hecho de que el presidente de la FIFA esté a las órdenes del presidente Trump “abre una lata de gusanos” y otorga credibilidad a un sinfín de conspiraciones: que si el Francia vs. Argentina está pactado para la final, que si Messi será llevado de la mano al Olimpo mundialista, etcétera. Yo siempre he creído que hay intereses innegables que se persiguen en la organización, principalmente económicos: se abre un camino más asequible para los equipos favoritos, para los que generan más dinero, para los grandes nombres. Esto, siempre en una medida aceptable, sin descaro. Pero ante lo de la roja a Balogun, ¿alguien ve algún indicio que nos haga pensar que existen límites que la FIFA no cruzaría para satisfacer al poder y en beneficio propio?

Adaptando una broma del comediante americano Ron Funches en una sesión de standup:

“Entiendo que no creas en todas, o en la mayoría de ellas, pero ¿no crees en NINGUNA teoría de la conspiración? ¿Simplemente crees que la FIFA está por ahí, tomando buenas decisiones y diciéndonos toda la verdad? ¡Esa es una posición muy dura! La FIFA está a cargo de muchas personas. Yo soy papá y estoy a cargo de un solo hijo… Y yo le miento al tipo todo el tiempo…”

Y sí, este es un indicativo de lo podrida que está la FIFA, pero también muestra el problema de la concentración del poder en una sola persona o en un solo grupo. Porque la FIFA es solo uno de los entes que se doblegan ante la fuerza de Trump. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, no deja pasar un momento para cumplimentar a Trump por todos sus logros. Esto, a pesar de que continúa con sus amenazas contra Groenlandia y ahora, contra España, ambos miembros de la OTAN. Lo mismo algunas empresas de la industria automovilística, como Toyota, que anuncian el traslado de parte de su producción en nuestro país al vecino del norte. Las amenazas de aranceles tienen efectos concretos.  

Me da que Trump está hecho para la FIFA. ¿Lo promovemos para próximo presidente?

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