Luis Ricardo Guerrero Romero
La causa de todo lo que aún me mantiene viviendo aquí en esta vecindad, no son los cantos nocturnos de los perros, ni la tremenda inteligencia que he desarrollado para poder tener algo de agua, ni son los apagones, ni los gritos de mis vecinos, quienes me evidencian sus corajes, pero también sus placeres.
Lo que me mantiene en esta vivienda es mi vecina, ella tiene sus hombres y yo estoy en la lista, ella es mujer y vecina, amor y compañía. Es una mujer y la respeto, respeto su oficio ínclito como ninguno cuando una sábana aromatizada nos arropa otra vez. Por razones de privacidad y guardar el secreto para mí, no escribiré aquí su nombre, pero les puedo mencionar que goza de ser una aficionada a la gimnosofía. Por tal motivo, muchos de los residentes que no somos residenciales de esta vecindad, la imputado de todo, pero ella lo sabe, lo escucha, lo siente y disfruta. Es un vino tinto que deja sus piernas en el recipiente que la acoge con cariño.
Hoy decidí que viviría con ella, aunque ella viviera con alguien más. He decido mi propia moral disoluta, pero feliz; licenciosa, como la de todos, salvo que la mía es mucho más evidente. Pues es verdad que, desde el párroco hasta el sacristán, el médico y la enfermera; los amantes y los dependientes de algún centro comercial, toman la vida bajo sus principios más convenientes. Nadie sigue reglas generales, lo único que no logró tocar la globalización fue a la moral. Ella sigue su decurso, bajo el postor que mejor le saque provecho. Así, yo, así seré entonces con la vecina, ésta sí, vecina del mundo y de mí.
Mucho se ha de poder hablar sobre los vecinos, esos entes que jamás imaginamos fueran de algún modo parte de nuestra vida. Hay a quienes le tocaron buenas personas, hay quienes desearán matarlos ahora mismo. Vecinos, vecindad, vecindario. El asunto aquí es esa vecina que se nos ha expuesto líneas arriba. No obstante, no sabremos si en algún lugar de nuestro estado hay una vecina aficionada a la gimnosofía. Lo que sí sabemos es que esta palabra de vecina es una herencia del latín vicinu, donde la regla de dicha lengua nos dice que la [i] larga inicial se convierte en [e] ante la proximidad de otra [i]. Así tenemos nuestro sustantivo vecino. La semántica o historia de la voz vecino, también nos indica proximidad, así, de tal suerte, alguien que no viva justo al lado, puede ser nuestro vecino, si lo consideramos cercano.
Ahora que nos hemos avecinado a esta palabra, seamos o luchemos por ser buenos vecinos.





