Luis Ricardo Guerrero Romero
… a quién no, a quién le faltó esa experiencia, cuál de todos ustedes —preguntaba la voz incisiva de don Jacinto Romo— le faltó esa natural estrategia bebible, esa rutina rara, romántica y rimbombante por las mañanas antes de emprender el viaje académico. Incluso al adulto, al marido o esposa, le ha quedado la costumbre añeja de la mixología maternal. Ellas, las madres mixólogas, no ocuparon más que el curso de la vida para tener la pericia en lo que viene siendo una “coctelería matinal”, víctimas fuimos varios de una gama de experimentos bebibles, que antes de salir a la escuela fue bebido por nuestros inocentes paladares, luego, camino a las aulas, sentíamos bienaventurados sus efectos, o bien, cuando la suerte no estuvo de la mano de las madres, nuestro estómago reclamaba una tregua antes de seguir avanzando a la meta.
No sé quién comenzó esta tradición, este asunto succívoro del cual todos en nuestra infancia con mayor medida fuimos partidarios, el licuado de nada. Así como existe la cuba de nada, el fernet, o un trago de Heidsieck 1917, de tal suerte existe el licuado de mamá. Alimento milenario restaurador en el mejor de los casos, bebida antiquísima sacada del recetario más cotizado: el corazón y las prisas. Bajo el slogan: “mejor esto a un estómago vacío”, así es como se suscita la mixología maternal. No obstante, con nostalgia nos percatamos que dicha técnica gourmet, se pierde por productos prefabricados, la madre sibarita de intuiciones alimentarias en bebidas va dejando atrás el estruendoso motor de la licuadora con la que se mezclaban diversos ingredientes para alimentar a su prole. —don Jacinto Romo, calló, de un golpe giró su silla de ruedas y se marchó a su habitación de aquel manicomio donde él y otros discutían sobre la mixología y los cambios climáticos—.
En los párrafos anteriores, se lee la experiencia del personaje Jacinto, y con probabilidad el recuerdo de los licuados que con amor le preparó su madre. Pero también leemos la técnica y el desarrollo más preciso de la mixología: el licuado de mamá. Quizás parece caprichoso este asunto de comparar la mixología: arte de la coctelería, donde se mezclan aromas, colores, sabores y texturas, ejecución “fina” de mezclas de destilados con hierbas, frutos rojos, ingredientes exóticos o bien desconocidos, para lograr sabores novedosos; frente a un licuado casero. Pero si la anterior es la definición de dicha disciplina, no le encuentro ajena de los licuados maternos.
Ahora bien, hoy, se cita que tal palabra: mixología, viene del inglés mix, que significa mezclar o de la persona que lo lleva a cabo el mixologist experto en crear mezclas entre sabores. Craso error. Sin duda, los anglicismos son muy productivos en nuestra época, pero al ignorante le será más fácil dar los beneficios a la lengua capitalista que a la historia real. Lo anterior lo indico debido a que, la voz mixología, tiene sus raíces en la lengua griega, pues es a partir del verbo: μίξις, μίξεως: [mixos] mezcla, de donde se origina nuestra mixología, el arte o el estudio de mezclar. Tomando en cuenta que una mezcla es formada por dos o más componentes unidos, pero no combinados químicamente, aunque también se habla de heterogéneas y homogéneas mezclas. Como el humano, ejemplo fehaciente de la mixología encarnada.




