Luis Ricardo Guerrero Romero
En ella habitaba un arrebato en la mirada, nada más que la pasión era lo que la conformó, nunca supimos cómo es que sus padres habían engendrado a esa fiera en el alma de una mujer. Jamás nos enteremos si aquella personalidad penitente era una cortina de humo para no revelar su rebeldía, de recalcitrante represión. En el buró de su habitación era frecuente encontrar una biblia abierta en el libro de Eclesiastés con el subrayado en el versículo 11 del capítulo 4: “También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?”, y cuando no estaba la biblia, estaba un libro viejo con números de teléfonos anotados, y en una de las páginas el número de él, la persona principal que la había adentrado a ser parte de la vida mutua e infiel. Al día de hoy, aún está en la barra del burdel el nombre de una bebida en su honor; así es que uno puede llegar y pedir al mesero: –por favor, un “mutua e infiel”–, y llegará a la mesa una bebida de lo más atípica, puesto que no la identifica un licor particular, cada noche cambia, y esa es la magia, tanta como la que ella logró imprimir en sus amantes, los cuales bebieron del agua turbia y encantadora de sus besos. La última ocasión que pedí un “mutua e infiel”, me llegó a la mesa un presentado de: gin, tequila y sangre; evidentemente mi molestia fue enorme, ¡qué clase de broma era esa!, pero el reclamo cesó de un trago y bebí aquel presentado al saber que esa sangre era precisamente de ella: la mutua e infiel, sangre de quien besé, principio antiquísimo de toda antropófaga.
Lo mutuo, palabra que parece ser coercitiva y nos une con el otro apenas nos visite al oído un te quiero, te respeto, a lo cual contestaremos es mutuo. Así por ejemplo, con un sorbo de rencor, lo decimos al que nos maldijo, y con un suspiro ensordecedor lo externamos para quien nos bendice, y podemos pasarnos la vida entera “mutuándonos” los unos a los otros en tal sentir –en caso que se sienta lo mutuo–, que es un bilateralismo humano, es el espacio que nos une (entre palabra y palabra también hay un mutuo respeto por la siguiente grafía). Al decir mutuamente, el mexicano intenta decir: yo también, yo no me quedo atrás, no creas nada más tú, yo estoy igual; lo mutuo en efecto, es un gesto de equidad.
Tal idea es mutua desde la antigua Roma, la cual generó este adjetivo y sustantivo con la noción de prestar, ya que entre el mutator et mutuor (mutuante y el mutuario), eran quienes mudaban los bienes, o hacían el trueque, o sea, el préstamo en el que existía conveniencia. La palabra mutuo es sucedida a partir de la práctica del préstamo, pero aún más del latín mutuus (con su femenino en mutua: prestado), prestar dinero o valores, lo que exigía ser recíproco –del latín reciprocus> recipero> recupero– o bien, tener el interés por recuperar algo, lo cual motivaba al otro a ser mutuo, a dar y dar, en otras palabras: te mutuo, pero me lo reciprocas, o bien: te presto, pero me lo regresas.
Finalmente, recordemos que líneas arriba se dijo que, exclusivamente podemos amar, odiar, respetar al igual, nunca a una deidad, pues no estamos en facultad de pedir o de dar de manera mutua a un dios o algún ser de la naturaleza animal, debido a que para ser mutuo se requieren condiciones iguales de regresar, por eso es que “la mutua e infiel” era mutua con hombres y mujeres que buscaban en sus encantos el sabor infiel de regreso.





