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Chernobil, a 30 años de la tragedia nuclear

Imagen de archivo de la planta nuclear de Chernobil, tras el accidente de 1986. Foto Ap

Por Juan Pablo Duch, corresponsal

Moscú. La tragedia de Chernobyl –la mayor catástrofe en una central atómica de la historia, cuyo treinta aniversario se cumple este martes– es recordada aquí en Rusia con especial emoción como homenaje a las miles de personas que perdieron la vida a consecuencia de la radiación.

Héroes anónimos la mayoría, enviados por las autoridades y también no pocos voluntarios, los llamados “liquidadores” –bomberos, militares, policías, físicos, ingenieros, albañiles, entre otros– no dudaron en poner en peligro sus vidas al acudir a la zona del desastre, en el linde de Ucrania y Bielorrusia, para evacuar a los habitantes y neutralizar la fuga radiactiva del cuarto reactor, siniestrado a la 01:23 de la mañana del 26 de abril de 1986 durante un experimento, hasta cubrir el edificio en ruinas de la central con una suerte de sarcófago.

Se calcula que, en cuatro años, casi 600 mil personas participaron en las labores para sofocar el incendio nuclear, limpiar la amplia zona de exclusión adyacente y construir la mole de concreto sobre el reactor destruido.

El número de víctimas mortales es motivo de controversia y no existe una cifra oficial debido a que la mayoría falleció, en periodos diferentes, de cáncer y otras dolencias derivadas de la exposición radiactiva, aunque circulan estimaciones que apuntan a decenas de miles de personas y una de ellas incluso supera las 100 mil.

La potente explosión, que obligó a cientos de miles de soviéticos –entonces, todavía formaban parte de un solo país, la Unión Soviética– a abandonar para siempre sus hogares, convirtiendo en región fantasma, entera pero sin ningún ser viviente, los lugares más próximos a Chernobyl, la ciudad de Pripiat a sólo 3 kilómetros de la central y una gran cantidad de pequeños poblados.

Hasta ahora, tres décadas después, no pueden regresar a sus hogares 346 mil personas y, al mismo tiempo, cerca de 5 millones de ucranios, bielorrusos y rusos viven en lugares con altos niveles de radiación.

El accidente hizo añicos la creencia de que el uso de la energía nuclear para fines pacíficos no representaba ningún peligro, debido a sus estándares de seguridad, y abrió un debate que todavía continúa y que cobró fuerza después del accidente en la planta japonesa de Fukushima en 2011.

Chernobyl también puso en entredicho la política de glasnost (transparencia) que comenzaba a impulsar el entonces máximo dirigente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, por el pésimo manejo informativo que hicieron los medios locales y la tardanza en tomar medidas para afrontar la catástrofe, lo cual sin duda contribuyó a incrementar el número de víctimas.

Aún no se sabe si la orden inicial de minimizar el problema se debió a falta de información, como en su defensa argumentó Gorbachov muchos años después, o a la inercia de los medios de comunicación del sistema de ocultar cualquier noticia negativa.

Al revisar los archivos de prensa de la época, sorprende ver que la primera mención de que “algo delicado” había ocurrido en Chernobyl mereció apenas unas líneas en Pravda, el diario oficial del Partido Comunista, y sólo después de que Suecia denunció, el 28 de abril, la existencia de una nube radiactiva que se dirigía hacia la península escandinava, cuando la prensa internacional hablaba ya de una catástrofe nuclear sin precedentes.

Gorbachov se refirió por vez primera a Chernobyl hasta el 14 de mayo de ese año. Treinta años después, Chernobyl no es sólo una página negra en la historia de la energía nuclear –analizada en detalle en investigaciones de reputados hombres de ciencia y argumento de filmes y novelas, aparte de la crónica desgarradora de los testimonios reunidos por Svetlana Alexievich, primera periodista en obtener el premio Nobel de Literatura–, asimismo resulta motivo de permanente preocupación de cara al futuro.

Porque hace seis años comenzó la construcción de un nuevo sarcófago que debe estar terminado a fines de 2017, con la idea de dar a los científicos un margen mínimo de cien años para encontrar una solución definitiva, dado que la anterior barrera protectora comenzó a tener grietas con filtraciones de magma radiactivo.

El gran problema, hoy por hoy, es la credibilidad del gobierno de Ucrania y la imperiosa necesidad de que convenza a los países donantes a aportar el dinero faltante para poder concluir esa obra capital.