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Corredor Roma-Condesa, otra vez un 19 de septiembre

Civiles y elementos de la Marina ayudan al rescate de personas en edificios colapsados en calle Escocia, esquina Gabriel Mancera en la colonia Del Valle. Foto María Luisa Severiano

Emir Olivares Alonso

¡Abran paso, abran paso!, era uno de los desesperados gritos que cientos de voluntarios lanzaban en su afán de rescatar a personas que quedaron atrapadas bajo los escombros de edificios que colapsaron en el corredor Roma-Condesa, una de las zonas más afectadas por el sismo de este martes.

Superaron el miedo, el asombro y la histeria para organizarse: Decenas subieron a lo que quedaba de los inmuebles y con picos, palas, varillas, tubos, mazos, con lo que pudieran, comenzaron a trabajar en busca de sobrevivientes. Otros consiguieron cubetas, carretillas, cajas de plástico y hasta carritos del supermercado para remover los escombros. Era como si por meses lo hubieran ensayado, la adrenalina convirtió la imperfección en una especie de armonía en medio del desastre.

Varias estructuras se vinieron abajo en el corredor Roma-Condesa: en Álvaro Obregón 286, en Ámsterdam esquina Laredo, Ámsterdam y Cacahuamilpa, y en Viaducto y Torreón, por mencionar algunas. La gente queriendo ayudar llegó antes que Protección Civil, policías y soldados. Y de inmediato comenzó la solidaridad. Grupos de enfermeros, paramédicos y doctores llegaban para asistir a las personas afectadas.

Trabajos sin descanso

Las horas pasaban y los trabajos de rescate seguían. No hubo descanso. Sigan, seguro hay personas más abajo, gritaban los voluntarios que se apostaron en Ámsterdam y Laredo. Piedras, concreto, ladrillos, árboles, metales, todo, de una u otra forma, era removido. Militares, policías y ciudadanos se unieron. No se excluyó a nadie, quien deseaba apoyar era bienvenido.

No se trató de protagonismos. A quienes no tocó remover escombros o estar en el punto del derrumbe, recolectaban todo lo que muchos otros ciudadanos llevaban: agua, comida, galletas, medicamentos, gasas, lámparas, herramientas, todo era necesario, todo se agradecía.

Las ambulancias recorriendo la ciudad se comenzaron a escuchar desde poco después del sismo. El servicio del Metrobús, sobre avenida de los Insurgentes, se suspendió, y miles tuvieron que descender y seguir sus trayectos a pie. Las personas andaban incrédulas, desconcertadas; todas tratando de comunicarse con familiares y amigos. El desconcierto los envolvió. Por momentos, la imagen de la ciudad evocaba cualquier largometraje de zombies: gente corriendo sin rumbo, desbordados por los recuerdos de sismos anteriores y el temor de que hubiera pasado lo peor.

En los altavoces de la ciudad la alerta sísmica se escuchó justo cuando la tierra comenzó a moverse. Fueron pocos los que lograron salir. Azorados miraban cómo los edificios se movían, escuchaban la forma en cómo tronaban. ¡Que se salgan, que se salgan los vecinos! ¡El edificio se va a caer!, gritaba una mujer en la colonia Juárez.

No fueron pocos los que confesaron que durante el terremoto a sus mentes llegaron las imágenes de Oaxaca o Chiapas, tras el sismo nocturno de hace unos días. Otra vez en 19 de septiembre joven, dijo un anciano que deseaba apoyar a los afectados en la colonia Roma.

Mi hija, ahí vive mi hija. Eran las palabras que de una voz casi imperceptible, la de una mujer, que desconsolada, en crisis nerviosa y con un incontrolable llanto, suplicaba a voluntarios y policías para que la dejaran llegar hasta el pie de los escombros del edificio de Álvaro Obregón 286. De inmediato varias jóvenes la arroparon y, sin palabras, trataban de darle consuelo y esperanza.

La tenaz labor de miles rindió frutos. Con el paso de las horas comenzaron a publicarse, en hojas o cartones pegados cerca de los edificios caídos, los nombres de las personas rescatadas. Cada que alguien era hallado entre los escombros se escuchaban aplausos, gritos de alegría. De inmediato, los lesionados eran subidos a las ambulancias y trasladados a los hospitales más cercanos.

Al recorrer la ciudad, podía observarse a miles de familias o vecinos afuera de casas, edificios, escuelas u oficinas. La principal duda era si sus inmuebles estaban en condiciones para poder regresar. Con o sin apoyo del personal de Protección Civil se organizaban para revisar si había daños en las estructuras, fugas de gas o problemas con las instalaciones de agua y eléctricas.

El Internet era inestable, al igual que las líneas telefónicas y en decenas de colonias el servicio de energía eléctrica se suspendió. Por lo que, como en antaño, se recurrió a la radio. Decenas se juntaron en pequeños círculos para escuchar los reportes, como en muchos pueblos del país todavía se hace. Cada que había información de edificios caídos, la exclamación era de asombro y terror. Nos volvió a pasar, atinó a decir una mujer sentada en un pequeño banco de metal, que apoyaba su mentón y todo el peso de su cuerpo sobre su mano izquierda mientras escuchaba la radio. Con tantos cientos de miles caminando desconcertados por calles y avenidas, los automovilistas tuvieron que detener sus vehículos y esperar. Otros muchos se arriesgaron y ya fuera a vuelta de rueda, en sentido contrario o evitando a los peatones, intentaban seguir adelante para llegar a sus destinos. El caos vial fue monumental, pero sorprendentemente nadie accionaba los estresantes bocinazos habituales en un día cualquiera de tráfico.

Hace 32 años

Precisamente el corredor Roma-Condesa fue una de las zonas que más daños sufrió en el terremoto del 19 de septiembre de 1985. La Secretaría de Protección Civil del entonces Distrito Federal reportó que durante el sismo de 1985, 2 mil 831 inmuebles fueron dañados. La delegación Cuauhtémoc fue el perímetro más perjudicado, siendo las colonias Roma, Condesa, Juárez, Doctores y Centro las más afectadas.

A partir de entonces se consideraron zonas marcadas por el desastre y las casas y departamentos perdieron entre 50 y 80 por ciento de su valor. Después del sismo de 1985 las propiedades se vendían en menos un millón de pesos, algunas no rebasaban 600 mil y, en casos extremos, se cotizaban en 400 mil pesos. Ahora, la Condesa y el resto de la zona está catalogada entre lo más exclusivo de la Ciudad de México. Los precios por metro cuadrado van de 35 mil a 55 mil pesos. Ese sector, amado por extranjeros, hípster y millennials, es de nuevo noticia: otro sismo, ahora de magnitud 7.1, volvió a teñir de dolor y desastre sus casas, calles y parques.

Por la noche, los trabajos de rescate seguían. La voluntad de quienes apoyaban no se minó. Cuando unos descansaban, otros tomaban su lugar. Silencio pedían muchos, como una forma de saber si las personas que estaban bajo los escombros seguían haciendo algún tipo de ruido, pero lograrlo era casi imposible, aunque por momentos se concretaba. Hubo un mismo llamado: Ya somos suficientes manos para remover escombros, ahora necesitamos quien sepa organizar. Soldados y ciudadanos trabajaban de la mano. Los militares mostraron su preparación y lograban romper en minutos escombros que a las personas les tomaba más tiempo.

Al cierre de esta edición, ya por la noche, desde algún punto del corredor Roma-Condesa, uno de los más atractivos y de mayor aporte financiero de la capital, la sirenas de las ambulancias y el tronar de los helicópteros continuaba. Y también, los tozudos voluntarios que no se detendrían hasta hallar a todos aquellos que, vivos o muertos, estuvieran bajo los escombros. Uno de ellos lo resumió así: Es nuestro deber como ciudadanos, como mexicanos. No dormiremos si es necesario.