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De formato rígido, los debates en México no impactan resultados

Los candidatos del PRI, Enrique Peña Nieto; del PAN, Josefina Vázquez Mota; del Partido Nueva Alianza, Gabriel Quadri, y de la coalición Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador, en el debate realizado el 6 de mayo de 2012. Foto: ‘La Jornada’ / Archivo

A. Urrutia y G. Saldierna 

Diseñados para la confrontación de proyectos, con expectativas que produzcan un viraje en las campañas, los debates presidenciales en México poco o nada han impactado en el rumbo de las contiendas.

Los rígidos formatos prevalecientes desde 1994 los han convertido en una sucesión de espots en vivo que sólo evidenciaron las infructuosas fantasías que se exponen como soluciones mágicas que, a la distancia, no han acabado con los males endémicos del país.

Con décadas de rezago respecto a otras democracias occidentales, la confrontación directa entre candidatos sólo ha dejado frases para el anecdotario, el recuerdo de una voluptuosa edecán que robó la atención en 2012 y, en el mejor de los desempeños, en 1994, desembocó en el misterioso ostracismo posterior del claro vencedor del debate, Diego Fernández de Cevallos.

“Doctor (Ernesto) Zedillo: sabemos que usted es un buen chico, el chico de los dieces, pero en democracia usted reprueba. Usted está aquí producto de dos tragedias: por una parte la muerte de Colosio y por otra, la segunda designación presidencial. La primera lo rebasa, la segunda lo descalifica”, lanzó el panista.

No lucren con Colosio, alcanzó a decir Zedillo

“Pediría a los candidatos que no lucren con la muerte de Colosio”, alcanzó a responder con rostro compungido el aludido doctor, herededo del malogrado Colosio.

Era la irrupción de los tête à têteentre candidatos en México, convocados por la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT). Un encuentro que en su arranque tuvo un irreverente reproche de Cuauhtémoc Cárdenas para el organizador: “finalmente se llegó el tiempo para este esperado debate. Esta es una ocasión sin precedentes para quienes estamos impulsando el cambio democrático en una televisión cerrada para nosotros”, desafíó.

Aún eran los tiempos del veto a los opositores en la televisión, a quienes no les permitían ni pagar espots para abrir espacios. Todo un hito, porque aquella primera experiencia reventaría los ratings: 35 puntos Ibope. Nunca más se ha repetido ese nivel de audiencia.

Eran también los tiempos donde los debates se pactaban de forma autogestiva entre los abanderados, entonces con capacidad de convocatoria y veto.

Con la alternancia como opción viable en 2000, en la contienda se registraron dos encuentros: uno entre los seis aspirantes, el segundo, entre los tres contendientes reales.

Con el mismo formato de la cámara fija, con escaso espacio para la confrontación entre los aspirantes, el priísta Francisco Labastida dejaría para la posteridad una intervención que se asemejaría al suicidio político. De forma inaudita, casi como un haraquiri, pretendería exhibir a Vicente Fox:

“Me ha llamado chaparro, me ha dicho mariquita, me ha dicho la vestida, me ha dicho mandilón. Ha hecho señas obscenas…”. Un interminable flagelo ante millones de electores que no lo perdonarían en las urnas.

Aunque sin mucha habilidad para el debate, Fox reviró: “a mí tal vez se me quite lo majadero, pero a ustedes lo mañosos, lo malos para gobernar y lo corruptos no se les va a quitar nunca”. Aquella noche también proclamaría: “en menos de 70 días podemos terminar 70 años de malos gobiernos…”. Doce años después apoyaría públicamente al priísta Enrique Peña Nieto.

Paradójicamente, lo más memorable de los debates presidenciales del convulso 2006 fue el no debate. Era la primera incursión del entonces Instituto Federal Electoral (IFE) en la coorganización –con la CIRT– de los dos encuentros efectuados. Con paso arrollador en las encuestas de entonces, el candidato presidencial de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, desdeñó su presencia en el debate celebrado el 2 de julio sólo entre sus adversarios. La silla vacía que el IFE permitió colocar para patentizar su ausencia se volvió célebre.

En 2012, el IFE se estrenaría como organizador único de los encuentros. Mal augurio tuvo la celebración del primero de ellos, el 6 de mayo: con 10.4 puntos de rating, rompería el récord como el menos visto de la historia. Un escaso público que sólo sirvió para revivir viejas glorias de Julia Orayen, una edecán que años atrás apareció en las páginas centrales de Playboy. Pocos creyeron que fue un error involuntario del IFE.

Aquella noche, López Obrador también pasaría al anecdotario. Su empeño por demostrar el vínculo de su adversario, Enrique Peña Nieto, con la mafia del poder derivó en una enredosa presentación de “quienes son los jefes, los padrinos de usted…”, refirió con ironía.

A la escena: Carlos Salinas y Peña Nieto, de rigurosa etiqueta aparecían de cabeza.

“Yo creo que está al revés”, alcanzó a decir Gabriel Quadri, de Nueva Alianza

–Es el mundo al revés, intentó corregir López Obrador.

Con la elección encaminada a un encuentro entre dos, el segundo debate se tornó soporífero. Un virtual acuerdo de facto entre los punteros para no aludirse mutuamente, dejó a la panista Josefina Vázquez Mota en un soliloquio que no detendría el desplome de su candidatura.

Para este año el INE anuncia una nueva era en la historia de los debates.

 

JSL
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