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Impunidad, sangre y vergüenza / Víctor Flores Olea

Periodistas e integrantes de diferentes organizaciones se manifestaron el 16 de mayo frente a la Secretaría de Gobernación para exigir justicia por el asesinato de Javier Valdez, corresponsal de ‘La Jornada’ en Sinaloa, ocurrido el 15 de mayo de 2017. Foto Roberto García Ortiz

Víctor Flores Olea

Ciudad de México. ¡Asesinaron a Javier Valdez! y se consuma así uno de los hechos más siniestros del México moderno, uno de los insoportables crímenes que, por desgracia, debemos aceptar para vergüenza del país y para vergüenza de un gobierno y de muchos gobiernos que han dejado que la impunidad llegue a estos extremos, que han abierto las trancas para que los criminales actúen con la mayor libertad, con la mayor impunidad, sabiendo que después de sus fechorías no pasa nada, literalmente nada, y que el crímen y la sangre de mexicanos no influyen para nada en las autoridades del país, que por su indiferencia han dejado la puerta abierta a la comisión de delitos salvajes como éste, injustos y crueles, que han cimbrado y llenado de rabia a México y más allá, pero sin que puedan evitar ni uno de ellos por la distancia que las autoridades han establecido entre ellas y la ciudadanía, una sociedad que ya los repudie y les exige cumplir con la ley, pero sin resultados y con música de fondo y risas y malas palabras y estupideces proliferadas por los responsables del orden sin importarles un ápice las heridas y abismos de desesperación y dolor de los afectados y sus allegados. Tal es la situación a que hemos llegado, sin remedio y sin verdades a la vista, ocultas atrás de las capas y costras de burócratas que están ahí, no para cumplir con su deber sino para simular que cumplen viendo de paso qué tajada pueden levantar, cómo se aprovechan y qué pueden llevarse !!!.

La impunidad en primer término. Sin una impunidad prácticamente asegurada difícilmente se hubieran repetido en México tan fácil y frecuentemente los asesinatos de periodistas y de comunicadores y luchadores por los derechos humanos y por las libertades de expresión y asociación.

La impunidad a toda prueba es una de las causas más profundas de la extensión delincuencial en el México de los últimos tiempos, lo cual indica que el problema no es de tan fácil solución, sino que es una tarea paciente y a largo plazo pero que no se ha iniciado sino que se ha dejado desarrollar a su real saber y entender, sin freno ni un hasta aquí porque las autoridades han descubierto su propia impunidad en la impunidad de todos, o de la inmensa mayoría. ¿Hasta cuando?

Pero viendo el fenómeno más de cerca es preciso concluir con algo más grave todavía. Estos crímenes son equiparables a los secuestros, pero no al secuestro de personas individuales sino al secuestro de la verdad colectiva y al secuestro de los testimonios de la sociedad.

En el caso de los individuos es el silencio de una persona, pero en el asesinato de periodistas y comunicadores es el silencio impuesto a la sociedad, es el hurto de la verdad no de uno sino de comunidades y colectivos enteros a quienes va dirigida la palabra, la verdad, la información de los informadores. Es como cercenar un órgano de la persona colectiva, es enmudecerla y dejarla sin voz y sin escucha, y por tanto sin conocimiento y sin palabra.

El asesinato de cada periodista es un crímen contra la verdad, en contra de su difusión, y es un voto por la ignorancia y la ceguera. Me supongo que por todas estas razones ha dolido tan profundamente el asesinato de Javier Valdéz y de todos aquellos otros periodistas y luchadores que lo acompañaron en la vida luchando por saber, por revelar, por comunicar, que ahora vemos es la esencia profunda de la profesión, del ejercicio, su valor único. Y la esencia profunda de la vida en comunidad, en que el tú no debería distinguirse del nosotros y del conjunto.

Estos crímenes son también una violencia y una negación de la comunidad, del nosotros como colectividad y como valor colectivo, del conjunto y del nosotros como el valor más alto que podemos tener y representar aquí en la tierra.

Se entiende entonces bien que estos crímenes hayan alcanzado el nivel de indignación, de dolor y horror que hemos presenciado en los últimos días, y que la exigencia para resolverlos, dirigida a todas las autoridades del país, hayan alcanzado esa misma proporción, esa misma respuesta de exigencia indignada que es un modo de decir que no se soporta más la situación presente y que debe cambiarse y mudarse a la mayor brevedad.

Porque de otra manera, las respuestas puramente ceremoniales y de ocasión, con discursos al flanco escuchados mil y una vez, pudieran ser sólo causa de mayor indignación y repudio hacia las autoridades, provocando un desprecio y un hartazgo hacia ellas que no sólo va creciendo sino que está llegando a sus límites últimos. Y que de pronto, como ocurre en la historia, puede cambiar de raíz su significado e ir de la simple protesta e indignación a la revolución, o a algo muy parecido a ella. A lo que tal vez estamos llegando, a lo que tal vez ya llegamos… Por eso resulta increíble e indignante la indiferencia con la que los responsables, las altas autoridades, toman en el fondo estas afrentas a la ciudadanía, estas heridas profundas a la sociedad. Despreciando también e ignorando sus respuestas indignadas.

Otro periodista más que se agrega a la lista de los comunicadores y de los luchadores sociales que han muerto en el cumplimiento de su deber. Otro motivo más de indignación ciudadana, ¿hasta cuando?. En México hemos tenido la pésima costumbre y creencia de que la renovación sexenal abre espacios para los reales cambios y para marcar las diferencias. Pero no es así. Ya llevamos cien años de pruebas y contrapruebas que no nos permitirían tener más esperanzas por el simple cambio de sexenio. Pero como los hábitos arraigados no desaparecen por arte de magia, hemos de esperar, todo lo indica, al 2018, pero como extremo y última oportunidad.