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Post-verdad-oeste-orden / Jorge Eduardo Navarrete

El presidente de EU, Donald Trump, durante un evento ayer en la Casa Blanca. Foto Afp

En febrero de 2017, la célebre y celebrada Conferencia de Seguridad de Múnich trató de entender el mundo de Trump –el mundo de la post-verdad, el post-Occidente y el post-orden. Así lo planteó, cuando menos, el título de su informe: MSC 2017: post-truth, post-west, post-order?, un denso documento de 100 páginas accesible en la red: www.securityconference.de, para quien desee aventurarse en los meandros del actual debate global sobre seguridad. El primer capítulo sustantivo –Las cartas de Trump– no tiene desperdicio. Como jugador, Trump prefiere no mostrar sus cartas y así lo ha dicho. Prefiere sembrar incertidumbre y desconcierto: ventajas estratégicas desde su punto de vista. Su visión de la seguridad internacional es tan mercantilista como la del comercio: “…ha sido un crítico constante de las alianzas de seguridad de EU. Afirma que le cuestan mucho y que a cambio no obtiene lo suficiente… Puede preverse que ‘Estados Unidos primero’ signifique una política exterior decididamente unilateralista, una política en la que los valores no cuenten mucho.” En la prolongada campaña, en la interminable transición, en el caótico primer mes de (des)gobierno, Trump ha lanzado muchas cartas al tapete de la política internacional de seguridad. Le ordenó a su ubicuo vicepresidente apersonarse en la Conferencia de Múnich y en Bruselas. Pence intentó, sin mucho éxito, inyectar un mínimo de coherencia en el discurso hacia el exterior de su principal. Lidiaba también con la desventaja de que, días antes y con el mismo encargo, Mad Dog, el secretario de Defensa, había causado destrozos en diversas cristalerías europeas.

El común denominador de la reacción europea ante un discurso contradictorio, desinformado, incoherente, abiertamente mentiroso, intolerante, agresivo y, la mayor parte de las veces, comprimido en 140 caracteres ha sido la incredulidad, el asombro y la búsqueda, casi siempre infructuosa, de algún atisbo de claridad. También ha sido la cautela, la prudencia y la firmeza, desde la ahora legendaria respuesta de Merkel ante algún egregio exabrupto del entonces presidente electo hacia finales de año, alrededor del atentado terrorista en Berlín. Como muestra el aún fresco ejemplo de la invención sueca: cuando Trump necesita un hecho que apoye su argumento y recuerda algo que vio en Fox News, quizá su mayor y preferida fuente de información, convierte su memoria en hecho establecido, base de reclamos, reproches e incluso acciones. Para demostrar los males que acarrea la acogida a los refugiados en Europa, inventa un atentado terrorista que habría ocurrido la noche anterior en Suecia y habría sido mencionado en ese noticiero. Al tratar de borrar el faux pas, su inefable equipo de información empeora las cosas. A fin de cuentas, incluso un conservador y mesurado ex jefe de gobierno –el sueco Carl Bildt, en este caso– se ve obligado a preguntarse pues ¿qué ha estado fumando? El recuento de metidas de pata cubre el calendario y las regiones del planeta: desde la sugerencia de que los países de Europa centroriental y algunos del Lejano Oriente construyan sus propios arsenales nucleares, para dejar de disfrutar sin costo del paraguas nuclear estadunidense, hasta la denuncia histérica del acuerdo del G-5+1 sobre el programa nuclear de Irán, que según Trump disputa con el TLCAN el rango del peor, en verdad el peor tratado de la historia. Hasta ahora, sólo el presidente de China lo ha forzado a recular, con el simple expediente de no conversar con él mientras no reconociese en forma explícita e inequívoca el principio de una sola China, base histórica de la relación bilateral más importante en el mundo, que de manera irresponsable había puesto en cuestión días antes.

En Múnich y en Bruselas, Mike Pence produjo los ruidos que de él se esperaban y también reiteró, en un lenguaje comedido, las advertencias de Trump. Respecto de la OTAN –considerada obsoleta por su principal— afirmó que ésta disfrutaba del fuerte e invariable respaldo y el constante compromiso [de su país] con la alianza trasatlántica. Más que acontecimientos recientes, evocó hechos históricos que nadie disputa. Con total ausencia de ironía, narró lo conmovido que se sintió, en un viaje juvenil a Berlín, por la visión del muro y las heridas de la ciudad dividida. Tras las palabras amables vinieron los reclamos duros: Trump está cierto de que Estados Unidos debe fortalecer su poderío militar y de que los europeos deben hacer lo propio: por muy largo tiempo no se ha cumplido la promesa [europea] de aportar su parte al esfuerzo común, y esta anomalía debe corregirse. Sólo cinco socios de la OTAN dedican 2 por ciento de su PIB al gasto bélico. Trump quiere que todos lo hagan… y pronto. Luego trazó, con detalle, otro eje del mal –encabezado por el Estado Islámico. Concluyó citando el aterrador discurso inaugural de Trump: Estados Unidos no desea imponer su estilo de vida, sólo espera que su esplendor lleve a otros a seguir su ejemplo (www.securityconference.de).

Respecto de la Unión Europea, cuya progresiva deconstrucción Trump ve con deleite, la técnica discursiva de Pence fue similar. La conversación de mayor nivel fue con Donald Tusk, quien resultó –por lo que muestran la crónica y el video del Times de Nueva York del 20 de febrero– un interlocutor ingenuo. En conferencia de prensa, Tusk dijo haber preguntado a Pence si Estados Unidos compartía su opinión sobre tres cuestiones claves: seguridad, orden internacional y actitud ante la Unión Europea. “En respuesta a estas tres cuestiones, escuché tres veces la palabra ‘sí’. Ante tan positiva declaración, sólo resta que Estados Unidos y Europa actúen de acuerdo con sus dichos”. Tusk quedó satisfecho con tres respuestas monosilábicas, como si hubiese preguntado a Pence si también gusta de la nieve de limón. Pence, por su parte, afirmó ante la prensa que su país comparte con Europa los valores de la paz, la prosperidad y el imperio de la ley, que dan base al fuerte compromiso y continuada cooperación de Estados Unidos con la Unión Europea, por encima de cualquier diferencia.

No todos los europeos estaban tan predispuestos a dejarse convencer como el presidente Tusk. Por ejemplo, según la crónica del Financial Times del 19 de febrero, el presidente del comité de relaciones exteriores del Bundestag, Norbert Röttgen, consideró “una exageración decir que las palabras de Pence me han tranquilizado… La inseguridad despertada por el señor Trump es profunda y no podemos disiparla”. Por su parte, Elmar Brock, miembro del Parlamento Europeo, declaró: Hay personas en Washington con las que puede mantenerse una discusión. Pero ellas y nosotros enfrentamos un problema serio: ignoramos qué escribirá el presidente en Twitter mañana. Esta duda rondará cuatro años, u ocho o menos.