david pérez

Los equipos se forman para escuchar los himnos. En la línea de medios de comunicación hay una lona blanca que se abre como un telón que por fin dice lo indecible: «Dejen de matar niños. Dejen de matar civiles». La Supercopa de Europa —PSG frente al Tottenham— detiene la neutralidad un instante. La UEFA publicó en X: «El mensaje es alto y claro. Una pancarta. Un llamado». Es un posicionamiento colocado en el césped del Estadio Friuli (Udine, Italia).

Un día antes del partido, la Fundación de la UEFA para la Infancia anunció nuevas alianzas con Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras y Handicap International para apoyar a niñas y niños afectados por la guerra, con énfasis en Gaza. El mismo organismo recordó su trabajo con menores en Afganistán, Líbano, Sudán, Siria, Yemen y Ucrania. Es decir: un terreno humanitario que ya pisaba, ahora enfatizado con una frase que cualquiera entiende.

El mensaje es correcto y, sin embargo, llega tardísimo. La UEFA y buena parte del ecosistema europeo del futbol reaccionaron con rapidez, símbolos y decisiones cuando Rusia invadió Ucrania: comunicados, banderas, traslados de sedes, suspensiones.

Cuando tocó denunciar la devastación en Palestina, optaron por mirar para otro lado o por prohibir expresiones de solidaridad en las gradas. La pancarta de Udine es justa, y es también la evidencia pública del retraso ético de muchas instituciones europeas.

El gesto existió y fue institucional. La lona se desplegó, la UEFA lo presentó como un llamado «humanitario, no político», y niños refugiados —incluidos dos de Palestina— participaron en la ceremonia. La escena no admite eufemismos: es una apelación directa a proteger vidas civiles sin importar nacionalidad.

La cronología pesa. El posicionamiento llega después de críticas públicas y de meses en que las expresiones pro-Palestina eran desalentadas o perseguidas por reglamentos vagos y una seguridad sobreactuada. La neutralidad selectiva no es neutralidad, es política por otros medios.

El precedente ucraniano fue inmediato y visible: suspensión de equipos rusos, reubicación de sedes, arcos iluminados, declaraciones de solidaridad. No se trató de un silencio prudente, sino de una toma de posición nítida. ¿Por qué, entonces, el estándar cambió cuando el sufrimiento era palestino?

«No es política, es humanidad», dice la UEFA. De acuerdo, proteger a la infancia es un mínimo ético. Pero si ese mínimo tarda años —y solo llega cuando arde la crítica—, el mensaje se vuelve reactivo. La credibilidad se construye con consistencia, no con gestos aislados.

«El reglamento prohíbe mensajes políticos, hay que cuidar la seguridad», argumentan. En 2024 ya se denunció que la ambigüedad de las guías de UEFA abría la puerta a censurar solidaridad con Palestina incluso cuando era pacífica. El resultado: un doble rasero visible.

«Ahora sí están ayudando: ahí están las ONG». Bienvenido el apoyo; ojalá llegue para quedarse y crecer. El punto no es castigar el gesto, sino exigir que deje de ser una excepción comunicacional y se convierta en política sostenida, auditada y pública.

El deporte se vuelve funcional a la lógica fascista cuando deshumaniza («no hay inocentes»), cuando banaliza la violencia contra colectivos y cuando sacraliza la obediencia a símbolos por encima de la vida. La pantalla del estadio —ese espejo de Europa— no puede permitir que el dolor de unos sea causa, y el de otros, ruido. La pancarta de Udine señala una línea: los niños y los civiles son intocables. La coherencia exige escribir esa frase en el reglamento sin excepción de nacionalidades, no solo en una lona.

Aplaudo la frase de Udine, es cierta, necesaria y tan simple que duele: dejen de matar niños, dejen de matar civiles. Pero lo humano no puede ser un «momento» en la escaleta de un show. Si la UEFA quiere que el estadio sea casa y no pantalla, deberá probarlo cuando el viento no sople a favor. Porque en el futbol, como en la democracia, llegar tarde a la defensa de la dignidad también es una forma de fallar.

IG: @davidperezglobal

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