- Impunidad y estabilidad
- Próximas consultas de AMLO
- A Peña, reiterado respeto
Julio Hernández López
Deseoso de promover su próxima consulta de reafirmación (ahora con diez puntos, entre ellos el Tren Maya), Andrés Manuel López Obrador ha recorrido en días recientes los estudios de Televisión Azteca, Televisa, Imagen TV y Aristegui Noticias. Ha sido natural que el interés periodístico haya abordado otro tipo de temas (con una notable disposición de AMLO a contestar todo), en especial lo relacionado con la creación de una Guardia Nacional y con el perdón a los políticos corruptos.
La entrevista de ayer, con Carmen Aristegui, fue particularmente ilustrativa. A diez días de que le sea colocada la banda de tres colores en el pecho, el tabasqueño ofreció, durante más de dos horas (dos horas y media de tiempo corrido, con cortes comerciales y resúmenes informativos), la mayor y mejor exposición pública de su visión y razonamientos en la parte final de su largo recorrido como político opositor, ya en la antesala de la toma de un poder que necesariamente ajustará o modificará las posturas propias de la recolecta electoral.
Triunfante en julio pasado merced a una profusión de votos deseosos, sobre todo, de poner fin a la terrible etapa de saqueo de la riqueza pública que encabezó Enrique Peña Nieto (pero que han practicado, en diversa medida, casi todos los anteriores ocupantes de Los Pinos) , López Obrador ha mantenido su postura original de perdonar a los causantes de la crisis nacional y ver hacia adelante a partir del próximo primero de diciembre, en un lance sintetizado en la frase popular de “borrón y cuenta nueva”.
Ayer, sin embargo, en la entrevista difundida a través de Radio Centro y del portal Aristegui Noticias, AMLO se comprometió a que, organizadas por el Instituto Nacional Electoral y con una normatividad modificada, se realizarán consultas sobre tres temas: el consejo asesor empresarial que recientemente fue anunciado, la mencionada Guardia Nacional y un eventual enjuiciamiento a Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y el siguiente “ex”, Peña Nieto.
Lo más interesante del asunto fueron las observaciones y condicionamientos que expresó López Obrador: si se abrieran expedientes contra los corruptos sería necesario alcanzar a “los de arriba”, y ello podría implicar el “conspirar contra la estabilidad política del país”. Terrible realidad de un país sería, bajo esa línea de argumentación, que el entramado de un país, su estabilidad, dependiera de la intocabilidad de los grandes corruptos. “No se preocupen, expresidentes”, a pesar de que hubiera consultas, sería la adaptación, a los tiempos de la Cuarta Transformación, de la famosa frase de Peña Nieto a la secretaria Rosario Robles.
López Obrador advirtió: “Desatamos… (¿a los demonios, habría sido la frase que el presidente electo no completó?: astillado breviario preguntón), nos empantanamos, se suelta la confrontación entre los mexicanos, porque tendríamos que enjuiciar a Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, y habría demasiado escándalo, y no podría hacer lo que quiero hacer para acabar con la corrupción (…) “Le haríamos más daño al país que beneficios si desatamos una cacería de corruptos”.
Una primera reacción a estas palabras puede ir del desconsuelo a la ira. Todo el poder derivado de las urnas (treinta millones de votos, Presidencia de la República, mayoría dominante en el congreso federal, gubernaturas y congresos locales) resulta impotente ante “los mercados” (que dieron muestra de su fuerza ante el intento de corregir el sistema de comisiones bancarias) y la necesaria “estabilidad política”. Todo se puede mover y remover, menos lo sustancial del sistema.
En ese contexto de crudo pragmatismo es explicable la injustificada insistencia de AMLO en proclamar “respeto” a Peña Nieto, convencido de que este propició o permitió las condiciones electorales adversas a un nuevo fraude electoral. Por ello, EPN se encamina al tranquilo disfrute de su retiro, al igual que la mayoría de sus compinches. La estabilidad política del sistema no acepta conspiraciones justicieras.
Elba Esther Gordillo Morales ha decidido dar el salto hacia la recuperación del máximo cargo sindical del magisterio, que le fue arrebatado a principios de 2013, bajo acusaciones de la procuraduría peñista de justicia, que cinco años después fueron disueltas. Ayer mismo hizo circular un video en el que se declara lista para ir “sin miedo” por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
La ruta inmediata de reinstalación de Gordillo en el poder sindical pasará por la realización de un consejo nacional del SNTE (que se tiene programado para hoy), la renuncia de Juan Díaz de la Torre (el personaje impuesto por el peñismo para sustituir a Elba Esther) y la convocatoria a un congreso nacional en el que podría “devolverse” a la profesora el puesto directivo o, bien, instalar a alguno de sus subordinados políticos, para quedar ella como poder tras el trono.
En el congreso las decisiones habrán de tomarse mediante votos emitidos de manera directa y secreta, conforme a las nuevas disposiciones legales en la materia. Ese apego a los “nuevos tiempos” obradoristas permite al gordillismo manejar la tesis de que la nueva toma del poder sindical es bien vista o tolerada por la presidencia electa, a cuya campaña electoral se sumó en su momento esta corriente política y sindical, siempre con la expectativa de que Gordillo fuese apoyada en reciprocidad.
Y, mientras este miércoles los integrantes del gabinete de Enrique Peña Nieto ya conocieron la vida sin vigilancia y ayudantía de militares pertenecientes al Estado Mayor, en el proceso de retorno de esos oficiales de élite al cuerpo general de la Secretaría de la Defensa Nacional, ¡hasta mañana, con el citado Peña Nieto en los linderos de lo grotesco, al visitar este miércoles Guadalajara para poner en marcha, con placa conmemorativa, las “pruebas operativas” de una línea de tren ligero que tardará aún en funcionar adecuadamente y que desde ahora es señalada por errores, sobrecosto y tufo a corrupción!





