Federico Anaya Gallardo

Hace poco, en una de esas noches que anuncian la primavera en el Altiplano Mexicano, acompañé a mi ciudadana madre para recoger a su nieta (es decir, a mi sobrina) a la secundaria federal de la colonia Roma. Nos acompañó uno de los dos primos de la dicha sobrina. Cuatro cuadras dista el plantel de su hogar de la muchacha de catorce años, pero sus progenitores están convencidos de que es prudente acompañarla. Este ritual de acompañamiento tiene sus ventajas –pese a su exagerada preocupación. Entre las prebendas del acompañar está conocer cómo pasa la vida entre las y los adolescentes de un plantel público emblemático en una colonia famosa por sus historias escolares.

La noche que ahora rememoro nos acompañaban dos fantasmas discretos. Uno cercano, el de mi abuelo periodista (Emigdio R. Gallardo, Spivis) quien escribía una columna llamada “Puntos y Puntadas” en los periódicos de la Comarca Lagunera entre 1940 y 1970. Su ingeniosa alma debe haberse sentido orgullosa de lo que aquí relataré.

El otro fantasma era lejano, pero vecino memorable del barrio, José Emilio Pacheco. A él es a quien invoca el título de este comentario, pues las aventuras de Carlitos en Las batallas del desierto vinieron a la mente de todos los involucrados esta noche de jacarandas en flor: prima y primo, abuela y tío.

Sucede que esa tarde fue memorable en la secundaria.

La víspera ya había anunciado prodigios –como las fumarolas de don Goyo. Luz y Azrael llevaban dos años de novios. Ya van en tercero y su relación era admirada y secretamente envidada por todas y todos. Y entonces, cual Estrella de la Mañana que cae en la tentación, el muchacho besó a Celeste.

Los nombres son ficticios, por supuesto, pero se inspiran en el estilo que gustó a los padres y las madres de todes les protagonistes. (¡Vive Dios que las generaciones que registraron niñes a principios del XXI han ejercido sus libertades!). He mantenido los símbolos de combate celestial entre la fe religiosa (Celeste) y la razón (Luz) mientras que Azrael pasa de una a otra.

Hasta donde sé al momento de escribir estas líneas, nada hay de grave ni adulto en lo que relató mi sobrina. Tres adolescentes experimentan sus sentimientos y aprenden a manejarlos como mejor pueden. (Como siempre… y aquí sí subrayemos la primera ausencia de nosotros, los adultos.)

Enterada Luz del acto de Azrael, va y da una cachetada a Celeste. Fin de las Vísperas.

Luz tiene una prima en la escuela, llamada Lucila. Luz y Lucila reportan en sus casas lo ocurrido.

Pasan las horas de la noche y luego las de la mañana. A eso de las 14:00 pm, inicia el ingreso de las chicas y chicos del turno vespertino con los usuales (y extraños) rituales de disciplina; como ese de una señora que revisa si las y los estudiantes van bien uniformados. Hasta ahora nadie ha cometido faltas graves en este campo y, por lo que me cuenta mi sobrina, la persona encargada de la mesa de revisión debe aburrirse como ostra. Pero no esta tarde.

De hecho, la crisis empezó afuera del plantel. Las madres de Luz y Lucila reclamaron a la de Celeste por el beso de la víspera. ¡Santos Montescos y Capuletos, dijeron los dos fantasmas que nos acompañaban.) Antes de que nadie entendiese qué ocurría, ya estaban las madres solventando los agravios mutuos a cachetadas entre ellas. Nadie agredió a las chicas y los chicos –quienes, adolescentes a fin, deben haberse divertido viendo tan indisciplinados a sus disciplinadores… Pero las chicas directamente involucradas sí tomaron parte en la trifulca.

Alguien afirma que Azrael sonreía… Tengo para mí que el muchacho tiene por nombre oculto Lucifer Morningstar.

El pleito entre madres avanzó por las calles usualmente aburridas de la colonia Roma. Hizo crisis en la esquina adonde está el edificio que fue de la Curia Metropolitana de la arquidiócesis católica. (Parece que ya no hay oficinas del Arzobispo allí, pero hubiese sido divertido ver si los faldillones intervenían… dice el fantasma de mi abuelo, que aparte de todo era un buen masón come-curas.)

Algunos gendarmes de guardia en la escuela trataron, sin éxito, de tranquilizar a las luchadoras. Esta primera intervención demuestra la bondad de que la policía preventiva de la ciudad mande elementos a la entrada y salida de las escuelas, para cualquier eventualidad. Supongo que las madres de familia encargadas de dosificar el tránsito en la calle frente a la escuela también trataron de ayudar. Quiero decir: la escuela está bien preparada para reaccionar.

Pese a todo, la gresca siguió. De acuerdo con algunos testimonios de las y los adolescentes, las madres llegaron pelando hasta un parque cercano. Uno de los cuatro prefectos, Dávid (así, con acento grave), trató de intervenir pero mejor fue a llamar a la directora. Esta última llegó, fue cacheteada y viendo la magnitud del problema, se regresó prudentemente a su oficina. (Las y los adolescentes creen que más que prudencia fue cobardía, pero nosotros los adultos debemos decir que fue prudente.) La cosa es que al rato llegaron refuerzos de la policía preventiva y, finalmente, todo se tranquilizó.

La escuela no sólo tiene preventivos que apoyan con la entrada y madres voluntarias que controlan el tránsito. También hay un chat de WhatsApp en el cual –como te podrás imaginar, lectora– las nuevas no son muy exactas. El incidente fue reportado como un problema del turno matutino, así que madres y padres de familia del vespertino siguieron sus actividades sin preocuparse demasiado.

(Durante todo este relato, el fantasma de mi abuelo Emigdio Gallardo sonreía y tomaba notas para su columna “Puntos y Puntadas” que publicará en el inframundo. No podría estar más orgulloso del ingenio de su bisnieta-narradora y de su bisnieto-comentarista.)

Ya en la noche, mi cuñada (madre de la sobrina) se unió a nuestra tertulia de abuela, tío, nieta y nieto. Y nos contó la versión del chat WhatsApp… No perdió la calma porque las cosas terminaron bien y porque mi sobrina le explicó que ella sólo vio cuando todo estaba acabando porque llegó tarde a la escuela. Su madre suspiró tranquilizada pero, casi de inmediato reclamó: “—¡¿Cómo que llegaste tarde?!” Moms will always be moms

El incidente ha tenido algunos spin-offs extraños. La directora, ya que todas y todos los chicos estaban dentro del plantel, ordenó el borrado inmediato de todos los videos que muchos de ellos habían tomado. Peor: Ha ordenado que no haya más eventos de socialización. Las chicas y chicos entendieron que se les sancionará si se juntan más de tres en el patio. Estas medidas no fueron entendida por el estudiantado. Y nadie les explicó por qué se ordenaba lo que se ordenaba.

De hecho, como dije arriba, las estudiantes involucradas en la historia original sí participaron en la pelea y una de ellas sí golpeó fuerte en la cara a otra. El documentalista de derechos humanos habría preferido que se preservasen los videos para deslindar con claridad los hechos; pero ese documentalista debe entender que chicas y chicos casi de inmediato habrían subido a redes sociales las imágenes… y eso podría causar más problemas.

A mitad del té y malteadas que mi madre nos invitó en un cafetín hipster… le pregunté a mi sobrina si alguno de los talleres que tienen no es de video. No. Al parecer, el diseño de talleres está estancado en algún momento entre los 1940 y 1980.

(Aquí el fantasma de José Emilio Pacheco elevó su vista al cielo con cierta desesperación. Y sugirió que regresásemos a la historia de amor adolescente original.)

Lo cierto es que, aunque las cosas hayan terminado bien, o no tan mal, las chicas y chicos de la secundaria merecerían que el incidente sirva para reflexionar. ¿Era necesario recurrir a la violencia? (Hablo desde la primera cachetada de la víspera hasta la gresca del día siguiente.) ¿No debían los adultos haber reaccionado de una manera mejor y pacífica? (Las madres que reclamaron entre ellas el agravio de una de las chicas a su compañera de escuela.) ¿No deberían haber estado prevenidas las autoridades acerca de esto? (La escuela tiene un sistema de “citatorios” para padres, madres o tutores cuando alguna o algún estudiante tiene cualquier problema.)

Y la cachetada de la víspera era un problema. Nuestras profesoras y profesores conviven con las chicas y chicos cinco días a la semana y de manera natural son testigos del desarrollo emocional del estudiantado. El meticuloso sistema de “citatorios” lo demuestra. ¿No deberían haber contactado a las madres de las dos chicas desde la víspera? ¿No debería haber estado la directora esperando a ambas madres en la puerta de la escuela para atender el caso?

En otras palabras, la historia de Celeste, Luz y Azrael no debería haberse convertido en un duelo de Montescos y Capuletos –sino en una oportunidad de enseñarles a las chicas y chicos cómo lidiar con sus sentimientos.

[Agradezco el relato original a Carolina Eduviges (sobrina) y los comentarios a El de Ayala (sobrino). Su bisabuelo Spivis estaría orgulloso.]

agallardof@hotmail.com

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