Omar González Morales
La guerra sucia es uno de los episodios más trágicos y violentos del México de las décadas 60, 70 y 80 del siglo XX. Uno de los puntos que el gobierno usó para reprimir a la población era la comisaría de policía en lo que actualmente es la Plaza de Tlaxcoaque, cuyos sótanos fueron empleados como centro de tortura, violaciones y desapariciones forzadas. Hoy, en una secundaria cerca de ese lugar, se erige un mural que busca dar una visión de esperanza, reflexión y homenaje a quienes fueron víctimas: se titula Tlaxcoaque: Flor y canto de la memoria, de la artista Paulina Jaimes.
La obra, que mide 80 metros de largo por seis de alto, fue plasmada en uno de los muros de la Escuela Secundaria Diurna 82 Abraham Lincoln, y forma parte del Corredor Artístico del Jardín Flotante Tlallipan, proyecto que funge como diálogo entre habitantes, artistas y el gobierno de la Ciudad de México para destacar la memoria histórica de la calzada de Tlalpan, la cual nace a partir de esta vía, dice la artista en entrevista con La Jornada.
“Me uní a este proyecto en octubre de 2025; para mí fue un reto, porque soy una pintora más de caballete, así que este es mi primer mural. Es una obra que podemos leer sin importar el lado en el que lo veamos. El tema fue muy complicado, es bastante escabroso, como una cloaca que se abre y por ello fue muy duro saber que iba descubriéndome durante el proceso de investigación y creación. Me entrevisté con activistas y sobrevivientes de esas épocas y sus experiencias me dejaron marcada”, asegura.
El mural se inicia en la calle Fernando de Alva Ixtlilxóchitl 172, esquina con San Antonio Abad. Se trata de un espacio de 440 metros cuadrados. En la pared aparece una estudiante de secundaria que toca una mano que lleva al monstruo Cipactli, haciendo memoria a la historia telúrica de Tenochtitlan; de la otra mano salen relámpagos que cruzan un lago con cuervos. Posteriormente, como si fuera un portal del inframundo, se abren los recuerdos de las protestas de 1968, los estudiantes, dos presos y el rostro desfigurado de Gustavo Díaz Ordaz con el lema: “Fue el Estado”.
Prosigue con figuras humanas sin rostro que representan a los desaparecidos, que nunca volvieron a casa. Los rayos siguen y cruzan a través de ellos como si el cielo mismo reclamara por su ausencia, se puede leer la leyenda: “DESAPARECIDO”. Después, dos serpientes unidas cubren un corazón de cuyo centro sale una luz y un maíz.
La oscuridad se rompe y aparecen retratos cuyo brillo ilumina; son quienes se opusieron a la represión y a la violencia: el sindicalista ferrocarrilero Salvador Zarco, los activistas Rosario Ibarra, Lula Rodríguez, Severiano Sánchez y María del Carmen Volante. También está plasmada la resistencia de la comunidad LGBTQ, representada por Gabriela Elliot, Ana Ignacia Ramírez La Nacha y Emma Yessica Duvali; el mural cierra con otra protesta para exigir justicia; finalmente, el portal al Inframundo se cierra desde la boca de Tláloc, memoria del pasado lacustre de la urbe mexica.
“He vivido en esta zona por más de 15 años. Cuando investigué lo que significaba Tlaxcoaque fue abrir una caja de Pandora; pude darme cuenta de todo lo que había pasado ahí de los años 60 a los 90, y eso fue de lo más doloroso. Saber que en esa plaza estaba ese antiguo edificio de la policía donde se cometieron tantos abusos a los derechos humanos.
“Pensar en Tlatelolco, en el halconazo, la lucha de los guerrilleros, los terrores que soportaron las personas. Es una cuestión de reflexión, hay que hacer memoria, tener dignidad social y enseñar a las nuevas generaciones a pensar en ello. Los dos dioses representan también la lucha de dos fuerzas. Lo pienso como un viaje narrativo, un recorrido histórico y justo.
“Nuestras miradas están en lo virtual, en una nube. Por eso también me hizo reflexionar mucho sobre el privilegio que tenemos. Esta obra la hice con mucho respeto porque estaba tomando en mis manos algo que lamentablemente ha sido poco evidenciado y dialogado.
“Fue una reflexión importante, que la misma Casa de la Memoria y las personas que fueron testigos de ello pudieran participar, y que también se acercó la comunidad estudiantil para aproximarlos a esta historia”, asegura .
Jaimes cuenta que mientras trabajaba en el mural muchos vecinos se acercaron a preguntarle qué estaba pintando. Se encontró con la coincidencia del horror que los habitantes sienten en torno a esa plaza.
“Un señor me dijo que le daba mucho miedo el mural porque él estuvo en el centro de detención. Y cómo no, imaginemos padecer ese terrorismo que cometían quienes supuestamente debían cuidar a las personas. Pero ahora podemos contar nuestros relatos, y eso nos permite reivindicar la memoria de quienes sufrieron en ese lugar. Trabajar en este mural fue muy especial, porque es como si fuéramos un canal, un medio para ser portavoz de algo más grande, y eso es algo sumamente hermoso”, concluyó.







