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Luis Ricardo Guerrero Romero

Terminé la visita con aquella terapeuta que anotaba en su computadora mis intrincadas aventuras. Tuve la necesidad de solicitarle que leyera pues lo que ésta había escrito luego de concluir mi sesión mensual. Amablemente, la hipnotista aclaró la voz y dijo: —Pa´ ti conciencia: Encantado por el tono azufaifo de tus labios, inerme luego de sentir tu sonrisa, aquella que orquesta una melodía en el alma de cualquier atrevido que sin ventura quede enamorado. Una vez más te ruego en mi soledad, te busco en el subterfugio de la imaginación, te creo y me recreo, creaciones crédulas de la lujuria primitiva, el incipiente deseo de vivir respirándote. Sin embargo, ¿qué resta?, queda el acariciar con la mirada las historias en tus redes sociales, dedicarte las canciones amargas, cada letra es una mordida a la más verde cáscara y semilla de limón. También queda sonreírle a la noche una vez que ya muera, cuando todos mis dientes se descubran ante la inminente carcajada de la muerte. Oigo tus notas de voz en el agónico momento de mi partida, veo las notas de tu imagen, son sublevados recuerdos de un pasado que está muy presente.

Allí y allá estás petit canard de felina mirada. Allá y allí te encuentras, en la explanada de los mejores momentos, en el sabor del licor que bebo casi cualquier día, casi toda lúgubre noche donde las estrellas fijas son la sonrisa que esconden tus labios.

Ella acabó la lectura, y yo, acabé por volver a pensarle.

El relato anterior, nos habla por ejemplo de alguien que eres tú, o es el yo contigo, nos habla de sonrisas, de sabores, de principios, de dientes, de carcajadas mortales, o como se indica en el título: mordidas. Ninguna mordida se da sin tener la herramienta necesaria para hacerla, es decir los dientes. Palabra que será nuestra divagación semanal.

Mucho habrá que decir de los dientes, de su constitución, de su fortísimo esmalte, de la perennidad cuando sólo de nosotros queda el cadáver, pues, aunque los dientes no son hueso, son tan duros como éste, sólo que sin tejido que los reconstruya.

Los dientes son la tarjeta de presentación del individuo, dicen los expertos, asimismo son símbolo del tiempo, como lo son los dientes de leche. Diente en griego se enuncia: οδους, οδοντος (odus, odontos) de allí palabras como: odontólogo, ortodoncista. Pero esa voz mordió además la lengua latina, de allí la herencia más inmediata: dens, dentis; voces como: dentadura, dentífrico, dentista son derivaciones del sustantivo en cuestión.

Sumado a las ideas anteriores, no dejamos de lado, locuciones o frases que involucran al diente: hincar el diente, pelar los dientes, a caballo regalado no se mira el diente, ojo por ojo, diente por diente, primero mis dientes que mis parientes, ya enseñó el diente, señalarse el diente; entre otras. Además de las analogías cotidianas: diente de león, diente de ajo, aro dentado, diente de hierro, los dientes del peine, dientes de las pinzas. En fin, los dientes saben titiritar cuando hay frío, y saben apretar con vehemencia cuando hay calor, con dientes se puede morder un labio, o se pude morder la boca.

l.ricardogromero@gmail.com