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Al profano de tus pechos

Luis Ricardo Guerrero Romero

¡Prende el ventilador!, fue la última orden que recibí de tus labios antes de emprender las libaciones por tu cuerpo. Nadie lo sabía, ni siquiera Dios lo supuso, sólo éramos un par de extraños trabajado para otro grupo de extraños que únicamente se extrañaban de habernos reclutado. Las vicisitudes suelen ser gloriosas cuando la pertinencia une el saber con el desear. Tú, lo deseabas, yo lo sabía. Apenas 40 años cumplidos y la emoción de sentir la adrenalina juvenil nos unió. Amalgama de lava y suelo.

Poco te importó tener tres meses de viuda, nada me interesó el conocerme infectado, aquello que sucedió pudiéramos exponerlo como un tributo a la muerte, al engaño a la precisión de profanar tus pechos: “Dales, oh, Yahvé, lo que les has de dar; dales matriz que aborte, y pechos enjutos (Oseas 9:14)”; era mi oración cada mañana para no doblegarme ante las mujeres. Pero no funcionó, tu figura pudo más que el poder del Altísimo. Entonces, todo una turbia espesura de realidad, pero friccióname, refriégame, frótame con tu piel forastera del placer. Pues con simpatía hundiré el impulso para profanar, profanarnos, profanalograrnos.

En el relato anterior se nos presenta una vida trastocada, o mejor dicho unas vidas cotidianas, pues qué es vivir sino una alteración de la propia existencia. No obstante, ante esta realidad, leímos cómo las súplicas al dios del narrador no son escuchadas, o fueron interpretadas con cariz distinto al original. Lejos de estas disertaciones lo que nos interesa aquí, como en todas las entregas de esta sección, es entender una de las tantas palabras empleadas en el relato, hoy es el turno de profanar. Acusación insistente que el relator propala, suerte de su experiencia y fruto de la animadversión por sentirse infectado de no sé qué cosa.

La idea, o mejor dicho el hecho de profanar puede sugerirnos situaciones tales como: ultrajar lo sagrado, alterar el orden, propugnar lo celestial, el desacato de algo trascendental. Además de estas aplicaciones habremos de recordar que tal palabra nos ha llegado a partir de la cultura helénica y la romana. Era la voz: φανε (fane) aoristo φαινω: dar luz, encender, brillar, cundir, levantarse, mostrar; el lexema que dio vida al latín: fanum: templo, como sitio de celebración y fiesta. Tal raíz aunada a la base prefijal: pro; suscitó este adjetivo profano.

Profanus, el que viola un recinto, pero profano también el que seduce sin intenciones loables a una mujer, como se leyó en el relato anterior. Profano, en otro contexto poco entendible para los no iniciados a los misterios, es la reserva para dar a conocer de modo lindante los secretos de una Soberana fraternidad. Profano es el hombre que confía en el hombre. Profano casi todo, excepto el lenguaje que nos constituye, nos reúne, reconstruye, impoluto en su ser, marcescible en su actuación.