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Luis Ricardo Guerrero Romero

Los efectos de su vicio no podían no presentarse, aunque éste, del cual voy a hablar argüía que eso a él no le ocurriría jamás. Jamás como a su bisabuelo, quien entre sábanas frías murió a causa de la picadura de un mosquito, luego de quedar sin fuerza para aplastarlo de un aplauso, igual de jamás como a su abuelo, el cual, dormía con su fulgor comible; así a su padre, quien se levantaba por las madrugadas para consumir un poco de aquello que generaciones había contaminado. Y, así fue, pasó el tercer día después del diagnóstico y a Ignacio la vida le cambió, no así su vicio. Aquel sujeto de fuego, luego de haber asegurado que no, que eso a él no le sucedería, que los efectos de la cosa no dejarían tema en su ser, empezó.

Al lado de su esposa, que mejor dicho era su pareja, comenzó a sonar la pesadilla. Hubo días, en donde no sabía que era verdad y cual mentira, puesto que la cosa hacía que a Ignacio la mente se le obnubilara, oscureciera, ensombreciera, apesadumbrara, enfriara entorpeciera. Los artículos de la casa, los lugares, las maquetas y las sombras, todo se olvidaba cuando la cosa ganaba terreno. Él, como todo buen albañil, asumía que ese alóctono, es decir la cosa, algún día se marcharía y lo dejaría en paz con los suyos que ya no eran tan de él. Y, así fue, oscureció al cuarto día e Ignacio dejó de alumbrar. Yo supe todo eso porque un día antes de su marcha a la energía suprema, Ignacio me confesó que la cosa que había dañado la vida de sus ancestros ya le hubo solicitado la de él; confieso que me reí y con unas palmadas donde susurra la burla lo animé a cambiar de sentimiento, pero, la cosa esa, es más fuerte, tanto que desde hace un mes yo también soy alóctono de mi mismidad.

Personas como Ignacio son felices y frecuentes, personas como el sujeto del relato anterior son siempre personas de alma. En ellos radica el anhelo de la supremacía de algún vicio y sin querer se hacen ofrenda con él y para él. Un ser alóctono de alma sería pues aquella especie que, su ser sustancial no es de este planeta, que su alma no corresponde a las normativas que construyó la sociedad. En síntesis, y si eso del alma fuese verdad, todos somos nachos y nachas, puesto que el alma no es de este planeta racional.

La voz alóctono es posible entenderla a partir de su antónimo: autóctono, de la cual no hablaré pues se obvia su entendimiento. Entonces tenemos que la palabra en cuestión es de inspiración helénica, a partir de: αλλος [allos] y χθονος [tcnos]; es decir otro o el otro, más el sustantivo ctnos¸ tierra, no la tierra de gea, sino la tierra de procedencia, de otro país. Así de esa manera encontramos el origen de nuestra palabra alóctono, a la vez que encontramos el origen de los vicios actuales como la cosa que cobró la vida de Ignacio. Puesto que, si los mexicanos nos enviciáramos de nuestros autóctonos extravíos, seriamos más saludables. En el tiempo prehispánico sólo había pulque y magia herbolaria, nos daba relajación y fuerza. Pero llegaron los vicios alóctonos y se robaron el alma de muchos, se volvieron verdugos de nuestra voluntad.

l.ricardogromero@gmail.com