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¿AMLO, peligro para el Estado laico? No lo creo (1)

Federico Anaya Gallardo

Barranco y Blancarte, dos especialistas en asuntos eclesiásticos mexicanos, publicaron recientemente un libro titulado AMLO y la religión, el Estado laico bajo amenaza (Grijalbo, 2019) el cual, en la reseña que hizo de él Rodrigo Vera para la revista Proceso, sirvió para que la gran revista independiente de México se sumara a la denuncia contra el Presidente como peligro contra la laicidad (Proceso 2249, 8 de diciembre de 2019). Estamos ante dos expertos muy diversos pero relevantes, una gran revista y una interesante exageración.

El libro tiene dos partes, la primera la debemos a Roberto Blancarte, la segunda a Bernardo Barranco. El conjunto está bien balanceado, y es sencillo de leer, sea de corrido o en partes. Blancarte escribió cinco ensayos, Barranco seis. Cada ensayo viene acompañado de su aparato crítico, así que quien lea puede revisar directamente las fuentes. Cosa interesante: una parte sustancial de las referencias son notas de prensa reportando hechos. Es decir, estamos ante un libro de expertos que comentan directamente la realidad.

Cada autor aborda los mismos temas, aunque los ordena de modo diferente. La exposición de Blancarte, por ejemplo, avanza en un crescendo desde una exposición entre periodística y académica sobre los liderazgos populistas en su primer ensayo (pp. 15 a 22) hasta un clímax en el quinto (pp. 75 a 90), titulado “La deuda de AMLO con el Estado laico”, en el cual un buen abogado podría abrevar para construir articles of impeachment en un juicio político contra el primer mandatario.

La sección de Barranco, en cambio, es más compleja. Por decirlo de algún modo, avanza en espiral. Aunque aborda temas específicos en paralelo a Blancarte (la cuestión de la “Constitución Moral” y la concesión de medios de radiodifusión a las iglesias, por ejemplo), Barranco regresa una y otra vez sobre sus pasos agregando información relevante que complejiza el análisis. Por ejemplo, su primer ensayo aborda los recientes desarrollos de la religiosidad en Latinoamérica, especialmente la tendencia pentecostalista –el cual, leído en paralelo al ensayo de Blancarte sobre los liderazgos populistas, permite entender la preocupación que llevó a ambos a esta empresa editorial.

Con todo, al final el lector se queda con la impresión de que Blancarte denunció un peligro y Barranco respondió señalando que tal peligro no existía –o no era exactamente lo que al principio habíamos percibido. Me explico. Es verdad que en Latinoamérica hay un nuevo movimiento de Derechas que manipula los sentimientos religiosos para revertir los avances de la sociedad liberal. También es verdad que la confluencia de los movimientos populistas –con su polarización entre el Pueblo bueno y élite corrupta– tienden a establecer una especie de moralidad que es fácilmente co-optada por narrativas religiosas. Así pasó en la Argentina peronista en el siglo XX y Blancarte teme que la misma deriva ocurra en el México obradorista en el siglo XXI.

Sin embargo, el peligro percibido por el temeroso Blancarte no cuadra con los datos aportados por el quisquilloso Barranco. Ciertamente, en Brasil el pentecostalismo ha avanzado en afinidad electiva con triunfos electorales y jurídicos de la Derecha. Jair Bolsonaro fue electo presidente con el apoyo de un protestantismo militante y que cuenta con una amplia difusión en medios electrónicos. Aparte, en una decisión –posterior a la publicación del libro que ahora comento– un juez en Río de Janeiro ordenó a Netflix retirar un programa navideño en el que presentaba un Jesucristo gay. Esta decisión se dio en una segunda instancia, contra una resolución previa que se negó a censurar el programa. Importa mencionar que la demanda de censura fue presentada por un colectivo llamado la “Asociación Centro Don Bosco de Fe y Cultura”, para defender la “honra de millones de católicos”). (https://www.jornada.com.mx/2020/01/10/espectaculos/a09n1esp)

Complementando la problematización de Blancarte, Barranco muestra cómo, a nivel regional latinoamericano, los partidos políticos, candidaturas y movimientos abiertamente ligados a manifestaciones religiosas han prosperado en procesos electorales recientes (pp. 101-103). En Guatemala, 2015, Jimmy Morales fue electo Presidente utilizando un discurso religioso en contra de la corrupción. En Colombia, 2016, las congregaciones evangélicas apoyaron el “no” en el referéndum sobre la paz por el discurso de género en los acuerdos FARC-Gobierno. En Costa Rica, 2018, el evangelismo político casi gana la presidencia con Fabricio Alvarado, el candidato más votado y quien sólo pudo ser derrotado en segunda vuelta. Barranco nos recuerda que Jean-Pierre Bastián había documentado el fenómeno desde las elecciones que llevaron al poder a Alberto Fujimori (Perú, 1990) y a Jorge Serrano Elías (Guatemala, 1991). Antes de esos dos triunfos, ya había una bancada evangélica en el congreso federal brasileño.

De los 21 Estados continentales latinoamericanos, Barranco reporta (pp. 105-106) que en diez de ellos existen partidos identificados con discursos religiosos, sean católicos o protestantes. Uno de esos Estados es México, adonde el Partido Acción Nacional (PAN) representa al catolicismo desde 1940. Otra organización, fundada apenas en 2014, el Partido Encuentro Social (PES) fue la manifestación más acabada del evangelismo político-electoral –hasta que perdió su registro en 2018, por falta de votos.

Barranco afirma que “el crecimiento de evangélicos en la región latinoamericana alcanza 25%” (p.101), pero en su cuadro podemos ver que –con excepción de Guatemala– en ninguno de los países en que Barranco ubica un evangelismo político-electoral la presencia protestante pasa de 22.4% de la población (Brasil). Costa Rica tiene sólo 22%. Guatemala está en otra liga, con 42% de población protestante –lo que por sí mismo explicaría la incidencia de este discurso religioso en sus elecciones.

Los datos brasileños son ambiguos tanto como lo es Bolsonaro, un católico que se volvió a bautizar en el Río Jordán en 2016, sumergido en aquellas históricas aguas por un pastor de la iglesia evangélica Asamblea de Dios. Bolsonaro se ha asociado públicamente, como cónyuge, padre de familia y candidato a la presidencia, con la Asamblea de Dios, pero al parecer no ha renunciado a su congregación original. Esta ambigüedad es racional. De acuerdo con el Instituto Datafolha, en Brasil 56% de los electores se declaran católicos, 30% evangélicos, 7% sin religión y 1% creyentes en religiones afro-brasileñas. Ningún candidato renunciaría al voto católico. Así las cosas, en la segunda vuelta de la elección presidencial brasileña de 2018, el candidato de Derechas habría recibido poco más de la mitad del voto católico y un apoyo mayoritario entre los electores evangélicos. Bolsonaro logra este “milagro ecuménico” mediante una oferta reaccionaria que atrae a todos los conservadores entre los cristianos, no importa a qué congregación pertenezcan. Recordemos que siendo diputado, al votar a favor del impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff, explicó su voto de esta manera: «En memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el terror de Rousseff, voto sí». Ese coronel fue el torturador de Dilma en la Guerra Sucia brasileña. Sobre la complejidad del fenómeno Bolsonaro, conviene leer el artículo de una periodista especializada en el tema, Lamia Oualalou, publicado en Nueva Sociedad № 280, marzo-abril 2019 y que puede consultarse en https://www.nuso.org/articulo/los-evangelicos-y-el-hermano-bolsonaro/.

Es decir, de acuerdo al propio Barranco y a la política realista en cada uno de los países latinoamericanos, un catolicismo en retirada demográfica no implica, por sí mismo, el triunfo político-electoral del evangelismo. El 30% de electores protestantes no podría imponerse sin la división de los católicos. Y es bien sabido que los electores deciden su voto por muchas razones, no sólo la religiosa. Así las cosas, es natural que Barranco siga a Bastián, y nos recuerde que una vez que los evangélicos construyen un espacio propio en el sistema de partidos “su fuerza es su capacidad de arbitraje entre los grandes partidos” (p.103).

Veamos el caso de México. Barranco reporta que en nuestro país los evangélicos apenas llegan al 6.3% de la población (p.105). Se trata del porcentaje más bajo de su cuadro-resumen. Por su parte, Inegi reporta (https://www.inegi.org.mx/temas/religion/) que, de la población de cinco años o más que dice profesar una religión, 8% se identifican con credos protestantes y evangélicos y 2.5% con creencias bíblicas diferentes de las evangélicas. El mismo Inegi reporta que el catolicismo a nivel nacional alcanza aún el 83% de la población. El estado federado con menor número de católicos es Chiapas, con 58%. En su entorno, Tabasco tiene 62% de católicos, Campeche, 63%.

Acaso haya alguna correlación entre presencia indígena y mejor recepción del protestantismo, lo que nos diría que el Sureste mexicano evolucionaría en dirección a la conformación religiosa de Guatemala –el país latinoamericano con más presencia protestante (42%). El problema es que esa región de la federación mexicana no juega a la política electoral junto con Guatemala, sino con el resto de los estados federados mexicanos.

Si volteamos al centro y norte de México, resulta que en ninguna entidad federativa el protestantismo alcanza los niveles del Sureste. En El Bajío, los católicos son una apabullante mayoría (94% en Guanajuato, 93% en Aguascalientes, 92% en Jalisco, Michoacán y Querétaro, 89% en San Luis Potosí). En la zona metropolitana, la más urbanizada y cosmopolita de la federación, 87% de los hidalguenses, 85% de los mexiquenses, 82% de los chilangos y 78% de los morelenses se declara católico. En Puebla es católico el 88%. Veracruz y Oaxaca, tan indígenas como Chiapas y Campeche, reportan 79% de católicos la primera y 81% la segunda.

Hay que tener cuidado al momento de sacar conclusiones. La metáfora que viene a la mente al leer el libro de Blancarte & Barranco es la del fuego que consume el techo de la casa de mi vecino. La conclusión inmediata es que mi techo corre un peligro inminente. Pero, a partir de los datos que aporta Barranco, parecería que el techo del vecino es de paja, mientras el mío es de lámina. Ah, los tercos hechos.

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