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Pilar Torres Anguiano

Para Julio.

En Vidas paralelas, Plutarco incluye este pasaje: “El primer mensajero que dio la noticia sobre la llegada de Lúculo estuvo tan lejos de complacer a Tigranes que éste le cortó la cabeza por sus sufrimientos; y sin ningún hombre atreverse a llevar más información, y sin ninguna inteligencia del todo, Tigranes se sentó mientras la guerra crecía a su alrededor, dando oído sólo a aquellos que lo halagaran…”

Matar al mensajero es una frase metafórica que se refiere al acto de culpar a una persona que trae malas noticias en vez del autor de las mismas. Lo cual nos lleva al verdadero problema: falta de honestidad. Incapacidad de lidiar con la mentira, de ser fieles a la verdad.

Cuando somos niños, a todos nos da una época de decir mentiras. Hasta cierto punto, se entiende esa etapa porque cuando se es niño aún no sabe la diferencia entre bien y mal, está aprendiendo moral y poniendo en juego sus habilidades sociales; al principio no lo hacen con malicia, esa llega tarde o temprano.

¿Pero qué tal cuanto ya estamos grandecitos y seguimos haciéndolo? Las cosas serían más fáciles si el mundo fuera una arena maniquea de buenos contra malos; los malos mienten y los buenos siempre dicen la verdad. Bastaría con tomar partido y ya está. Pero la ética aristotélica nos muestra que, en realidad, el mal no existe sino como “ausencia de bien”; y eso complica las cosas porque nadie busca el mal en sí mismo, sino como un bien aparente. Entonces, movemos poco a poco esa línea rígida que alguna vez fue la moral… sobre todo si no nos convienen porque, si se trata de justificarnos, entonces decimos que “el mundo es de los audaces” o bien, que “el que no transa no avanza.” Y así se va la vida hasta que el permisivismo nos hace relativizar la verdad al grado de adecuarla a nuestra conveniencia.

Mentimos por el temor a las consecuencias de que algo se sepa: algo que se hizo, que no se hizo, que se oyó, que se vio, que se dijo o que se supo.

La argumentación de Platón al respecto va más o menos así: los mentirosos son capaces de engañar porque son astutos y son astutos porque son inteligentes en la medida en que conocen; por lo tanto, los mentirosos son capaces y hábiles de engañar en aquello que conocen. El ignorante, en cambio, no podría siquiera engañar, pues nada sabe, y si se equivoca, lo hace sin darse cuenta. Y llega a dos conclusiones: en primer lugar, mentir requiere de la intención de hacerlo; en segundo lugar, que para mentir hace falta saber aquello sobre lo cual se mentirá. Esto último nos pone de manifiesto un hecho: la mentira requiere de la intención de ocultar la verdad.

San Agustín distingue al menos seis tipos de mentiras:

  • las mentiras que hacen daño y no ayudan a nadie
  • las que hacen daño y sí ayudan a alguien
  • las mentiras que surgen por el mero placer de mentir
  • las mentiras dichas para complacer a los demás en un discurso
  • las mentiras que no hacen daño y ayudan a alguien
  • las mentiras que no hacen daño y pueden salvar a alguien

Mentimos para culpar a otra persona, por no querer asumir responsabilidades, para dañar a otro o para no enfrentarnos a problemas. Mentimos para ocultar algo, para evitar la vergüenza o las consecuencias. Mentimos también para conseguir una ventaja o un beneficio que, diciendo la verdad, se duda de poder alcanzar. La mentira es un instrumento para conseguir objetivos.

En uno de esos criterios se ubica la candidata, tristemente célebre en estos días: ¿Tal vez mintió pensando que no dañaría a nadie, pero sí ayudaría a alguien (a ella misma)?

Bien dijo Jesús Reyes Heroles que, en política, la línea recta casi nunca es la distancia más cercana entre dos puntos. ¿Eso de la política será un arte, una ciencia o una técnica? Para la filosofía clásica, la política estaba subordinada a la ética; pero a partir del siglo XVI –de sus maquiavelos, de sus reformas y de sus etcéteras– la concepción de la política comenzó a generalizarse como un ars gubernandi, lo cual implica que es por una parte ciencia y por otra virtud. En ese sentido, aquello que guía la política tendría que ser algo así como una estructura racional que se ubica a medio camino entre la sabiduría y la prudencia… pero a veces los hechos, nos muestran que el de la política, también es un mundo hostil y falaz en el cual las virtudes han cedido su paso a las apariencias. Es en ese contexto en el cual las buenas personas han de recuperar terreno para desenvolverse adecuadamente en ese mundo y buscar el bien común. Para ello la ética es el arma indispensable. Pero ¿cómo se le llama a quien acomete en contra de quien muestra la mentira, en vez de la mentira en sí?

Los humanos poseemos algunos rasgos peculiares—culpar al mensajero tiene que ser uno de los más extraños. Cabría preguntarnos con quién es nuestro compromiso ¿con la mentira o con la verdad? Apedreando al mensajero no se mata la verdad. Aquí un fragmento del poema de Amelia Arellano.

Había que matar al mensajero, amor.
Calcinar el mensaje. Lapidarlo.
Vaciar la memoria y las ideas.
Momificar la carne.
Apagar los relojes. Detener el tiempo.
Hoy es hoy. No hay ayer.
Hay que borrar las huellas.

@vasconceliana