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Apellido en pena

Luis Ricardo Guerrero Romero

Supe de los condados de un territorio anormal, un par de casas determinaban la jurisprudencia de cada terreno, familias que habían elegido seguir una tradición y con ello renunciar a la novedad que el mundo globalizado emprende. Los condados eran estirpes, eran herencias, eran sujetos: los González, los Urbanos, los Pirdant, los Astrias, los de allá, tanto como los de acá, eran todos apellidos. Inevitable preguntar por su historia, pues como en cualquier película antiquísima del cine mexicano, entre algunos condados las cosas sociales no se realizaban bien. La culpa de algún congénere arruinó el futuro.

Así también había un claro pero manchado ejercicio de incesto, pero no sucedía mucho si esto pasara, como cuando los de un apellido y otro se llegaban a enamorar y en el coito lo bélico de la historia entre dos familias se olvidaba por un rato, por lo menos por 30 minutos. Los apellidos en tales sitios eran más que un enjambre de letras juntas, eran poder y ventura.

Yo decidí salir de los condados por muchas más razones que las terquedades de los antiguos pobladores, yo salí de mi condado y de mi apellido porque matar, aunque dure lo mismo que el acto del coito, matar es más perseguido por los apellidos victimados. Un día tenía que pasar, que alguien aniquilara al jefe de cada familia para que esas rencillas torpes acaben. Y así fue, y trascurrió el séptimo día, y vieron los habitantes que era bueno, pero punible mi acción.

Los gringos lo saben bien, primero va el apellido, como se pudo leer en el relato anterior, el apellido era ese asunto importante que hoy en nuestra patria no es más que un complemento. Existen evidentemente, familias con una idiosincrasia arcaica y campirana que al día siguen ostentando su apellido como de abolengo, se lucen y remarcan su herencia que a ellos no les ha costado nada. Pero no entraré en temas políticos sino lingüísticos, pues de esas familias que aún perviven escuché decir a uno de sus integrantes: − “mi apeido es Carreras”. Imbécil su forma de hablar, y su ufana carrera. Ni apellido sabe decir.

Comencé esta segunda parte mencionando que los gringos lo sabían bien, y ponen al inicio o como característica su último nombre (traducción lineal de last name), pero esto no es una iniciativa propia, sino patrimonio de nuestras lenguas cunas, como el latín en donde se reconocía la prioridad del padre familiar, y entonces uno era reconocido como el hijo de, o de la familia tal o cual. Eran llamados por su apellido. Appello, appellavi, appellatum: llamar, eso es lo que significa apellido, y es por eso por lo que lo correcto es decirlo con el sonido [ll]. Voces como apelar, apelativo surgen de esta misma palabra latina. Si escuchas decir apeido en lugar de apellido, probablemente esa persona no provenga de una casta sin parangón, sino todo lo contrario.