Bravos se lleva el duelo fronterizo; golea 3-0 a Xolos
3 noviembre, 2019
Polémica por “golpe de Estado”
4 noviembre, 2019

Arar la vida

Luis Ricardo Guerrero Romero

Ásdís fue mi mujer, o más bien, Islandia fue mía el día en que la conocí. Todo resulta tan fácil cuando uno se deja hacer por la vida, cuando te dejas amar. Sólo así fue como logré ser parte de esa familia islandesa que crió a Ásdís. Yo al verla y saber su nombre sólo pensé en la rareza que ella escucharía al decirle que Jacinto Vallejo no le iba a sonar nada lindo. Pero ese es mi nombre, y Ásdís, es el de ella. Me contó sobre su origen nórdico: “áss ‘Dios’ y dís ‘diosa’”; plenamente con escucharla sabía que era un dios, y con verla fue sencillo entender a la diosa.

Le expliqué mi nombre como quien cuenta leyendas en el extranjero, con una sucinta narración supo por qué Jacinto, y con un pequeño verso, entendió por qué Vallejo, supo también sobre mi trabajo como fotógrafo el cual no era nada complicado en territorios tan fríos. Hacía tiempo que mi alma se encontraba igual, luego de la pérdida de toda mi familia. Sin embargo, al encontrarme con ella, las heladas mañanas me llegaron a lastimar.

Para seguir con mi trabajo Ásdís me condujo a Grundarfjörður, allí comenzó la pasión y la muerte, me explicó que ese lugar era su favorito, pues pensaba que justo en Grundarfjörður, Dios inició a arar la tierra. Ya en ese lugar nos dirigimos a Kirkjuffel, en donde vimos llegar la noche, una noche brillantemente oscura. ¡Sí!, Dios aró el mundo desde aquí, y yo surqué con vigor a esa dios-diosa islandesa la noche en que Kirkjuffel y México se ofrendaban para luego morir ocho días después.

Relato típico de amor lo que se acaba de leer, tal vez, o un sugestivo mensaje subliminal para que conozcan Islandia y sus naturales escenarios fantásticos, quizás. Un pretexto más para asirnos de alguna palabra y tratarla de desmembrar y crearla, sí, lo es. En estas líneas nos atañe dilucidar sobre el arar, ejercicio que con seguridad en todo espacio geográfico se lleva a cabo, de modo arcaico (bueyes, yugos, carretas, a pie y azada), o de manera industrial (equipos sofisticados, semillas tratadas, tierras manipuladas científicamente). Como sea el caso, arar, es un acto que simbólicamente toda persona lleva a cabo para lograr cosechar luego, es empresa del tiempo y la paciencia, es cosa de respeto y valor.

La misma acción del arado nos remite a pensar en cómo se hacía antes, y por qué hoy esta palabra lejos de sonarnos actual se escucha agreste, rural, quimérica. Es un hecho, el mismo lenguaje escrito pasó por el arado, nuestra manera de escribir fue parida por la escritura bustrofedón, técnica para arar en sus anales. Arar, significa pues trazar un camino, pensar una forma de proveernos de frutos o vida que dé más vida. Ara el hombre a la mujer, la conquista para que ésta se deje surcar. Ara la vida nueva a la madre, un parto no sólo es salir, sino emerger, brotar.

La palabra arar, es de esas voces que por antonomasia fue herencia helénica, fue a partir de: αρουρα, [arora] (tierra, pero tierra labrada), que encontramos estrecho vínculo térreo con nuestro verbo en cuestión. La supresión silábica por el fenómeno del metaplasmo sembró la idea aprovechada por los romanos, así en latín arar se dice: aro (labrar, cultivar, surcar, abrir).

Hay otra entrada latina que indica que fue desde arare, de donde provino nuestro arar. De cualquier modo, el antiguo griego αροω [aro] significa sembrar, fecundar. Por lo cual arar la vida no sólo es una expresión común, sino un sentido común. Al arar para el mismo lado todo resulta mejor, al arar, correctamente habrá tempestades que desfiguren el surco, pero nunca el deseo.