Siete gobernadores contra AMLO
25 mayo, 2020
Militantes de izquierda ya formaron 300 Comités de Defensa de la 4T; van por 3 mil
25 mayo, 2020

Luis Ricardo Guerrero Romero

Debí hacerle caso al dicho: “de política, religión no se habla en las borracheras”, éramos un cuarteto, la música era nuestro emblema y nada podía separarnos. Eso creía antes de la noche anterior en que William Penn y Jorge Fox, desaparecieran.

Sus nombres obviamente son artísticos, estos dos tipos, uno vocalista y el otro en el bajo, les gustaba el estudio y eran eclécticos en sus conocimientos. Yo sólo reía y jugaba al espectador mientras ellos jugaban a recrear a los cuáqueros o Sociedad de amigos del siglo XVII. Pero ya saben mezclar seis o siete tipos de licores y drogas en una sola noche no dejaría nada positivo. Y así fue, y desperté a la mañana siguiente y vi que no todo era bueno. De los tres que había en mi casa sólo restaba uno. Pues el vocalista y el del bajo se habían ido, no había notas de voz, no mensajes, nada, sus instrumentos estaban tirados con algunas marcas de sangre. No supe lo que pasó, y nuestro baterista seguía inconsciente. Jorge y William no estaban. Al intentar despertar a Carlos (el baterista) no tuve resultados, quizá murió de sobredosis. Me encontraba solo, otra vez solo, quizá un poco menos solo que ayer mientras ensayaba con ellos. No había explicación. Mi única esperanza era creer en el atanatismo, o esperar noticias de Penn y Fox.

Durante mi espera no tuve hambre, ni sueño, únicamente me atrapaba la desesperación, algo me decía la mente, algo me gritaba el corazón. Al anochecer, llegaron a mi casa un grupo de oficiales, con las parejas de Fox y Penn, mis amigos habían muerto, yo fui su verdugo. Según entendí mi ira se despertó por hablar de la eternidad y esas mágicas ocurrencias. Experimenté con ellos, pues deseaba saber si el atanatismo estaba en lo cierto o era otra farsa de la humanidad, al parecer hubo apuestas y gané, y tenía que matarlos para comprobar la certeza del atanatismo. Luego de tres años viviendo preso, todavía no sé nada de ellos, ninguno se me ha aparecido, es innocuo el atanatismo.

El relato anterior me recuerda un libro interesantísimo del filósofo Savater: La vida eterna. Pero también me recuerda ciertas palabras que en su rimbombante enunciación llevan una rimbombante ficción: eternidad, atanatismo. Sin duda desde edades antiquísimas con los dioses egipcios y con su majestad Mictlantecuhtli, la idea-creencia de no morir para siempre es un pilar que sostiene la fe y todos los rituales económicos, sociales, espirituales que nos dan fortaleza en nuestra mortalidad. Mucha gente tiene una religión y asiste a los templos por asegurar un lugar eterno en otro espacio, por el amor a sus familiares o por amor a la vida. Pero cada uno tendrá sus conclusiones, habrá quienes vivan su fe por amor a Dios y al semejante, habrá quienes los indultos le hagan creer que vivirá otra vez, una suerte de atanatismo.

Pero tal como dijo el esbirro de las creencias, el matón del relato anterior. Es innocuo el atanatismo. Esta peculiar palabra, palabra-concepto, palabra-sustantivo, designa una doctrina de la inmortalidad del alma. La voz helénica: αθανατος (atanatos), inmortal, que no perece, que pase lo que pase vivirá, aquí o allá, pero vivirá. El atanatismo profesa estar excluido de la muerte, no morir para siempre. Luego entonces: a) en la eternidad hay un Reino. Y b) en el atanatismo, vives siempre, o más bien, nunca mueres realmente, pues tu alma es perene. En la vida pandémica, si no te quedas en casa, no hay opción a) ni b).

l.ricardogromero@gmail.com