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Luis Ricardo Guerrero Romero

Con probabilidad me hubiera justificado una vez más, qué tanto es una vez más, de lo único que se trata es de sembrar paciencia, no desesperar, un ejercicio de astucia y arrojo. A diferencia de muchas otras disciplinas yo soy mi propio ladrón. Cuando mi mente comienza a pensar capturo la esencia del pensamiento y entonces la llevo a cabo, así es que funciona. Lo he explicado un sinnúmero de veces, pero nadie me entiende y por esa razón es que hoy pude darme a entender en la cena familiar donde pedí la mano de mi futura esposa.

Comencé por explicar la diferencia entre el que roba y el ladrón, no es lo mismo, puesto que el primero la acción que ejecuta es robar, pero el segundo, no comete un ladrido, el segundo emprende el latrocinio. Entonces fue que robé la atención de más comensales, con su rostro de extrañeza y curiosidad se fijaron en mí, cual si los hubiese arrebatado de algo tan suyo. Yo soy mi propia presa y mi propio motín. Mis conjeturas se apoderan de mí como yo de ellas en el mismo tiempo en que son pensadas. La premeditación pare conmigo al ritmo del más arrojado pensamiento-sentimiento. Por eso la cena familiar se trocó en un episodio polémico, claramente escuché como entre los hermanos de mi novia se comentaban sobre una demencia que según ellos padezco. Pero fue la aprobación de mi suegro la que logró apaciguar todo.

Concluí esa platica al decirles: En mi opinión todos somos ladrones de nosotros mismos, bandidos de nuestros sentimientos, mercenarios de nuestros pensamientos. Hay algo en cada hombre que le invita a espoliarse: auto latrocinio. Las mentes débiles ejecutan de modo más soez este despojo de sí mismo. Por ejemplo, hay auto ladrones de tiempo con la familia, de quienes requieren hacer deporte por salud y bienestar y nunca lo llevan a cabo desgastando así la salud, salteadores de su propio crecimiento son aquellos que olvidan leer unas cuantas páginas de algún texto, atracadores de su propia vida quienes violan las leyes de la felicidad y se subyugan a quehaceres que no les premian el alma.

Según entendí, mi futura esposa se tomará un tiempo para elegir su vestido, pero no vi necesario dos años para eso, pero soy un hombre que respeta decisiones y la dejé partir, mientras sigo en mi propio latrocinio.

La palabra latrocinio, que podemos ubicar en el extenso grupo de arcaísmos no suena tan quedada en el ejercicio extraño del anterior narrador, un ladrón de sí, un embustero de su ser, ¡qué extraño sujeto! Ahora bien, podemos entender esta palabra desde la simple deducción, o bien desde la inteligencia de la lengua latina, por ejemplo, entendemos que esta palabra proviene del latín: latro, ladrón; pero a su vez se compuso por su enunciación en el caso acusativo: latronem. Desde su nominativo latrocinium, se entiende por dónde va la cosa.

Hoy en día podemos encontrar escasas diferencias entre el ladrón y el ratero, el primero comete latrocinio; el segundo un robo. Entre el ladrón y el ratero hay un tribunal de diferencias pero son asemejados porque muchas ocasiones nuestro lenguaje es asaltado a mano armada por la economía del hablante, quien en diferentes momentos prefiere no pensar, llevando a su fin un latrocinio más para sí mismo.