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Bigotes y cananas de cartón

Ignacio Betancourt

Muy seguramente un tema de profundo interés para las Ciencias Sociales es el fenómeno que representa la simplificación al absurdo de una acontecimiento social de consecuencias amplísimas para el país, como la llamada Revolución Mexicana de 1910 y su actual rememoración. Un acontecimiento social que significó un millón de muertos (cuando México tenía diez millones de habitantes) y una serie de consecuencias jurídicas y humanas derivadas de ese acontecimiento nacional que aún hoy permean la realidad cotidiana, pero que al paso de los años y de los gobiernos vendepatrias se ha ido diluyendo a sus representaciones más ramplonas, anulando de esta manera sus normas jurídicas y su peso simbólico y contestatario.

El Plan de San Luis Potosí, firmado en San Antonio Texas, el 5 de octubre de 1910 por Francisco I. Madero (quien escapó de la cárcel de San Luis huyendo de Díaz), dice en su prólogo: Los pueblos, en su esfuerzo constante porque funcionen los ideales de libertad y justicia, se ven precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios.// Nuestra querida Patria ha llegado a uno de estos  momentos: una tiranía que los mexicanos no estábamos acostumbrados a sufrir, desde que conquistamos nuestra independencia, nos oprime de tal manera, que ha llegado a hacerse intolerable (…)

Frente a una convocatoria nacional a la transformación radical del país la respuesta popular es trascendente, se echa fuera al dictador y se aspira a nuevas realidades; sin embargo, los desencantos resultaron inevitables porque la realidad social terminó por imponerse: intereses del poder económico y político que suelen determinarlo todo, en poco tiempo lograron imponerse influyendo hasta en las formas tradicionales de la identidad comunitaria y pervirtiendo logros y coyunturas que deberían haber transformado la vida cotidiana del país. ¿Cómo es que se ha ido diluyendo la trascendencia de una convocatoria tan fundamental? En las prepas y en las secundarias la fecha se ha excluido y ahora se reduce a una celebración en los jardines de niños, consistente en que los pequeños se disfracen de lo que el imaginario colectivo supone era el aspecto de los revolucionarios.

Esto se decía en el prólogo del Plan de San Luis: En cambio de esta tiranía se nos ofrece la paz, pero es una paz vergonzosa para el pueblo mexicano, porque no tiene por base el derecho, sino la fuerza; porque no tiene por objeto el engrandecimiento y prosperidad de la patria, sino enriquecer a un pequeño grupo que, abusando de su influencia, ha convertido los puestos públicos en fuente de beneficios exclusivamente personales, explotando sin escrúpulos las concesiones y contratos lucrativos. Todo parecido con el momento actual ¿será pura coincidencia? Pareciera que en el Plan de San Luis se hablara del presente siglo XXI que hoy corresponde enfrentar (y padecer) a todos los mexicanos, es decir a quienes sufren las excrecencias de un movimiento armado nacional que se atrevió a soñar con una sociedad más igualitaria, pero que finalmente con exclusiones y añadidos, ese momento histórico llamado Revolución Mexicana cuyo día conmemorativo es el 20 de noviembre (en este mes han transcurrido 106 años) ha ido perdiendo presencia hasta reducirse al absurdo.

El contenido extraordinariamente contestatario se ha diluido, el reclamo contra la autoridad se ha perdido hasta convertirse en una niñita gorda vestida de china poblana o en un niño pálido con bigotes pintados en el desconcertado rostro, y vestido de manta con sombrero y armas. ¿Cómo debe interpretarse esta representación decantada, de un acontecimiento arrancado del contexto que la determinó y nos sigue determinando como colectividad, y que aunque no se mencionen los contenidos profundamente subversivos de la Revolución de 1910 subsisten en el imaginario popular siempre vital y sugerente?

Decía Madero en su prólogo al Plan de San Luis: Tanto el poder legislativo como el judicial están completamente supeditados al Ejecutivo; la división de los Poderes, la soberanía de los estados, la libertad de los ayuntamientos y los derechos del ciudadano sólo existen escritos en nuestra Carta Magna; pero, de hecho, en México casi puede decirse que reina constantemente la ley marcial; la justicia, en vez de impartir su protección al débil, sólo sirve para legalizar los despojos que comete el fuerte; (…)

Aunque actualmente poco se hace por esos reclamos (siendo tan actuales como hace más de un siglo) y pese a que la Revolución, simbólicamente, ha perdido su filo contestatario al reducirla a una expresión caricaturesca, sus resonancias aún preocupan al poder (como gobierno y como representación) pues el reclamo a las dictaduras y la convocatoria a confrontarse, como hace más de un siglo, siguen siendo una necesidad ciudadana absolutamente actual.

En el artículo segundo del Plan de San Luis se enunciaba: 2.- Se desconoce al actual gobierno del general Díaz, así como a todas las autoridades cuyo poder debe dimanar del voto popular, por no haber sido electas por el pueblo. Y concluía el documento (firmado en octubre 5 de 1910): Si en el ánimo del general Díaz hubiesen pesado más los intereses de la patria que los sórdidos intereses de él y de sus consejeros, hubiera evitado esta revolución, haciendo algunas concesiones al pueblo; pero ya que no lo hizo… ¡tanto mejor!, el cambio será más rápido y más radical, pues el pueblo mexicano en vez de lamentarse como un cobarde, aceptará como un valiente el reto, y ya que el general Díaz pretende apoyarse en la fuerza bruta para imponerle un yugo ignominioso, el pueblo recurrirá a esa misma fuerza para sacudirse ese yugo, para arrojar a ese hombre funesto del poder y para reconquistar su libertad.

Contenido indudablemente incómodo para cualquier funcionario actual, por ello mejor sólo convertir el acontecimiento en día de asueto para toda la burocracia, mientras, que los alumnos de los jardines de niños se disfracen con bigotes y cananas de cartón para que todo siga igual que siempre. Convenientemente para el poder establecido ni los alumnos del kinder ni la ciudadanía, se enterarán de lo que esos bigotones sombrerudos lograron para modificar su opresivo presente.

Del poeta zacatecano Ramón López Velarde (1888-1921) va el proemio de su poema de 1921 La suave patria: Yo que sólo canté de la exquisita/ partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro,/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo/ para cortar a la epopeya un gajo.// Navegaré por las olas civiles/ con remos que no pesan, porque van/ como los brazos del correo chuan/ que remaba la Mancha con fusiles.// Diré con una épica sordina:/ la Patria es impecable y diamantina.// Suave Patria: permite que te envuelva/ en la más honda música de selva/ con que me modelaste por entero/ al golpe cadencioso de las hachas,/ entre risas y gritos de muchachas/ y pájaros de oficio carpintero.