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Campesinos y nómadas

Federico Anaya Gallardo

La semana pasada te conté, lectora, de que hubo, allá en la lejana Rusia y en los aún más lejanos siglos XVII y XVIII, un Lejano Este equivalente al Lejano Oeste que tuvimos nosotros en el Septentrión americano en el siglo XIX. Esta idea la desarrolló el académico Joseph L. Wieczynski (n.1934), doctor en Historia por Georgetown, alguna vez empleado por la inteligencia militar en el Departamento de Defensa de EU y por tres décadas (1968-1999) profesor de Historia en el Virginia Tech (parte de la Universidad Estatal de Virginia). La idea se puede consultar en su primer libro: The Russian Frontier: The Impact of Borderlands upon the Course of Early Russian History (University Press of Virginia, 1976). Los expertos en Rusia seguramente me acusarán de usar literatura tan antigua, pero los no-expertos hacemos lo que se puede. Wieczynski sistematizó información sobre Historia de Rusia y la Unión Soviética; así como sobre las reformas de Gorbachov. Podemos asumir que su opinión tiene fundamento. Aparte, su argumento en Russian Frontier me parece razonable y confío ayude a entender algo de las corrientes profundas de esa región que hoy nos tiene en vilo a toda la Humanidad.

Wieczynski parte de la realidad material (algo que siempre se agradece). En la presente crisis, los noticieros de guerra nos han informado que uno de los “problemas” del Este de Europa es que es una “gran planicie” sin grandes cordilleras, apenas cortada por los Montes Urales. Estas altas lomas son la línea tradicional que los europeos han usado para separar su continente de Asia. En realidad (perdónenme mis ancestros noratlánticos) Europa no es un continente sino tan sólo la península occidental de Asia. Para que no se molesten los gachupines y sus primos, hablemos de Eurasia. La geografía eurasiática nos muestra que la gran planicie se extiende de Este a Oeste por todo el continente, desde Siberia hasta Francia.

En el extremo norte, cercana al polo, la planicie forma una tundra helada. Hacia el sur, la tundra es sustituida por bosques que originalmente cubrían todo desde la península de Kamchatka hasta la costa atlántica de Europa. Estos cinturones de tundra y bosque son sustituidos, al sur, primero por una línea de estepa (un pastizal frío equivalente a las cálidas sabanas africanas). Finalmente, al sur de las estepas eurasiáticas hay una línea de desiertos. Detalle esencial: la estepa euroasiática, desde Siberia hasta Ucrania tiene suelos muy ricos para la agricultura. Son tierras negras (чернозем, chernozem) que pueden proveer cosechas abundantes.

Paradoja social, en su estado natural las estepas están cubiertas por ricos pastizales que son el hábitat perfecto para grandes rebaños de cuadrúpedos. La presencia de grandes caballadas propició una cultura de pueblos nómadas (pastores) que dominó el gran continente por milenios. Voltaire señaló que esos pueblos habían sido los “salvajes” que en tiempos clásicos invadieron las “civilizadas” Persia, Grecia y Roma. Lo hizo en su Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el Grande (1759) dejando a “otros que examinen si los hunos, los eslavos y los tártaros han conducido en otros tiempos familias errantes y hambrientas hacia las fuentes del Boríestenes”. El río Boríestenes es, ni más ni menos, que el Dniéper, a cuyas orillas está la moderna ciudad de Kiev.

Los pueblos esteparios ocuparon la totalidad de su hábitat. Eran muy diversos, de allí provenían los escitas, los godos, los turcos, los uigures, los mongoles y muchos más. Su límite al norte eran los bosques espesos. Wieczynski nos dice que el pueblo mongol, el más exitoso de ellos, tenía “poco gusto en la lucha contra la naturaleza” y sabían que los bosques no podían sostener sus inmensas caballadas. Este límite natural había detenido el control político de los esteparios. Siglos antes de Gengis Kan, la horda de Atila se asentó en la estepa húngara, a orillas del río Danubio, y no avanzó al norte boscoso.

Ese norte boscoso estaba ocupado por campesinos, fineses y eslavos al Este; germánicos hacia el Oeste. ¿Qué sabemos de ellos? En 1945, Marc Slonim, uno de los diputados social-revolucionarios de la Constituyente Rusa de 1917 y quien prosperó en el exilio estadunidense como crítico literario, describió sus sagas (былины, bilini) así: “pájaros de fuego son atrapados por jóvenes labriegos, los simples se convierten en príncipes, la verdad lucha a brazo partido contra la injusticia y las doncellas cabalgan sobre lobos grises” (La literatura rusa, México, FCE, 1962, p.10). Esos temas reflejan las preocupaciones campesinas de hace mil años ante la transformación de su organización tribal en un mundo dominado por ciudades-fortalezas y príncipes-guerreros. Estos últimos tenían una función: En los siglos XII y XIII, luego de los hunos y antes que los mongoles, los cumanos, polovotsianos y pechenegos ocuparon las estepas al norte de Crimea y pelearon interminables batallas con los campesinos eslavos de la Rus kievana porque estos avanzaban codiciosos sobre las tierras negras de la estepa. Campesinos y nómadas no pueden compartir el mismo espacio.

De estos enfrentamientos proviene la primera gran obra de las literaturas rusa y ucraniana: El Cantar de las Huestes de Igor. Es la narración de una desgraciada campaña dirigida por un príncipe kievano contra los nómadas en 1180 –en la cual su hueste fue derrotada y él tomado prisionero. Escapó años después: “Dios indica al príncipe Igor el camino desde la tierra polovotsiana a la tierra de la Rus, al dorado trono paterno. Se apagaron las auroras del crepúsculo. Igor duerme, Igor vela, Igor mide las estepas con su pensamiento desde el gran Don al pequeño Donets” (pp. 24-25, en una edición soviética de 1934). La melancolía de la derrota de Igor se volvería tragedia cuando el nieto de Gengis, Batú Kan, quemara Kiev y casi todas las ciudades eslavas.

Algunos de los europeos occidentales que viajaron al Este para conocer al Gran Kan de los mongoles atravesaron la región kievana y describieron los sitios abandonados de las ciudades de la Rus; campos sembrados de huesos blancos. Eisenstein recogió esa imagen en su Alejandro Nevski –caudillo militar del área norteña, boscosa y fría. Con la venia de los kanes Nevski se convirtió en príncipe de Novgorod, ciudad comercial que funcionó como santuario para preservar la cultura de la era pasada, De allí es que los rusos modernos se llaman herederos del Kiev antiguo. Aparte, Novgorod fue el primer centro colector del tributo mongol y sirvió como nodo para el comercio de pieles que el helado norte enviaba a la Ruta de la Seda dominada por los gengiskánidas. Ya te conté, lectora, cómo los descendientes de Nevski gobernaron Novgorod y otras ciudades hasta consolidar lo que conocemos como Moscovia.

Lo que quiero resaltar aquí es que para el año 1300 la oposición entre agricultores del bosque y los nómadas por el uso de las tierras negras de la estepa terminó con un triunfo total de los nómadas. La destrucción de los principados de la vieja Rus no sólo implicó arrasar las ciudades, sino masacrar a los habitantes y esclavizar a los supervivientes. La mano de obra se volvió muy escasa y los campesinos supervivientes que huyeron al norte pudieron pactar buenos términos con los príncipes Rus de los bosques. Aparte, muchos no huyeron a las regiones dominadas por príncipes, sino al Noreste –Siberia– colonizando por su propia cuenta la franja de tierras negras fronterizas entre bosque y estepa. Allí los alcanzarán los príncipes-guerreros tres siglos más tarde. En por mientras, fueron libres.

Todo esto que te cuento, lectora, parece (y es) como una belina tradicional. Las doncellas campesinas montan lobos grises en Siberia, sus padres y hermanos capturan en esas regiones mágicos pájaros de fuego. Pero esos campesinos tradicionales y sus enemigos nómadas desaparecieron de la faz de la tierra hace siglos. A ambos los exterminó el Estado moderno –dirigido en esas vastas regiones primero por los Otomanos (1600), luego por los Romanov (1800) y finalmente por los soviéticos (1950). Las tierras negras fueron finalmente cultivadas, pero no por pequeñas comunidades de campesinos libres, sino por la agroindustria (dominada primero por terratenientes, luego por el Estado y ahora por oligarcas). Por cierto que la palabra мир (mir) significa paz en ruso y ucraniano, pero también significa comunidad y mundo… pero se trata de un mundo perdido hace mucho.

Importa contar estos cuentos porque es el alimento nacionalista con el cual las élites burocráticas de Rusia y Ucrania han alimentado a sus pueblos desde hace dos siglos. En la presente guerra ambas partes manipulan la imaginería de campesinos y nómadas libres para justificarse históricamente. Pero ni Moscú ni Kiev pueden –ni pretenden– reconstituir aquellas libertades, aquellas comunidades, ni la paz universal soñada por los campesinos eslavos.

agallardof@hotmail.com