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Luis Ricardo Guerrero Romero

Desabroché la chamarra que ocultaba una cicatriz a la mitad de su busto, mi pregunta era inherente al observar dicha señal. Cual veta que deja el tiempo sus pechos fueron marcados por algún suceso, pero no le restaba belleza, ni deseo, ni mucho menos antojo. Me increpó al verme sorprendido, pues no me fue fácil no pensar en el cómo, en el cuándo, en el por qué de esa cicatriz que, dando otro tipo de belleza a su par de tetas, también me hacía pensar.

Uno se empieza a imaginar historias, uno se deja llevar por los trémulos y explosivos recuerdos, las cicatrices en ningún momento son señales de algo bueno. Por eso me experimenté curioso al ver tal señal. Un carácter seductor rebotaba frente a mis ojos, las preguntas del cómo, por qué, cuándo y dónde se opacaron; es lo que sucede cuando un impulso mayor sobrepasa al menor, al sencillo signo que ha dejado el tiempo.

Desde hace siglos un tipo genial, describió que las personalidades o los llamados humores en el hombre pueden ser: colérico, flemático, sanguíneo, melancólico; tales tienen que ver con las estaciones: otoño, invierno, primavera, verano; a su vez con elementos: fuego, aire, tierra, agua. Todo lo anterior según Hipócrates era de algún modo determinante en los humanos para relacionarse. Hoy esta teoría tiene otros alcances, además la podemos revisar como lo denominado: carácter. El carácter es un tipo de. Estas mismas letras son un tipo, y tienen su carácter. Por ejemplo, en una analogía con la fonética la /r/ es de carácter vibrante, mientras que la /a/ es de mentalidad muy abierta. Asimismo, en las comunicaciones actuales, los emojis, stikers, los GIF, y demás lenguajes, nos ayudan a mostrar un carácter a la distancia. Los pechos rotulados por una cicatriz, como se nos habla en el relato, también son un carácter, y quien tiene cicatrices (exteriores o internas) tiene con seguridad una modificación de su carácter.

Un carácter puede ser un garabato: Con un trozo de carbón/ con mi gis roto y mi lápiz rojo/ dibujar tu nombre/ el nombre de tu boca/ el signo de tus piernas/ en la pared de nadie

En la puerta prohibida/ grabar el nombre de tu cuerpo/ hasta que la hoja de mi navaja/ sangre/

y la piedra grite/ y el muro respire como un pecho (Octavio Paz, “Garabato”). El carácter de cada persona también es un garabato, nuestras propias personas son un garabato, nuestros comportamientos son rayas apenas entendibles, nuestra vida es escrita por la caligrafía de algún médico miope y con frecuentes lapsus calami.

El sustantivo ahora en cuestión, carácter, nos es heredado por la lengua helénica: χαραχτηρες (caracteres). Casi lineal el cambio fonético, total el morfológico, y parcialmente el semántico; ya que esta voz en griego antiguo significaba señal grabada o nota distintiva, o bien lo que distingue a una persona o cosa. Nada alejado de lo que podemos sucintamente entender como carácter hoy.

Lo complejo del carácter es que es una cicatriz, podemos disimularla, no exponerla, ocultarla, hacernos historias interesantes sobre esa marca que traemos, pero siempre será única, nuestra, y parte de la descripción personal, como lo es el carácter.

l.ricardogromero@gmail.com