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Cicatrices de la praxis

Federico Anaya Gallardo

Hace dos semanas, el ciudadano Bernardo H. Bolaños Guerra (UAM-Cuajimalpa) me decía que, luego de 1991, “Europa del Este acogió la democracia. Rusia, no. Para Putin, son aliados Daniel Ortega y Bashar al Assad. Para los ucranios, la libertad no es occidental, americana o eslava. Es libertad de expresión, de comercio, de consumo, de religión. Zelensky, comediante, encarna su deseo de creatividad, de autenticidad, de libertad. Eso es más concreto que 100 años de grilla e ideología.” Buenos puntos que debemos reflexionar seriamente.

En un primer momento, le respondí a Bernardo que antes que la свобода (svoboda, libertad) hay que tocar el difícil tema de la голодомор (holodomor, hambruna)… que define en Ucrania el espacio legítimo de la libertad: lo que es expresable, consumible, creíble, creable. Lo que es auténtico. La tragedia de aquellos pueblos tan lejanos y tan desconocidos para nosotros es que no usaron los últimos cien años en hacer grilla o ideología. Los usaron haciendo praxis de sus teorías. Y eso deja cicatrices de todo tipo.

La semana pasada hablé de la difícil alianza entre el Ejército Rojo y el campesinado en Ucrania durante la guerra civil (1917-1921) y la guerra contra Polonia (1920-1921). En esa alianza jugó un papel esencial la teoría pero también la praxis concreta. Los socialistas europeos llevaban décadas diciendo que la “clase dirigente” de la revolución sería el proletariado urbano. La paradoja es que en 1917 la revolución triunfó en un país esencial y mayoritariamente agrario. La reforma agraria no la organizó el Consejo de Comisarios del Pueblo. Se realizó aldea por aldea, región por región, de abajo-arriba… por las y los humildes mujiks.

Pero lo peor no era la contradicción entre teoría y praxis, sino un detalle obvio y obviado: las ciudades dependían del suministro de cereales producidos por los campesinos. Las cosas estaban mal antes de las dos revoluciones de 1917: la de febrero empezó con motines de mujeres exigiendo pan en Petrogrado. La reforma agraria espontánea canceló el abasto para 1918. Los bolcheviques podían haber ganado el poder en las ciudades pero en el campo las comunidades agrarias se concentraron en el auto-consumo. En el horizonte inmediato podía perfilarse la hambruna en las ciudades. Este temor se volvería una obsesión perpetua de los gobiernos soviéticos (siempre urbanitas).

Las derrotas iniciales del Ejército Rojo en la guerra civil tenían que ver con las requisas de grano que los bolcheviques organizaron en todas las zonas rurales. El campesinado apoyó a los soviets sólo después que los líderes blancos hicieron sus propias requisas y –para colmo– propusieron devolver las tierras a los latifundistas. El caos de la Guerra Civil desorganizó tanto las zonas rurales que la naciente URSS sufrió una hambruna general en la Rusia Europea entre 1921 y 1922.

Los obreros rojos aseguraron el pan en sus ciudades a cambio de respetar el control campesino en las zonas rurales. Pero las tensiones entre campo y ciudad no acabaron. Para administrarlas, Lenin propuso en 1921 la Nueva Economía Política (NEP) en la que se permitió la existencia de un mercado de productos agropecuarios descentralizado a cambio de un sistema de abasto seguro para las ciudades. La industria estatizada (urbana) pagaría al campesinado con manufacturas, herramientas y maquinaria. Dos pasos adelante y uno atrás.

Este régimen permitió el surgimiento de una pequeña burguesía agraria en los años 1920 y el restablecimiento de la explotación agrícola en gran escala. Los obreros (y el partido) no se quedaron con los brazos cruzados: organizaban brigadas para llevar servicios culturales, educativos y organización a las zonas rurales. Las cosas no siempre iban bien. Luego de su primera visita a una comunidad campesina hermana, un joven obrero explicaba a sus camaradas la necesidad de ir armado la siguiente vez. Te anexo un póster de 1924 que ilustra la colaboración de las mujeres del campo (izquierda) y de la ciudad (derecha) en la construcción del socialismo.

En 1928 la teoría regresó por sus fueros. La izquierda radical bolchevique había criticado desde el principio la NEP de Lenin porque sembraba en las zonas rurales a la clase social –burguesía agraria– que destruiría la Revolución obrera (eso decía, entre otros, Trotski). Pero entre 1921 y 1928 la NEP había funcionado. Se reorganizó el sector agrario con base en la propiedad campesina, se aumentó la producción agrícola y los obreros organizados tuvieron oportunidad de colonizar ideológicamente las zonas rurales. Stalin sostuvo el legado de Lenin contra trotskistas e izquierdistas que llamaban a industrializar de inmediato el campo y detener la formación de una nueva burguesía. Por otra parte, la NEP permitió imaginar que el campesinado evolucionaría naturalmente al socialismo –bajo esquemas cooperativistas. Esto pregonaban no sólo los campesinistas rusos, sino incluso un miembro del comité central soviético, Nicolás Ivánovich Bujarin (1888-1938) –a quien Stalin calificó de oportunista de derechas.

El 7 de noviembre 1929, quince días después de la Caída de Wall Street, Stalin publicó en Pravda un artículo titulado El año de la gran ruptura (Год великого перелома, God belikogo pereloma). Luego de ocho años de NEP, se abandonaba la estrategia de mercados agrícolas y se imponía la colectivización total del sector agrario. Esto no era teoría, sino necesidad práctica. Stalin era muy claro: si la URSS deseaba industrializarse pronto no podía esperar a que su sector agrícola evolucionase poco a poco como planteaba Bujarin. El gobierno soviético había impulsado granjas estatales (sovjoses) para dar ejemplo de las ventajas de una industria agrícola. También había favorecido emprendimientos cooperativos (koljoses) siempre que concentrasen las pequeñas propiedades campesinas y produjesen como grandes unidades. Sovjoses y koljoses recibían preferencia en el suministro de maquinaria agrícola, tractores y almacenamiento. Pero todo esto no había sido suficiente. La producción agrícola no crecía al ritmo que necesitaba la nueva industria.

A partir de 1930 el gobierno central de la URSS emprendió una campaña para destruir a la pequeña burguesía rural (a quienes llamaba despectivamente kulaks). Se trataba de descabezar cualquier organización campesina autónoma y asegurar de ese modo la colectivización. El movimiento se justificó como una lucha contra las nuevas élites explotadoras. Otro grupo social atacado fue la burocracia, a la que se acusaba de ineficiencia y corrupción. En los periódicos se publicaban las cartas de obreros e intelectuales que denunciaban a las nuevas élites. En varias regiones, esta política desorganizó la producción agropecuaria a niveles desastrosos. Kazajistán y Ucrania fueron las repúblicas más afectadas.

El 4 de abril de 1933, Mijail Alexandróvich Shólojov (1905-1984) –el premio Nobel de literatura de 1965– escribió a Stalin: “He visto cosas que son imposibles de olvidar hasta que uno muere”. Se refería a la hambruna campesina que observó en su natal valle del río Don. Stalin le respondió el 6 de mayo siguiente. Explicó que ya se había enviado alimento de emergencia y que los informes del escritor serían investigados. Pero el camarada secretario general agregó: “Tus líneas crean una impresión sesgada, tus queridos sembradores de grano, en tu región y en otras, están en huelga de brazos caídos (¡sabotaje!) y no les ha importado dejar a los trabajadores y al Ejército Rojo sin grano” (Stephen Kotkin, Stalin II: Waiting for Hitler, 1929-1941, 2018, pp.124-125).

Lectora, si miras con atención el intercambio Shólojov-Stalin de 1933, verás que se estaba repitiendo otra vez el conflicto de 1917-1921 entre campesinos productores de grano y Estado obrero-urbano que requiere alimentos. Pero en esta ocasión el problema se había escalado porque (1) la URSS ya estaba consolidada como Estado poderoso; y (2) la política de industrialización acelerada requería comprar tecnología, tecnólogos y maquinaria pesada en el extranjero. EU y Europa, afectados por la Gran Depresión, estaban más que dispuestos a vender todo eso a la URSS –siempre que los Rojos pagasen con divisas fuertes. Y una de las fuentes de divisas era la exportación de cereales. (Por cierto, esto sigue siendo así. Miremos cómo está afectando al mercado mundial de trigo la guerra ruso-ucraniana. Bolaños ha escrito de esto: Liga 1.)

Stalin requería el grano ucraniano no sólo para alimentar a las ciudades, sino para sostener financieramente el esfuerzo de industrialización. Este esfuerzo es otro de los portentos del siglo soviético. La URSS no sólo recuperó los niveles de producción industrial del Imperio Ruso, sino que los superó por mucho –alcanzando a las potencias occidentales. Nuevas ciudades industriales surgieron de la nada. Decenas de millones de personas se trasladaron de un lado a otro de la federación soviética para aprovechar las oportunidades de empleos en la construcción y las nuevas industrias. Nuevamente, la sociedad movediza: ahora entusiasmada con la ilusión de construir un Estado nuevo, desde abajo. En las nuevas fábricas, aparte del empleo se ofrecía educación. Muchas de las universidades tecnológicas soviéticas nacieron en galerones anexos a los campamentos de construcción. John Scott, un estadunidense voluntario que trabajó en las nuevas siderúrgicas de la más famosa de esas ciudades, Magnitogorsk, contó la saga en su crónica Behind the Urals: An American Worker in Russia’s City of Steel de 1942. (Puedes leer la introducción de Stephen Kotkin a la reedición de 1989, en la Liga 2.)

Pero una parte de la población movilizada por el “gran salto adelante” estalinista no lo hizo voluntariamente. Los pequeño-burgueses agrarios (kulaks) fueron deportados. En las regiones adonde los campesinos no aceptaron la colectivización, se expulsó a todos los inconformes y se entregó la tierra a koljosianos leales al régimen.

Peor: todo lo anterior ocurrió en medio de una histeria planificadora. La sociedad soviética estaba super-movilizada y miles de colectivos obreros (y campesinos) de base deseaban demostrar que estaban cumpliendo con el Plan Quinquenal –¡y más allá! No faltaron personas como el minero Alexei Grigoriévich Stajanov (1906-1977) quien en 1934 multiplicó 14 veces su cuota diaria de carbón en el Donbass ucraniano. El minero fue proclamado héroe por la prensa soviética y lideró un movimiento en toda la federación para romper récords.

Aún peor: había burócratas que, para cumplir las cuotas de cereales, decomisaban las reservas campesinas y la semilla de la siguiente cosecha. De eso se trataba la denuncia del escritor Sholójov a Stalin. Su informe y otros llevaron a destituciones, pero nunca se castigó a nadie. Nos dice Kotkin que, en 1933, “Stalin estaba en guerra con su campesinado y aún con su propio partido Comunista –por mostrarse blando en momentos peligrosos.” El 2 de mayo de aquel año, Stalin explicó al comité central que “la nación rusa es la más talentosa del mundo”, pero que el mujik (campesino) debía aprender “a no oponerse al interés del Estado” (Kotkin, op.cit., p. 125, notas 446 y 447).

Aunque el prejuicio de Stalin frente al mujik provenía de las aldeas granrusas y no del campesinado ucraniano o de los nómadas kazajos, fueron estos últimos dos pueblos los que sufrieron más con la hambruna de 1932-1933. La Glasnost de la Era Gorbachov permitió recuperar en público este terrible episodio –que el estalinismo había denegado sistemáticamente pero que muchos ucranianos habían guardado en la memoria. Hubo unos seis millones de muertos. Fueron afectados el occidente de Kazajistán; el Cáucaso Norte y el valle del Volga en Rusia; y Ucrania. En esta última, la hambruna es recordada como Holodomor (Голодомор) que significa “matar de hambre”. Para muchas y muchos ucranianos, el Holodomor no fue el resultado de errores ni corrupción (como el registro histórico parece indicar), sino una política genocida dirigida en específico a destruir su nación. Un recuento de la hambruna como genocidio lo puedes ver en la Liga 3. He incluido una imagen del sitio del museo del Holodomor en Kiev construido en 2010. Allí se muestra la estatua de una niña en representación del Amargo Recuerdo de la Infancia (Гірка пам’ять дитинства/Hirka pamyat ditinstva) y la torre en forma de vela votiva que aloja el museo. (Más sobre el museo, en la Liga 4.)

En temas tan terribles y delicados como éste, la percepción popular lo es todo. El agravio ucraniano por la hambruna de 1932-1933 alimenta hoy día decisiones que el profesor Bolaños seguramente considerará impropias de la libertad, como la prohibición ucraniana de 2015 de publicar o leer el Manifiesto Comunista o de interpretar o escuchar La Internacional… Es decir, la decisión gubernamental de eliminar la memoria de los pueblos que una vez fueron soviéticos. Lo anterior se hace al mismo tiempo que se levantan estatuas a los ucranianos que colaboraron con los nazifascistas entre 1941 y 1944. Las cicatrices de la praxis no sólo no han cerrado, sino que se mantienen abiertas.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.razon.com.mx/opinion/columnas/bernardo-bolanos/trigo-fantasma-hambre-483239

Liga 2:
https://scholar.princeton.edu/sites/default/files/behind_the_urals__0.pdf

Liga 3:
https://ukrainer.net/common-lies-about-the-holodomor/

Liga 4:
https://holodomormuseum.org.ua/en/history-of-national-holodomor-genocide-museum/