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Ciencia y supervivencia humana: ¿el mundo que vendrá?

Chessil Dohvehnain

Las personas afectadas por el virus SARS-CoV-2 ascienden a más del medio millón y de todos lados nos llegan noticias de un mundo tambaleante que busca mantenerse unido para alcanzar un solo objetivo que parece haberse colocado por encima de todas las luchas y diferencias que protagonizaban nuestras discusiones recientes: la supervivencia de la especie humana.

Ningún país estaba preparado, ni siquiera los más ricos. Por ello quizá uno de los puntos de reflexión más importantes de la crisis global de salud que amenaza nuestra vida es el peligro que nos acarreó la negación del pensamiento científico. Ya lo dijo Judith Butler en el blog de Verso hace varios días: con cada día de la pandemia somos colectivamente más conscientes de que nadie está a salvo.

No importa si creemos en los saberes indígenas como los saberes definitivos que nos salvarán del capitalismo y la depresión. No importa si creemos en las pseudociencias, en las terapias de campo punto cero, en los chakras, el chamanismo, o en la magia, la brujería, la hechicería, o en que las enfermedades puedan ser solo construcciones sociales. No importa la religión que profesemos, o si somos partidarios del ateísmo, agnosticismo, del pensamiento racional, o si somos ignorantes de todo lo anterior.

Todas las personas del mundo corremos peligro ante las incertidumbres que plantea el virus, tales como la cuestión de si la inmunidad de las personas recuperadas les protegerá el tiempo suficiente, o si habrá una segunda oleada de contagios en otoño, así como la letalidad concreta, generalizada o real que la falta de un amplio estudio serológico no ha podido establecer. Pero también podemos considerar con cierto grado de confianza, y a pesar de las desigualdades de cada pueblo y nación, que la supervivencia de las vidas de billones de personas depende de nuestra confianza colectiva en las recomendaciones de las autoridades sanitarias, basadas en la ciencia.

Por tanto, la confianza en la supervivencia de todas las personas, crean en lo que crean, radica en el esfuerzo de nuestra especie por entender el mundo, explicarlo y transformarlo. Al final, en lo concreto, en la práctica, estamos confiando en nosotros mismos para sobrevivir, aunque esto no sea quizá el centro de las reflexiones en las que nos encontramos por ahora.

Pero destinemos un momento para pensar en ello. El terrible ambiente de desinformación, pánico y caos que se vive, fue cultivado por el menosprecio que algunos de los políticos de los países más ricos del mundo hicieron sobre el virus y las recomendaciones argumentadas de la OMS.

Aunque se actuara tarde en algunos contextos, podríamos afirmar hipotéticamente hasta que un estudio futuro demuestre lo contrario, que es la ciencia hegemónica (con todo y las fallas que se resaltan de ella) la que se encuentra detrás de las estrategias y medidas de contención, distanciamiento, mitigación y supresión del contagio y transmisión del virus. A pesar de que su adopción implique enfrentamientos políticos e ideológicos abiertos entre autoridades gubernamentales o presidenciales, como ocurre en Brasil. Las prioridades cambian hasta en los ambientes que suponemos ultraconservadores e inflexibles.

Porque el rival microscópico que propició una cuchillada profunda pero no letal al capitalismo, según el Reporte 12 del Colegio Imperial de Londres emitido el 26 de marzo de este año, pudo ser el protagonista de 40 millones de muertes y 7 billones de infectados para este año sin la presencia de las medidas desesperadas pero racionales que estamos tomando.

Es gracias a la ciencia hegemónica que se ha modelado con cierto grado de confianza estadística, que la capacidad de los sistemas de salud de todos los países del mundo será sobrepasada por la exigencia de cuidado médico que se avecina, si no se toman las medidas necesarias. Predicción cuyo cumplimiento sugieren, desgraciadamente, las tragedias que azotan a España e Italia. Incluso con todo, la aplicación de las medidas no borra del todo la incertidumbre que la OMS expresa sobre el futuro de la pandemia.

Las recomendaciones que ONU Mujeres ha establecido sobre la importancia de las mujeres y la igualdad de género en la gestión de respuesta a la crisis, tampoco serían posibles de tomar con la seriedad necesaria sin el apoyo de una cantidad vasta de datos obtenidos mediante el trabajo científico multidisciplinario. Lo mismo para el reporte preliminar que apenas hace diez días la Organización Internacional del Trabajo publicó sobre el riesgo que corren más de 25 millones de empleos a nivel global debido a la pandemia.

Tampoco debemos ignorar las consecuencias psicológicas e identitarias que enfrentamos. Como reportó Science a mediados de marzo, las repercusiones del aislamiento social y el distanciamiento pueden ser variadas y aumentar el riesgo de mortalidad. La falta de contacto social puede incrementar la aparición de afecciones físicas y mentales como ansiedad, depresión, demencia y padecimientos cardiovasculares.

Pero gracias al desarrollo tecnológico aún lejos de ser igualitario y disponible para todas y todos, el distanciamiento social ha encontrado un frente de combate contra la soledad en las funciones más básicas de la comunicación digital. Frente expresado a través del uso masivo de aplicaciones, realidad aumentada o virtual, junto al e-learning, el cual podría estar sentando las bases del mundo laboral y educativo de las próximas décadas, más rápido de lo que muchos quisieran con todo y las consecuencias laborales que ello traería.

Y claro que hay fallas. Los desarrollos que la ciencia hegemónica ha posibilitado, permiten también la propagación masiva de sesgos cognitivos como el de disponibilidad, el de suma cero, el prejuicio de retrospectiva, el peligroso sesgo de optimismo o el efecto Dunning-Kruger.

Efectos gracias a los cuales tenemos virólogas y epidemiólogos domésticos que comparten soluciones que se alejan de las recomendaciones basadas en datos de las autoridades sanitarias, o por los cuales de vez en cuando podemos conocer personas irresponsablemente optimistas que ignoran deliberadamente las indicaciones, como sugieren estudios recientes desde la psicología experimental o la ciencia conductual.

Por ello es que emplear mecanismos de defensa contra la desinformación se vuelve prioritario, así como tal vez el uso de otras perspectivas para paliar las consecuencias psicológicas de la crisis venidera, como ha sugerido Elizabeth Kübler-Ross para el Harvard Business Insider, para quien el sentir de incertidumbre colectivo se puede comparar con un duelo a gran escala.

Por otro lado también es preocupante la especulación que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han hace sobre la futura y probable imagen positiva en occidente que tendrá el modelo chino y surcoreano de superación de la pandemia. A manera de contrargumento podemos afirmar que debido a falta de estudios, aún no es posible verificar la efectividad que, para la contención del virus y supresión de la transmisión, tuvieron la vigilancia digital totalitaria y el desarrollo de inteligencia artificial en China o Corea del Sur. Pero cuando ese tópico se encuentre a la vuelta de la esquina, ¿estaremos dispuestos a discutir entregar nuestros derechos y libertades individuales y colectivas por el bien de la especie en los momentos que pueda ser necesario?

Sin saber aún hasta dónde nos podría llevar esa discusión en occidente, cierto es que el desarrollo de la ciencia de datos, la IA y el machine learning, seguirán adelante. Podríamos estar presenciando entonces el umbral de una nueva serie de estrategias globales bajo el nuevo capitalismo postpandemia. Nuevas políticas ambientales, económicas y sociales, basadas en el uso de la ciencia como el motor de una nueva interacción social, incluso identitaria, de la cual podrían surgir propuestas como sistemas de salud unificados de alcance transcontinental, y prácticas médicas, educativas o productivas automatizadas o asistidas por inteligencia artificial que trasciendan fronteras y que alteren para siempre el mundo que conocemos. ¿Quién sabe? También es posible que el mundo no cambie tan drásticamente.

En lo personal coincido con el físico Alan Sokal, autor de Imposturas Intelectuales, al reconocer que la ciencia hegemónica no es el único saber humano que pretende explicar el universo. Hay muchísimos y la discriminación epistemológica por lo general apesta. Pero también pienso junto a él que es la ciencia hegemónica, con todo y sus defectos, la que más nos ha acercado a una comprensión cabal de cómo funciona el universo y la realidad, a pesar de que existan muchos problemas pendientes de resolver.

Después de todo, es gracias a esos conocimientos acumulativos y perfectibles que nos comunicamos como lo hacemos en los medios en que lo hacemos, y vivimos las vidas complejas que tenemos. Aunque no sean perfectas. Sin embargo este podría ser el momento trágico que, como dijera Slavoj Žižek hace poco, también pudo ser el necesario para repensar forzosamente de manera colectiva y dolorosa el dónde estamos, hacia dónde queremos ir, así como las relaciones que tenemos entre nosotros y nuestro mundo físico y social.

Se reconoce que la ciencia no es el único saber que existe, pero al menos parece ser por ahora el que ha posibilitado en el fondo y pese a todo, la implementación de acciones a corto plazo que buscan garantizar la supervivencia humana, guiando decisiones políticas y económicas de consecuencias aún no previstas. La decisión de aprender del pasado y el presente, y de perpetuar y transformar con más intensidad este conocimiento en todas las dimensiones de nuestra vida cotidiana será una que recae solo en nuestras manos.

jochdo4j@gmail.com