FGESLP investiga homicidio y robo en tienda de autoservicio de Soledad
10 mayo, 2020
En defensa de Sarahí y del periodismo profesional
11 mayo, 2020

Contingencia siempre necesaria

Luis Ricardo Guerrero Romero

Buscaba los silencios, los lugares callados, los momentos del sigilo, del resguardo de la palabra, o al menos de la palabra de los demás. Preocupado por encontrarse en un sitio taciturno generaba más y más ruido en su mente −la entidad que más temor le ocasionaba estrepitosos sonidos−. Aun sabiéndolo, buscaba silencios, quizás para que la única fuente de voces fuera su mente, su cabeza, su ser pensador, sin embargo, insuficientes eran los esfuerzos, pues lo que llegaba a su olfato también lo hacía pensar −meditar en los aromas es con probabilidad un asunto de bastantes cuestionamientos−, pensaba con premuras lo que sus manos le hacían sentir, por ejemplo elucubraba al estrujar las nalgas de su novia y e ignorar las de su esposa. Seguía y seguía pensando, era un ser inusitado, inusual, introvertido de sí. Pensar en los silencios y en las búsquedas por lo sereno le trajo problemas con los gritos excitados de aquellas mujeres con las que llegó a relacionarse. Me hubiera gustado conocerlo en otra época de mi vida, en aquella en la que a mí también me gustaba pensar. Tal vez con su experiencia de pensador y mi avidez de aquel entonces las cosas habrían acabado mucho mejor.

No niego que me sorprendió muchas veces con sus pensamientos raros, que en ocasiones luego de despedirnos me iba de su lado y seguía sintiendo que continuaba con él, pues sus palabras y sus acciones bastantes peculiares me desconcertaban hasta en sueños. Él, por su parte, cuando se abría el corazón y platicaba de su sentir, comentaba que solía sentir un extraño sonido en su cabeza, sentía los sonidos. Eso era él, pensaba los aromas, pensaba lo palpado, pensaba los sonidos, pensaba y pensaba en los sabores degustados. No obstante, habría de cumplirse lo que estaba inscrito en su pecho, de pezón a pezón llevaba tatuado: CONTINGENTE. Ahora yo pienso en él, en su pecho rayado con esa palabra, y pienso en pensar mejor los pensamientos que él pensaba decirme si éste se hubiera percatado que su contingencia la declararía mi cuchillo cobra.

Luego de haber leído el anterior contingente relato, es costumbre cavilar sobre una palabra en especial: contingencia. Salta al oído con naturalidad porque en este periodo pandémico se oye por doquier tal adjetivo, nos describe hoy una etapa de nuestra endeble salud. A pesar de, la ignorancia de algunos ha sido capaz de expresar ideas como: ¡cuídense de la contingencia!; esta contingencia es pasajera; la contingencia no durará mucho; y otras tantas aberraciones mentales, que, a diferencia del esquizofrénico del relato anterior que pensaba todo, a las personas que hablan de la forma, les hace falta pensar lo que dicen.

Podemos irnos muy atrás del tiempo y traer los nombres de Avicena, Aristóteles, Santo Tomás, el destacado Émile Boutroux, entre otras personalidades que nos han heredado un sentido amplio sobre la contingencia, o bien, podemos ser lacónicos y decir que tal adjetivo de origen latino: contingens, es decir lo que es posible, o coloquialmente lo que va a pasar, algo con vigencia, o bien, eso que no es para siempre, sería su definición. Esto ayuda a entender al personaje del relato anterior y su tatuaje en el pecho: CONTINGENTE. Ya que, todo lo que no eterno, es contingente, o sea, todo. Aunque lo que acabo de mencionar es una idea bastante sucinta. Ya lo indicaba el filósofo estagirita: el ser humano es un ser contingente. A diferencia del Ser necesario. Luego Tomás de Aquino plagiaría ideas de Aristóteles para cristianizar el asunto. Pero si deseamos adentrarnos con mejor claridad al asunto de lo contingente Boutroux nos legó su obra: De la contingence des lois de la nature. Pero quizás estas ideas también son contingentes, como tú, como yo, como el título ilógico de este artículo, contingente y necesario.

l.ricardogromero@gmail.com