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Deseo de batiscafo

Luis Ricardo Guerrero Romero

Aunque la fuga sea una posibilidad, el ímpetu de un sujeto ante la mirada de la señorita Morales no claudicaría. Esto no es una historia, porque éstas tienen la particularidad de aparecer y dejarse manipular por sus intérpretes. Esto de aquí es un desahogo que cierto hombre me reveló antes de padecer la gloria y penuria de mi existencia.

En el municipio de Noto, Italia, radicaba ya desde hace unos años la entrañable amiga de Guadalupe Morales, Edith, a ella le habían sugerido escapar de su natal país a causa de ese inquebrantable axioma: mandator caedis pro homicida habetur. Efectivamente, Edith con un par de años como criminóloga de experiencia decidió apresar con la muerte al sujeto ˗mi amigo˗ que en el infortunio expolió su virginal silueta. En Noto todo era diferente, lejos de las leyes que la incriminaron espera como cada verano ver real la promesa de Guadalupe Morales, que consistía en pasar a su lado como en los viejos tiempos un momento eterno de amistad.

Sucedió, Guadalupe Morales arribó a Noto y con ello dio esperanza a su amiga Edith. La sorpresa fue una celebración inenarrable, la promesa de la amistad es asunto de: lágrimas, notas musicales, vino, alegrías, polémicas, vino. La amistad es asunto de ella y ella, y de mí con el manso efecto del vino mientras recuerdo a Guadalupe Morales sonreír rumbo a Noto.

La inminente salida de mi musa Morales hacia otro continente ya me preparaba el corazón, sus proposiciones seductoras en cada mirada me trasformaron en el ser impúdico e impoluto, en valiente y cobarde, en batiscafo de su cuerpo, explorador de su labios, arqueólogo entre sus brazos indescifrables a cada cobijo. Eso fue para mí Guadalupe Morales. Pero ella sabe, ya tenía sus planes y mi nombre no estaba escrito en su itinerario de viajera agradecida ante la vida. Por eso partió, desde ese momento el municipio de Noto sonrió, y toda su elegancia dura, se trocó en belleza natural para recibir y conjugar nuevamente la amistad de Guadalupe y Edith. Mientras yo no logro traducir mi desdicha sumergido en cenizas, increpado por el desdén de Guadalupe, muerto al fin, como Edith me quería.

Ser el batiscafo de Guadalupe no le fue fácil al narrador del relator anterior: sumergirte, adentrarse, penetrar, hacerse simbólicamente parte de alguien es una titánica y exigua tarea, es decir, es increíble a la vez que solaz. Habremos de pensar cómo ser batiscafo de nosotros mismos, profundos ante nuestro ser, inauditos de nuestras personas a cada minuto, sorprendernos al inquirir nuestras vidas, y también nuestras muertes: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar” (Camus). La muerte es la desdicha, la muerte imposibilita emprender el viaje a nuestro batiscafo. La muerte y el no saber morir.

El sustantivo batiscafo es una serie de sentidos, es un tiempo para su construcción, tiempo para sumergir, tiempo para emerger, brotar, nacer y recabar experiencias. A partir  del griego βαθυς (Bathus) profundo; fue heredada esta profunda voz, empleado con regularidad en asuntos de la talasocracia. Por otra parte la palabra σκαφος (skafos> escafos) es nave. Ser batiscafo de Guadalupe es reinventarse en un móvil que se adentre a su ser y también a su nada.