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Luis Ricardo Guerrero Romero

Arthur Sullivan es de los pocos hombres independientes, arrojados y eruditos que conozco, a él no se le escapa dato alguno para hablar desde lo más fútil hasta lo más obscuro, según él mismo cuenta todo lo aprende a partir de las experiencias que le dejan sus lecturas, lecturas en páginas y lecturas en rostros, conversaciones con los demás. Muchas de las ocasiones sedente, un brazo en el costado de su sillón y una mirada profusa son el prólogo de una satisfactoria plática junto a él. No es que lo admire o cosa alguna, sencillamente me parece un hombre muy “perro”.

La diferencia que nos une es esa cuestión de las estirpes, de las razas, de las especies, él descendiente de la nada, y yo, supuestamente fruto del fruto de algún alcohol potable. Con él me doy cuenta de que esa cosa de las dinastías es tan importante como irrelevante. Platicar juntos es un ciclo de contradicciones que acaban por ser certezas. Cuando le externé eso de las dinastías sonrió y me dijo: − Sabes sin duda que cuando se oye la palabra dinastía muchos han de pensar en lejanías, en linajes originales además de importantes en cuanto a élite se sabe. Pero a mí, lo que me importa es tu persona, tu dinastía etílica que te tiene aquí, sentado y humilde, escuchando mis silencios y ladridos, interpretando los gestos que te presento por diálogos que desearías oír. Tu dinastía es humana, la mía canina, sin embargo, nada te obstaculiza cuando en tus venas navega el alcohol y platicas conmigo, conmigo que soy la mascota del hogar.

Las líneas anteriores son por así decirlo una cotidianeidad del humano que tiene una mascota y la quiere, la quiere por ser su mascota, es quizás un tipo de amor que no conceptualizó Aristóteles en su taxonomía de: ágape, filia, y eros. Ni tampoco lo vive el cristianismo con su: “amar a tu prójimo”, pues es evidente que un animal no es un prójimo. Gandhi sí lo dijo: hay que amar al otro que es persona y al otro animal salvaje o doméstico. Racionales o no, todo ser vivo tiene dinastía.

Las primeras ideas de dinastía que se vienen a la mente son de las culturas antiquísimas, aquellas orientales que han dado nombre a naciones enteras. Por ejemplo, nadie desconoce sobre la cultura Zhongguó, es decir: “Reino o país central”, que se interpretó con el nombre occidental de “China” derivado de la dinastía Chin, quienes forjaron esta poderosa entidad. Asimismo, el pueblo helénico quien debe su nombre a Helena, estos se configuran y reconocen griegos. Pues en la dinastía de Helena, hubo un heroico sobrino: Graecus, quien fundó una dinastía establecida en costas de la península itálica, es decir, Grecia. En el mismo escenario podemos abundar sobre las dinastías prehispánicas que hoy nos dan patria.

No obstante, lo que nos tiene aquí, además de saber que dinastías no es poder económico únicamente, es saber ¿por qué está tal palabra en nuestro lenguaje? La respuesta nos la da una de las dinastías arriba mencionada. El sustantivo Διναστεια (Dinasteia): dominio, poder, autoridad; es la voz griega que hereda nuestra dinastía en el español. Al haber sido sintetizada fonéticamente por el fenómeno del diptongo y su latinización, incluso el idioma pastiche (inglés) la toma casi sin alteraciones morfológicas: dynasty.

l.ricardogromero@gmail.com