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Israel López Monsivais

Cuando reflexiono sobre la educación a distancia las primeras sensaciones son frustración, impotencia e incertidumbre. Se nos fueron nueve meses sin pisar un salón de clases, sin encontrarnos con nuestros alumnos; se extrañan las sonrisas, los debates y el diálogo circular. En la siguientes líneas les transmitiré mi experiencia, delimitada a nivel licenciatura.

El sábado 14 de marzo fue la ultima ocasión que impartí una cátedra presencial, un curso de políticas públicas, después del puente ya no regresamos a la facultad, en sintonía con las jornadas de sana distancia. Ningún profesor estaba preparado para trasladarse al aula virtual: prueba, error y corregir sobre la marcha.

Previo a salir a las vacaciones de semana santa y pascua les envié un mail a los estudiantes con las primeras instrucciones. Posterior, comencé a utilizar Zoom, Skype y Face Time. Así concluí el semestre enero-junio. En este periodo me estrené como padre, en distintas sesiones Enzo me acompaña, le gusta observar la pantalla. Con el trabajo en casa perdimos la intimidad, se mezcla la vida privada con la laboral.

Durante junio y julio conduje un taller de Política y Cine, mejoré en el uso de los tiempos virtuales y lo complementé con material de YouTube. Acertadamente, la Facultad de Contaduría y Administración, de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, nos capacitó para enfrentar con mejores herramientas para el semestre agosto-diciembre. Me trasladé a Teams, aprendí a utilizar la plataforma de la facultad y la comunicación se concretó a las cuentas institucionales.

Fue necesario determinar reglas mínimas de convivencia. Por ejemplo, establecí un horario para las dudas. Entendí que la planeación era fundamental, notificar con tiempo las tareas, lecturas y actividades para que los jóvenes se puedan organizar. Del mismo modo, cambiar la pedagogía e incorporar nuevas metodologías para una formación continua.

Es una realidad que el gobierno federal y los estatales abandonaron a su suerte a los profesores universitarios y de posgrado, quienes han realizado gastos en instrumentos tecnológicos con nulos apoyos económicos. Considero que los maestros de todos los niveles (pública y privada) deberían ser considerados como grupo prioritario en la aplicación de la vacuna contra el Covid, para poder regresar a las clases presenciales. La educación es una actividad esencial.

En definitiva, es fundamental que los universitarios se comprometan con su formación, ser conscientes de la coyuntura, que deben esforzarse el doble en el estudio, ser disciplinados con las tareas que se les asignan. Aprovechar el tiempo libre en los libros, descubrir nuevos mundos, culturas, historias y aventuras sumergidos en las lecturas, salir de la pandemia como lectores.

Es significativa la frustración que siento al no conocer a mis alumnos de primer semestre, se pierde la relación personal al hablarle a una pantalla. Al no tener la cámara prendida (no se les puede obligar por respeto a la privacidad) desconozco si pusieron atención o no, no sabemos si están interesados o no. Las evaluaciones no pueden ser iguales, tenemos que ser empáticos, no todos tienen las mismas condiciones para conectarse.

Molesta observar los privilegios de la clase política, mientras tanto, el estudiantado batalla para poder enlazarse a sus cursos. Me siento impotente ante los testimonios del alumnado. Cierro el presente curso con mayor experiencia. Por la  incertidumbre de la campaña de vacunación, todo indica que en 2021 continuaremos con la educación a distancia, un aprendizaje continuo para todos.

Twitter: @LmElizondo

Israel López Monsivais
Israel López Monsivais
Abogado y Maestro en Gestión Pública; Catedrático, FCA, UASLP. Estudiante de Doctorado en Estudios Latinoamericanos.