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Luis Ricardo Guerrero Romero

Por no dejar de lado a los aficionados a los albures, con los cuales no compito, pues sólo a la introducción del juego de palabras llego. Invitamos imaginariamente a esta sección del manejo de palabras a Jaime Cates. Osado personaje de los barrios bravos de San Luis. A dicho sujeto las mujeres recatadas le llaman lépero, pero los hombres de la colonia se lo pasan bien a su lado. Ser lépero para don Jaime no es un apodo chiquito, atropellado o casual sobrenombre, pues largo tiempo le llevó acostumbrar a sus vecinos y hermanos a prestar interés en su lúdico hablar. Sin duda, hoy el club de Jaime Cates integrado por: Tomás Turbado, Susana Melo Machuca, Lalo Ganiza, Virginia del Loyo, Rosa Melgorro y Francisco Jerte; son un grupo de amigos a los cuales no deseo invitar a mi casa, aunque un par de ocasiones fueron fraternos y los hallé en un entierro grande de un familiar famoso.

A Jaime no le agrada el humor negro, lo resume como una falta de respeto para quienes han tenido ciertos percances, sin embrago, se goza al oír a su padre, aunque su papá ya está grande los chistes blancos le salen mejor que los colorados. Les dejo a su criterio juzgar a la persona de don Jaime, que para mí, ha sido un sujeto sin orillas, sin esquinas, al cual he tomado afecto desde aquella vez en el que en un café saqué a tema la moral, y éste sin tapujos me contó que eso de la moral no le agrada tanto, pues prefería platicar de ostiones como los que había en Tabasco, prefería los panuchos, las conchas, la memelas, antes que prestar atención a los firmes juicios. En cuatro veces se expuso esta conversación, sin llegar a nada, al fin y al cabo, todo quedó en blanco. Pero es normal esa actitud porque como cada mes se le abril como una flor al que leyere, pues el tiempo también es una invención del hombre.

Las letras anteriores, para algunos quizás fueron reiterativas y sin sentido, y hubo a quienes les dieron qué pensar. La cosa no era alburear mexicanamente sino ir penetrando en las mentes el sentido de la palabra lépero; pues es lo que en esta sección se trata de hacer.

Inicio con decir que la palabra lépero en la región latinoamericana no es la misma siempre, y que el ejemplo del albur no es lo único para ejemplificar las leperadas. Ya, por ejemplo, en Cuba así se le designa al astuto, al ladino; en Ecuador, el pobre o miserable; en México el grosero y majadero. Lépero, en síntesis, es alguien sin prudencia al hablar, ágil en la mente, de poco vocabulario, asimismo por su imprudencia, cae en la grosería, en lo tosco.

Pero: ¿de dónde sale esta acepción? Aunque no hay etimológicamente un rastreo de la palabra lépero, proponemos seguir la voz helénica: λαιψηρος [lepseros> leperos]. No por ser un falso cognado en la lengua, sino por su definición la cual nos describe a alguien: expedito, ágil, veloz. Ágil al hablar, pero al mismo tiempo esa agilidad lo coloca en lo inoportuno. Además, en la lengua latina hallamos el adjetivo: lepidus -a -um: gracioso, lindo; ingenioso. Con lo cual se puede describir a algún sujeto que se goce en bromear con los demás por medio de las palabras.

La voz lepidus, en su dativo es lepido, la cual llega a cerrarse por economía de lenguaje; así tenemos: lepido> lépero. Por lo tanto, el uso de la mente para hablar con agilidad es denominada lépera. No obstante, tal perspicacia es una presteza, a veces inoportuna, y otras lúdica, como en el albur.

l.ricardogromero@gmail.com