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Elecciones, dilemas y discordias

Pilar Torres Anguiano

“Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos, es mía.”
Anaxágoras

Nos cuenta el mito que Eris, la discordia, enviada por Zeus, se presentó en aquella boda a la que no había sido invitada (porque nadie la tragaba) con la firme misión de molestar. Ya saben, aventando la manzana dorada para que Afrodita, Hera y Atenea contendieran por ser “la más bella”. Zeus elige a un juez imparcial para terminar con la disputa, y entonces las tres candidatas intentan comprar el voto de Paris ofreciéndole distintas cosas.

Hera le ofreció todo el poder; pero conociendo a la celosa, violenta y vengativa esposa de Zeus ¿ustedes realmente creen que hubiera cumplido? Si no, pregúntenle a Heracles de lo que Hera es capaz. Atenea le ofreció la sabiduría para vencer todas las batallas a las que se presentase; pero aun concediendo que la candidata era sincera, ¿qué habría hecho un pobre mortal con todo eso?

Como sabemos, el pobre Paris optó por Afrodita, quien le había prometido a la mujer más bella del mundo.

La triunfadora de la elección cumplió su promesa mostrándole a la bella Helena (esposa de Menelao), pero con el pequeño detalle que Paris debía raptarla para tenerla, y así terminó provocando la guerra y destrucción de su propia ciudad. Troya pagó las consecuencias de la decisión de Paris. ¿De cuál decisión?

Supuestamente se esperaba que el juicio de Paris fuera imparcial; pero más allá de ser el artífice de la guerra de Troya, Paris es instrumento de los dioses (las tres candidatas, la discordia Eris y Zeus, que estaba detrás de todo esto).

Esto es algo que se dice que “ocurrió hace mucho tiempo”, pero el tiempo de los mitos y de los dioses no es el mismo del nuestro. Es el tiempo de los arquetipos que nosotros ahora tan sólo imitamos.

El relato es mucho más que un concurso de belleza, sino una explicación de causas y consecuencias con mucha tela de donde cortar. Por ejemplo, el pintor Rubens expresa y representa como “El juicio de Paris”, haciendo hincapié en la belleza de Afrodita (por cierto, el cuadro, junto con otros de las colecciones reales en las que se representaban desnudos, estuvieron guardados desde el reinado de Carlos III por considerarlos pecaminosos).

En nuestra línea del tiempo ya casi termina ese complicado periodo de campañas electorales en México, lo cual representa un alivio para quienes estamos cansados de escuchar que el que es pobre es pobre porque quiere, que todo es culpa del neoliberalismo, que si no estás conmigo estás contra mí, que sólo en el norte se trabaja, que no tienes derecho a discrepar de nada si votaste por ellos… y otras tantas ideas y frases tristemente célebres en estos días.

El mundo se vuelve un lugar horrible cuando la ética es relegada al fondo de algún cajón y poco a poco vemos cómo se normalizan disparates como culpar al agredido en vez del agresor, al votante en vez del mal gobernante. Así de torcidas están las cosas cuando no hay ética. En cambio, si la ética ocupara el lugar que le corresponde en nuestras vidas, aceptaríamos que el bien está por encima de la utilidad, y este hecho modificaría los parámetros de decisión, convirtiéndose en el motor de los actos humanos.

En cambio, como en tiempos de Eris, es la discordia quien nos dicta la agenda, y seguramente se regodea en ver la incapacidad de unos y la vileza de otros. Nos encontramos como Paris, presa de la discordia y manipulado por fuerzas que le sobrepasan; y, sin embargo, él tiene el poder de decidir.  Los mortales deberíamos tomar esto en cuenta.

¿Por quién optar? ¿Por la que siempre me robó, por la que solamente me utiliza, por la que sólo me dio falsa esperanza? A veces pienso que, de presentársele la oportunidad, Paris habría vuelto a elegir a Afrodita, porque la esperanza de encontrar el amor bien vale la pena; por otro lado, recordando al filósofo Anaxágoras: “si me engañas una vez, la culpa es tuya, si me engañas dos, es mía.” Así las decisiones y así los dilemas.

Nadie dijo que la elección fuera fácil. El de Paris siempre será un dilema. Pero, más allá de por quién decida votar, los dioses son dioses y siguen en el olimpo, en sus banquetes, con sus venganzas, con sus orgías, con sus juegos… pero una vez repartida la manzana, es el propio Paris quien tiene en sus manos la decisión de raptar o no a Helena y pensar en el futuro de Troya.

@vasconceliana