Son ya 76 mil 430 decesos y 730 mil 317 contagiados de Covid-19 en el país
27 septiembre, 2020
AMLO, el combatiente
28 septiembre, 2020

¿Flechazo que arde de pasión?

Luis Ricardo Guerrero Romero

Vómitos esparcidos por la alfombra púrpura y algunos cuantos restos de nostalgias son la decoración de aquella oficina en donde laboró antes de su muerte el honorable Carlos Cabrera. Un sujeto que ocultaba tras las bambalinas del sistema una vida de espurias decisiones. Muchos lo conocieron cuando peldaño a peldaño enriqueció sus invaluables arcas. Hoy aquella oficina de la cual me encargo especialmente para la indagación, o bien, la pesquisa de los hechos ocurridos me trae el recuerdo de su mujer que ardiente le robó el corazón, ese corazón indiviso del cual comúnmente don Cabrera hablaba para persuadir a los allegados al sistema lúgubre que entonces dirigía.

Toda la vida, y todas las vidas son un entonces, un ergo, un flechazo. Con suerte y dedicación son un ardiente momento que dura según apunte la voluntad. La dirección de vida es la diana mortuoria, parece que cada mañana al despertar seamos Carlos o seamos Carlas, nos apuntalamos con pasión a vivir, no obstante, para lamento de unos o gracia de otros la punta arde, la flecha encaja en el centro fatal, o no, y se extiende la vida. Pero sigo pensando que don Carlos Cabrera no murió enamorado, sino asesinado por amor, no lo sé, una intoxicación, un malestar provocado, ¡porque bueno!, todos aquellos que lo trataban lo enmarcan como aquel hombre ínclito y cercano a Dios, un sujeto miembro de una pléyade que huela tan mal como su alfombra púrpura en donde sigo al lado de su mujer haciendo esta pesquisa ardiente y apasionada, en estas tierras ardientes de Guadalajara.

¡Vaya relato!, un hombre distinguido muere y se hace una averiguación, pero si muero yo, o tú pereces, sólo un dato más se suma, es la dirección de la vida, son sus excentricidades. Debido a que los absurdos nos ayudan a reflexionar, por ejemplo, la vida de Carlos Cabrera, como asimismo analizar las rarezas del pensamiento, en este caso, las del lenguaje, tal se intitula este texto: ¿flechazo que arde de pasión?

Arder de pasión nos suena a un lugar común, o bien a una frase trillada, pero en su análisis real es una expresión retórica denominada epíteto, o a la vez un pleonasmo, puesto que, no se puede arder sino de pasión. Me explico: la huella que perseguimos de la palabra arder se registra a partir del latín: ardenter, cuya composición con el adverbio en la sílaba ter, expresa la manera o la cantidad, en este caso: con pasión. Además, se rastrea que tal palabra latina deviene de: ardeo (estar ardiendo, ánimos excitados, pero a la vez brillar, resplandecer, en otras palabras, el resplandor en lo alto). En un panorama semántico logramos entender que tal descripción tiene una dirección, un fin, una línea, un segmento, una flecha. Ya que, está en el arder la inherente pasión.

A tal descripción sumamos el lenguaje heleno, quienes enunciaban el adverbio: αρδις (punta de dardo) para referirse igual a un dardo como a aquello que resplandece en lo alto, es decir, una flecha −es además obvia la palabra inglesa arrow, que en su fonética y morfología asemeja las palabras latina y griega, respectivamente: ardeo y [ardis] −. Aunque la flecha en el latín la entendemos como (sagitta) saeta, el simbolismo de flecha en la mitología romana es paralela a la griega, y es la flecha un sentido ardiente, un sentido de pasión. Inclusive en la literatura hebrea a las personas que Dios emplea para realizar sus actos son denominados “los hijos del carjac”, pues ellos penetran las flechas con las que nace la pasión por el mandado-mandato divino. De tal suerte que, una flecha es de por sí ardor, y un ardor es ya en sí una pasión, ergo, flechado y ardiente de pasión, es una tautología. Como tautológica la verborrea del sistema de aquel difunto Carlos.

chepevalles@gmail.com