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Francisco ¿sin suficiente ayuda?

Martín Faz Mora

La imitación del Papa Francisco en el sketch del cómico italiano Maurizio Crozza es una metáfora sin desperdicio. Al alba el bondadoso Francisco sale cargando a sus espaldas un pesado refrigerador que desea regalar a una viuda. Le acompañan dos integrantes de la Curia Romana que no mueven un dedo para ayudarle y sólo atienden el celular dándole opiniones y consejos varios. En el recorrido encuentra a una prostituta de Europa del este a la que bendice y ayuda a volver a casa luego de la larga noche de trabajo, entusiastas jóvenes católicos que se toman una selfie a la que accede gustoso, hinchas romanos con los que comparte su afición y dos cardenales que le ensalzan, todos le admiran pero nadie le ayuda con la carga. Luego del largo recorrido la viuda rechaza el regalo porque no le gusta el color. Optimista, porque la cosa podría haber sido peor, Francisco emprende el retorno, tal como vino, con el refrigerador a cuestas.

La metáfora es útil y significativa ante la proximidad de su visita a México y es ocasión propicia para reflexionar sobre el papel de la Iglesia Católica y lo que puede significar el ascenso de Bergoglio y su actual trayectoria, yendo más allá del entusiasmo interesadamente inducido por medios de comunicación en búsqueda de raiting, gobiernos urgidos de apoyo y las propias estructuras eclesiales mexicanas que buscan reposicionarse en los espacios de las decisiones públicas del país.

Como el sketch cómico recoge, es innegable que Francisco goza de gran popularidad y simpatía incluso fuera de los círculos católicos pero ello no parece traducirse, hasta el momento, en un notorio impulso de renovación al interior de las estructuras eclesiásticas mundiales y, menos aún, locales.

La Iglesia Católica viene de un largo periodo de treinta y cuatro años del binomio Wojtyla-Ratzinger durante el que se impulsó un modelo de Iglesia autorreferencial centrado en el fortalecimiento de la institución, antes que en el de la misión, aferrándose a una identidad homogénea sobre los ejes del dogma y la preservación de una moral conservadora, particularmente en el tema de la sexualidad, para que tal fortaleza le posibilitara posicionarse ante los distintos centros de decisión mundiales y tener la suficiente influencia sobre la regulación de la moral y la salud pública, particularmente en materia sexual: penalizar el aborto o impedir su despenalización, obstaculizar políticas de salud que promuevan la anticoncepción, fortalecer la familia nuclear heterosexual tradicional, combatir el matrimonio entre parejas del mismo sexo, obstaculizar el divorcio legal, como sus temas principales y hasta obsesivos. Un modelo de Iglesia centralizada y poderosa, capaz de tratar de iguales, al tú por tú, a los poderosos para, desde ahí posicionada, influenciar al mundo.

El ascenso de Bergoglio y el simbólico nombre tomado del “pobrecillo de Asís” ha significado un vuelco del modelo previo al que no parecen reaccionar las estructuras eclesiásticas. Es como si el periodo de autorreferencialidad previa hubiese entumecido o esclerotizado las energías de la institución que se ve ahora incapaz de seguirle el paso a su cabeza. O, bien, prefiere la zona de confort de las inercias institucionales con la solapada esperanza de que a Francisco se le agoten el tiempo y las fuerzas. Algo así como dejar a su suerte a quien encabeza la batalla tal como las órdenes dadas por David, el bíblico rey hebreo, para deshacerse de Urías y quedarse así con su esposa Betsabé con quien sostenía una relación de adulterio.

Así, no ayuda a Francisco una Curia Romana avariciosa y corrompida en medio de recurrentes escándalos financieros a pesar de los esfuerzos papales por terminar con tales privilegios y abusos en las finanzas vaticanas.

No ayuda a Francisco esa numerosa camada de obispos que conforman buena parte de las iglesias locales y que fueron promovidos desde las estructuras centrales del Vaticano acorde al modelo Wojtyla-Ratzinger por su medianía, absoluta docilidad y complacencia con el arquetipo eclesial autorreferencial, y conservador. Más un funcionariado eclesial que pastores velando por las ovejas como insiste ahora Bergoglio.

No ayuda a Francisco un laicado huérfano de iniciativas como resultado de una clericalización de la vida eclesial. Tampoco se percibe en este campo un contagio de entusiasmo que acompañe y apoye decididamente el rumbo que propone Bergoglio. Los movimientos laicos parecen estar paralizados como en estado de shock tratando de entender qué está ocurriendo.

¿Será Francisco, el Papa que vino del fin del mundo –como se autodefinió–, el revulsivo que requiere la institucionalidad católica para salir del entumecimiento heredado del largo periodo de autorreferencialidad conservadora impulsado por Wojtyla-Ratzinger? ¿Podrá hacerlo en el corto periodo de alrededor de ocho años que podría durar su papado, conforme a su edad?

Twitter@MartinFazMora

Martín Faz Mora
Martín Faz Mora
Activista social por los derechos humanos. Colaborador de la Jornada San Luis. Preside Junta Vecinal de Barrio San Sebastián. Consejero Electoral en CEEPAC