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Luis Ricardo Guerrero Romero

Para Jesús Guadalupe Pérez Martínez, de quien guardo memoria aún en mis últimos años de vida, una cosa estaba clara: Ya no tenemos a los mecenas preocupados o al menos pendientes de divulgar el talento de uno que otro afortunado artista, ya de música, ya de literatura, ya de teatro o bien de cine. Ahora tenemos un “auto mecenazgo” por así decirlo: el internet.

Qué hubieran dado en su tiempo Wolfgang Mozart, Beethoven, Johann Sebastian Bach, Chaikovski y Chopin con un móvil y una plataforma como spoty five. Cuál hubiese sido el alcance de Gógol, Hegel, Heráclito, Michel de Montaigne, Giordano Bruno y San Juan (el evangelista) si por las redes sociales de la web anduvieran difundiendo sus ideas o tesis al día que las pensaron. ¡Ah!, pero hasta dónde se apreciaría al momento las pinturas o frescos de artistas plásticos de otros siglos antiquísimos, si estos en una docena de selfies invadieran el Instagram con joyas de arte y pasión.

Muchos íconos del arte y la cultura fueron procurados por la mano del mecenas, pues el arte y lo que hace pensar al hombre nunca por sí sólo da de comer al genio (maldita bendición es andar descarnado por el mundo y desear trasmitirlo todo cuanto razonamos sentimos). Eso lo conocía muy bien el pintor de nuestro siglo XXI: Jesús Guadalupe Pérez Martínez. Pocos lo conocemos, y créanme, que no les gustaría saber más de él luego de lo que diré.

El treintagenario diseñador Pérez Martínez supo hacer unos billetes con su talento letal; él desconocía su poder como pintor de retratos vectoriales, hasta que huyó de su virtud. Pues los dibujos que él hacía, sin saberlo, anunciaban la muerte. En mi caso, ingenuamente sin saber, le solicité hace un par de años un retrato vectorial de mi amigo Urbano, sería su cumpleaños y encuadré ese ícono para regalo. Un día después de la entrega, él murió.

Según investigué, pasó lo mismo con más de 150 personas a las que Pérez Martínez a través a Amazon enviaba los encargos de dibujos en esa suerte de ícono vectorial, entre los muertos se cuentan sus dos primos, un par de mascotas y su abuela. Es decir, cuando Guadalupe Pérez concluía su arte y era vista por su cliente, también cesaba la vida del representado en ella.

Es por eso por lo que ahora forajido de su talento huye de ciudad en ciudad evitando dibujar el rostro, el ícono de alguien para no darle muerte.

Ese maldito don con el cual vive le ha costado su cuerpo, pues resistente a pensar que es verdad, cierto día Chuy Pérez representó un ícono de su ojo derecho, y de un día a otro, no tuvo visibilidad.

Comentan que ha hecho íconos vectoriales de Satán, de Peña Nieto, de Paulo Coelho y Arjona, pero no ha podido dárselos personalmente, y quizás ya no suceda, pues hay rumores de haberlo visto borrar velozmente y rehacer un par de manos, dicen, semejantes a las suyas.

El poder del ícono en tiempos del emperador León III, 726 d.C. fue tal que se mandaron acabar con toda aquella representación que no fuese de Cristo. El resto de la historia la sabemos, como sabremos en qué acabará la vida de nuestro artista Chuy Pérez, al parecer el será su propio iconoclasta sólo que alejado de toda ortodoxia.

Hablar sobre el ícono es tan extenso que deberíamos comenzar con cada tipografía aquí representada con algo de nos dice algo, pues de acuerdo con la tricotomía de Charles Peirce, un signo puede ser llamado ícono, índice o símbolo. Pero también el resto de la historia la conocen.

Lo que probablemente debemos aclarar es la palabra ícono, sustantivo masculino tan de boga en las plataformas digitales. Todo es ícono si estamos frente a una interfaz, ícono una cara, ícono una figura, ícono una opción y una idea. No obstante, caemos en un abuso, pues estrictamente este sustantivo tiene una carga religiosa desde oriente; icone, dice el francés, ikona, emite el ruso. Pero no es sino la antigua lengua helénica la que nos explica el origen de esta palabra que tan estremecido tiene a Jesús Guadalupe, el de los íconos vectoriales.

Fue desde la voz: εικων (eikon> eikonos> ikono> ícono), de donde se entiende: la figura de, la imagen de, semejanza y comparación. En pocas palabras representación, de aquello que obviamente ya está presente. En nuestro lenguaje coloquial decimos: “eso tiene un aire de aquello”, ese aire es esencia, espíritu, es ícono. Y probablemente nuestro artista letal, podía dar muerte a sus clientes y a sí mismo, pues conquistó de alguna manera la esencia de cada uno.