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Filosofía de la ciencia, cultura y Marchas por la “Familia

Por Chessil Dohvehnain

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¿Cómo sabemos que el conocimiento que poseemos sobre cualquier cosa o fenómeno de nuestro mundo es verdadero, o cuando menos confiable? Eso es una pregunta que tiene que ver con cómo conocemos el mundo y obtenemos saberes más o menos fidedignos de la realidad. Y de tales cuestiones se ocupa la Epistemología.

La respuesta más rápida a la pregunta podría ser la siguiente: sabemos que el conocimiento que poseemos del mundo es confiable porque, como especie, hemos observado el mundo a lo largo de los milenios, con absurda paciencia y disciplina. En pocas palabras, porque poseemos un camino para conocer el mundo. Un método, el científico. Y es precisamente ésta la clave del asunto: la evidencia.

Ilustremos la cuestión con un ejemplo práctico. ¿Siempre ha existido esa cosa que llamamos familia tal como la conocemos hoy día? El lector podrá darse cuenta que ésta pregunta no implica un asunto que la física teórica o la biología puedan responder. La pregunta se refiere a un hecho social. Un fenómeno cultural que ha sido debatido por la antropología desde casi sus inicios, señalando que la respuesta es un gran NO. Esto gracias a que se han hecho trabajos de investigación en sociedades no occidentales, como con los trobriand de las islas del Pacífico, los bosquimanos del sur de Africa, los iroqueses de las grandes planicies estadounidenses, los tsembaga de las islas de Polinesia, entre muchas otras que han demostrado a través de su estudio, que la familia no es una institución que siempre ha estado con nosotros.

Otra cosa sería hablar del parentesco, el cual parece que sí ha estado siempre con las sociedades humanas. La cosa es que el parentesco no es lo mismo que familia, contrario a lo que nos indicaría el sentido común de nuestra cultura occidental. Parentesco se refiere a un complejo entramado de relaciones sociales y alianzas que tejemos los seres humanos unos con otros, a partir de la existencia, o ausencia, de lazos de sangre.

En tal sentido, la antropología como la arqueología nos han brindado un vasto cuerpo de evidencia alcanzada a través del método científico, que nos demuestra la existencia de muchos tipos de familias, formadas a partir de los sistemas de parentesco que cada cultura ha desarrollado a lo largo del tiempo y del espacio. Por eso es que existen sociedades con familias de hombres con muchas esposas, donde quien manda en la casa es la mujer. O familias donde las mujeres son las que heredan bendiciones sobrenaturales mucho más importantes que las que heredan los hombres. O familias donde los hijos de una pareja presuntamente heterosexual reconocen al tío materno como el verdadero padre de la descendencia, aunque no sea su genitor (padre biológico).

Entonces, si el método científico usado por la antropología ha evidenciado la inexistencia de una familia ideal a lo largo de la historia de nuestra especie, ¿por qué una parte de nuestra sociedad mexicana no acepta la diferencia y la existencia de otros tipos de familia, como por ejemplo la homosexual? Y aunque se quisiera blandir el argumento de la orientación e identidad de género, habría que recordar que también es un asunto cultural. Las orientaciones e identidades de género diferentes a las orientaciones e identidades dominantes de nuestros días, puede que siempre hayan existido. Los relatos del mundo antiguo parecen sugerirlo. Incluso la Biblia narra una historia al respecto, en el libro del Génesis, capítulo 19.

Así, la respuesta a la pregunta de caso no puede ser tan fácil. Las marchas por la familia demuestran que, a pesar que existe un relativo alcance al público de la información que contiene evidencia de la existencia de otras familias y orientaciones sexuales, hay un problema muy grave de conocimiento en nuestra sociedad. Puede ser uno donde factores como la desinformación, el odio racial latente, el miedo, la discriminación, u otros puedan estar entramados de forma muy compleja.

La mayoría de la población que integra las marchas parece ser, según redes sociales, entrevistas y declaraciones en medios por parte de los dirigentes de tales marchas, adherente a alguna forma de religión organizada, como el catolicismo o el protestantismo evangélico. Otros parecen ser adherentes a grupos políticos de derecha o conservadores, y otros tantos parecen ser gente que simplemente no está de acuerdo con legalizar el derecho a ser diferente, aunque sea una garantía constitucional que debió ser aprendida desde la educación básica.

Si ésta pronta caracterización de las creencias y adherencias políticas de la composición social de las marchas por la familia tiene algo de verdad, significaría un par de cosas. Primero, que una buena parte de sus militantes se adhieren a un sistema de creencias difícilmente garantizado. Y segundo, que existe una resistencia social de gran magnitud que se opone a la diferencia dentro de nuestra propia sociedad. Tergiversando opiniones de la psicología, las ciencias en general, y mezclando mitología religiosa con tales opiniones, se está abriendo paso a una discriminación social y una intolerancia sin precedentes en nuestro país, cuestión en la que deberíamos estar alertas como población, creyentes o no.

Estas cuestiones son importantes, porque demostrarían que el poder del pensamiento religioso científicamente no comprobado, es capaz aún de ser el fundamento epistemológico de una resistencia civil hacia iniciativas con un tremendo potencial político para las minorías sociales. Aunque la comunidad LGBTTTI ya no es, y con mucho orgullo, ninguna minoría. Pero el asunto es que los supuestos epistemológicos que vienen con la religión, condicionan la formación de juicios éticos sobre lo que está bien o mal, sobre lo que es socialmente aceptable o no, y sobre lo que es políticamente correcto o no.

He ahí la importancia de entender la epistemología y la reflexión que proporciona sobre la confiabilidad en el conocimiento que tenemos, científico o religioso, sobre cómo es el mundo en realidad. Para los que marchan por la antropológicamente infundada idea de la familia ideal, parece que el derecho al matrimonio homosexual y una consecuente adopción no son una opción ética, ni política ni socialmente correcta. Los supuestos epistemológicos de la religión organizada pueden llevar a una negación de los derechos civiles, de las garantías constitucionales y abrir una puerta a formas de discriminación y violencia reciente a las que una buena parte de la comunidad laica, intelectual y artística ya se opone.

¿Significa entonces que las creencias de la Iglesia, al condicionar decisiones específicas sobre cuestiones éticas, políticas y sociales a causa de sus concepciones epistemológicas, están equivocadas? Una cuestión delicada, por supuesto. Pero habría que recordar que a la fecha, no existe ningún cuerpo de datos lo suficientemente sólido y confiable, que confirme las afirmaciones epistemológicas  y cosmológicas sobre el mundo, que sostiene cualquier forma de religión organizada dominante.

El estatuto epistemológico del conocimiento religioso claramente no es el más confiable. Y aunque una buena parte de la población aprehendemos y desarrollamos una epistemología a lo largo del tiempo (razón por la cual evitamos meter los dedos mojados a los contactos de luz o por la que intentamos no cruzar las avenidas peligrosas con los semáforos en verde), no siempre suele estar basada en un conocimiento confiable de la realidad. Pero lo bueno con el conocimiento es que siempre puede cambiar gracias a nueva evidencia, nuevos datos y mucha investigación, curiosidad e iniciativa.