Federico Anaya Gallardo
Gran escándalo en la curia y en el foro. ¡Se hace política en la Suprema Corte de Justicia! Desde que Arturo Zaldívar Lelo de Larrea presentó su renuncia como ministro ante el presidente de la República el pasado 7 de noviembre de 2023, hierven los mentideros de aquésta capital federal y de las capitales estaduales. La carta del ahora ex-ministro tiene cuatro párrafos, más bien escuetos. En el primero, se precia de haber “impulsado importantes criterios constitucionales y políticas públicas en beneficio de los derechos humanos” –lo cual es cierto y verdadero. En el segundo párrafo Zaldívar señala que su ciclo en la Corte ha terminado y que “las aportaciones que puedo realizar desde esta posición … se han vuelto marginales” –otro hecho de la realidad (que merece comentarse aparte). El tercer párrafo complementa la idea, pues avisa que se sumará “a la consolidación de la transformación de México” desde “espacios que [le] brinden oportunidad de tener incidencia” –una muy legítima aspiración la que, sin embargo, se ha percibido ajena a un juzgador. De esto hablaré hoy en este espacio.
El cuarto párrafo inicia diciendo: “por lo anterior, con fundamento en el artículo 98, tercer párrafo” de la Constitución “solicito respetuosamente acepte mi renuncia”. La imagen del oficio de Zaldívar fue publicada junto con un trino en la cuenta Twitter/X de Zaldívar (@ArturoZaldivarL) a las 13:38 p.m. del mismo día siete. (Liga 1.) A las 15:52 p.m. del mismo día, Claudia Sheinbaum (@Claudiashein) trinó diciendo: “Me reuní con Arturo Zaldívar … acordamos trabajar juntos para avanzar en la transformación del país” y agregó una imagen de ella con el ex-ministro. (Liga 2.)
Importa decir que el Artículo 98 Constitucional impone dos autorizaciones para que una renuncia a la Suprema Corte sea efectiva. Primero debe aceptarla la Presidencia y luego debe aprobarla el Senado de la República. Se trata de un “camino en reversa” del sistema de nombramiento de las personas ministras, pues la Presidencia presenta una terna de la cual el Senado escoge a la persona juzgadora.
Conviene releer algunas de las reacciones al hecho y hacer su crítica. Hoy tomo una de los mentideros de la ciudad de México.
El 20 de noviembre de 2023, Jesús Silva-Herzog Márquez escribió en su columna “La deserción y la terna” de Reforma que “el escándalo no podría ser mayor: un juez constitucional en funciones despachando abiertamente como asesor de partido”… agregando que se trataba de “una abominación inconcebible”. Empecemos con la primera exclamación del comentócrata, querida lectora. Nos ayudará a entender mejor lo que ocurrió el martes 7 de noviembre (el día de la renuncia). Zaldívar anunció en redes sociales que renunciaba a las 13:38 p.m. de ese martes y Sheinbaum que Zaldívar colaboraría con ella a las 15:52 p.m., dos horas y catorce minutos más tarde. El problema es que la foto que la precandidata morenista acompañó a su trino, y en la que aparece junto a Zaldívar, la muestra a ella vestida exactamente del mismo modo que el día anterior, lunes 6 de noviembre. (Liga 3.) Es por esto por lo que Silva-Herzog Márquez se duele que un ministro en funciones esté acordando con una persona que abiertamente aspira a ser candidata a la Presidencia. Volveré sobre esto la semana que viene.
El problema con el argumento de Silva-Herzog es que asume que las y los ministros no deben tener posicionamientos político-ideológicos ni simpatías político-partidistas. Si este fuera el caso, la Constitución debería aclarar que a las y los jueces constitucionales se les restringe el voto activo durante los quince años de su mandato como ministros. Es decir, debe prohibírseles votar. Y nuestra muy liberal carta magna no dice tal cosa. Ahora que, si los liberales quisquillosos como don Jesús lo consideran necesario y convencen a dos tercios de los votos en las cámaras federales y a la mitad más una de las legislaturas estaduales, habrá que poner esa regla en la Constitución. Adelanto una pregunta para cuando estemos debatiendo eso: ¿hasta qué nivel de la judicatura debe aplicar esa i-liberal regla? ¿A las y los magistrados de tribunal colegiado? ¿A las y los jueces de distrito? ¿A las y los secretarios de estudio y cuenta? Porque –y esta es la consecuencia del purismo absurdo de Silva-Herzog– si dejamos que voten las y los juzgadores, necesariamente “se contaminan” y perderán la imparcialidad.
La exigencia de no-partidismo de Silva-Herzog es una exageración. Ni Justo Sierra Méndez –ese héroe de los extraños liberales-conservadores de nuestro México– la apoyaría. La biografía del “maestro de América” es una muestra de compromiso político-partidista mezclado con servicio sincero al Supremo Poder Judicial.
En 1873 Sierra era secretario de la Suprema Corte y en esa calidad apoyó la rebelión del presidente del máximo tribunal (José María Iglesias) en contra de la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada. Para 1877 tanto los lerdistas como los iglesistas habían sido derrotados por otro antirreeleccionista: Porfirio Díaz. Pero Sierra, bien conectado con la élite cultural del liberalismo, regresó a la Corte como secretario.
Un año más tarde, el 5 de enero de 1878, él y su hermano Santiago publicaron el primer número del diario La Libertad, adonde Los Redactores afirmaban en la columna “Programa” –la presentación del periódico, en primera plana– que “el gobierno nacido de la revolución iniciada en Tuxtepec existe como un hecho innegable, a pesar de toda la liturgia constitucional. ¿No han empezado de igual modo todas las legalidades? Reconocer… racionalmente este hecho, … si no queremos abandonar cobardemente el porvenir de la nación, es algo más justificable que tomar un fusil y echarse al campo”. (Liga 4.)
Justo Sierra escribió en esa misma primera plana un artículo titulado “El Sofisma Legitimista”. En el mismo, se burlaba de los lerdistas que, en aquel segundo año del primer gobierno de Díaz, seguían alegando desde el extranjero que don Sebastián era el presidente. Escribió Sierra: “Fuera de él no hay constitución, fuera de la Iglesia no hay salvación. / Las fórmulas están respetadas y eso basta. No importa que el pueblo no haya elegido … no importa que la opinión casi unánime del país se haya pronunciado … en contra de la reelección [de Lerdo], la mayoría [del congreso] reeligió [a Lerdo] en uso de las facultades constitucionales”.
Y termina don Justo (como gustan llamarle los liberales-conservadores como nuestro Silva-Herzog Márquez) con esta estocada: “Y es así como el Sr. Lerdo, que tenía un profundo desdén por la Carta federal, y sus amigos que á ciencia y paciencia de la República entera, la escarnecían, la rompían á cada paso, se han encontrado, con gran sorpresa suya y nuestra, convertidos en paladines de la Constitución, del derecho divino de las fórmulas”.
Bien harían los liberales-conservadores de hoy en releer atentos y críticamente al gran liberal-conservador del siglo XIX. Hay que ver racionalmente los hechos y no dejarse engañar por la liturgia constitucional y las fórmulas de los juristas –que NO tienen nada que ver con el verdadero espíritu de las leyes liberales –cuyo fondo es siempre democrático.
En los 145 años que han pasado de 1878 a 2023, los hechos que debemos reconocer son mucho mejores que los que el licenciado Sierra debió aceptar bajo el dominio de Porfirio. Respetando el orden constitucional, en 2018 el obradorismo logró conquistar la Presidencia de la República y al menos la mayoría absoluta de las cámaras federales. Aunque no puede modificar la Constitución (ni nombrar a contentillo a las personas ministras de la Corte), en los últimos cinco años Morena ha avanzado y de controlar sólo cinco gubernaturas en 2018 ahora domina 22. Más interesante aún: no es claro que en 2024 el nuevo oficialismo pueda retener todas sus conquistas. El pésimo gobierno de Blanco en Morelos plantea un serio reto. Sin perderse el orden ni la estabilidad, hay alternancia partidista en los gobiernos.
Regresemos a Sierra Méndez, lectora. En 1880 dejó la Corte para postularse como diputado federal, según nos dice Lucio Cabrera Acevedo en el capítulo J de su libro La Suprema Corte de Justicia durante el fortalecimiento del Porfirismo, 1882-1888. (SCJN, 1991, pp. 73-78, Liga 5.) Sierra estará en la Cámara catorce años (siete periodos), hasta 1894. Entonces fue electo ministro de la Corte (en votación democrática, como mandaba entonces la Constitución).
Un detalle relevante. En noviembre de 1899, Sierra mandó una carta al presidente Díaz explicándole por qué él no había firmado los desplegados que apoyaban al dictador para reelegirse por quinta ocasión en 1900. Le dijo: “crea V., señor, a mi honrada franqueza … la reelección significa hoy la presidencia vitalicia, es decir, la monarquía electiva con un disfraz republicano. / Yo no me asusto por nombres, yo veo los hechos y las cosas”. (Sierra, Obras Completas, p. XIV:96-98.)
Sierra no compitió en las elecciones de 1900. Pero el presidente Díaz lo nombró subsecretario de Justicia, encargado de las tareas educativas. En 1904 Sierra logra la erección de una secretaría federal de Instrucción Pública –de la que él será el primer titular. En ese puesto estaba en 1910 cuando llegó la Revolución.
Frente al ejemplo del “maestro de América” que tanto admiran los liberales-conservadores de ayer y hoy, ¿no te parecen razonables, lectora, las razones explicitadas por Zaldívar en 2023? El ex-ministro desea sumarse a la consolidación de la transformación de México en espacios en que pueda tener incidencia. Esta es, a mi leal saber y entender, una causa grave (en el obvio, pero olvidado sentido de importante). Y el ejemplo de Justo Sierra Méndez demuestra que es una posición válida, más allá del ritualismo, las liturgias y las fórmulas jurídicas vacías.
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://twitter.com/ArturoZaldivarL/status/1721975321119879235
Liga 2:
https://twitter.com/Claudiashein/status/1722009069249036750
Liga 5:
https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/2/927/13.pdf





