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Luis Ricardo Guerrero Romero

Cual si fuera parte de sus cromosomas “xx” en las venas de la chica que ahora tengo en la mente, invadidas estaban de un ilustre sentido perspicaz. Ella lo supo, lo disfruta, entendió cómo sacar mejor provecho de su ser. Más que envidiarla por su figura por su gran sentido de socialización, la pienso como un ser que hizo bien con lo que de ella hicieron. Con probabilidad si Sartre la hubiese tratado podría ésta ser la musa del existencialismo-humanista. Generalmente, no le necesitaban aclarar cosas en las que ella estuvo presente, no tenía una memoria prodigiosa, pero poseía la agudeza en lo que se encontraba a su alrededor. Era, lo insisto, la chica perspicaz.

Tristemente creció, dejó de ser una mujer lozana para dar paso a una dama, 34 años y sola, con unos amigos que se multiplicaban en las buenas y mermaban en las malas. A mi gusto, dimitió de ser tan perspicaz. Para entonces, ella debía informarse en mayor medida en las redes sociales, y daba por verdad, por estúpido que se lea, mayor credibilidad al Facebook y Tik tok, que a otro tipo de líneas de comunicación. Pero su fama de perspicaz se mantenía en la memoria de muchos, de tal suerte que, los comentarios o likes que ella daba como gesto de aprobación a los seguidores, el resto de los que la conocían secundaban la acción. Sin duda fue agradable ser su detractor mientras vivió. Ahora me dedico a loarla, y a hacer presente lo bueno que era, como un detalle a la persona que me ayudó a descubrir esa parte oculta en mí. Es decir, la parte de ser un escritor desde el penal, donde ahora perspicaz observo a otros asesinos que al igual que yo, esperamos lo evidente para blandir la rabia.

Ser alguien perspicaz nos puede traer muchas dulzuras, pero al final si no sabemos manejar bien las emociones nos daremos un postre insípido y desagradable. Como la mujer del texto anterior que sólo por tener esa habilidad, o más bien, esa genialidad de ser perspicaz, la envidia de su amiga la tomó por sorpresa y concluyó su vida entre los mortales. Al final, o puede ser en medio o al principio, por muy perspicaz que sea el ser humano, nunca tendrá mejor ojo que la muerte.

Elegí este adjetivo perspicaz esta semana porque me parece que es una palabra poco empleada en nuestro lenguaje, no es un adjetivo rimbombante ni por el estilo, pero tampoco es vulgar. No obstante, no se adjudica a muchos, ¿será porque pocos se la han ganado realmente?

Lo primero que nos arroja el entendimiento es que ser perspicaz, es ser avispado y sutil, fino en lo que se observa. No cualquiera tiene tales atributos, y menos los tendrá cuando nos dirigimos al latín y encontramos el origen de tal adjetivo con la descripción de evidente, como traducción del adjetivo en sus tres géneros: perspicuus, a, um. Lo evidente es cierto en su contexto, y lo cierto es indudable. Así que, es perspicaz aquel que es evidente con su vida y sus hechos, es decir un ser transparente. Por lo cual, sólo los animales no racionales, desde mi visión, son los únicos perspicaces. Puesto que el hombre racional, ahogado en sus huidizos mentales, no se revela idéntico con su esencia y sus actos la totalidad de su existencia.

l.ricardogromero@gmail.com