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La (desigual) carrera por la Sierra de San Miguelito

Armando Hernández Soubervielle

Estas últimas semanas hemos estado recorriendo la porción sur-suroriente de las faldas de la Sierra de San Miguelito con la intención de seguir registrando los caminos de la cantera (yacimientos, bancos y caminos antiguos) y de paso, los que pueden ser identificados como marcadores históricos en esta porción de nuestro territorio. Lo que presento en esta columna son vistazos de lo que he recuperado y, al mismo tiempo, reflexiones que surgen (y preocupan) de estos recorridos.

Para seguir una ruta lógica, hemos andado el camino real a Guanajuato (que corre paralelo a las faldas de la Sierra de San Miguelito); a lo largo de éste vamos encontrando vestigios históricos hoy abandonados (represas del siglo XVIII, caminos aplanados o empedrados que suben a la serranía, etc.). Entre basureros y socavones, aparecen caminos antiguos, uno de ellos se abre paso para llegar a las primeras canteras que abastecieron la arquitectura del centro histórico de nuestra ciudad; son los más próximos a los derrames serranos. Subimos por un camino ya andado, adelante del Aguaje, para darnos cuenta que los cerros que otrora proveyeron de material, van siendo cercenados por el avance de la urbanización de un fraccionamiento de nombre mordaz, pues dicha empresa lleva en su apellido el empeño en destruir justamente eso, los peñones históricos. Cascajo de cantera rosa, blanca, violácea, van marcando veredas donde pesadas máquinas avanzan, “pastoreadas” (sí, pastoreadas por vehículos de seguridad), abriendo vorazmente caminos, rompiendo cerros o allanando el terreno. Seguimos más arriba, apenas a unos metros de la carretera de terracería que se va trazando, la sierra se abre imponente en macizos que presentan vestigios del trabajo de cantera. Una cañada imponente, que viene desde la del Lobo, va alimentando con arroyos diversos embalses. Ahí, vibrando por la marcha de los bulldozers, revolvedoras, trascabos, encontramos lechuguillas, candelillas, sangre de grado; frágiles biznagas endémicas se aferran con una hebrita de raíz a la tierra. De pronto, un halcón, posado sobre la seca inflorescencia de una lechuguilla. Vuela al vernos. Aves diversas asoman: correcaminos sobre el antiguo camino de piedra para llevar la cantera a la ciudad; aves guachichilas con su antifaz negro y bonete rojo; auras volando en círculos sobre nosotros… Bajamos al trazo de la carretera de nuevo. La toponimia no engaña. Enseguida del cerro de la Cantera (mutilado ya), la presa y el poblado homónimos. Estamos en una porción de la sierra de donde se ha sacado piedra para cantería desde el siglo XVI.

Volvemos al camino real de Guanajuato. Nos lleva hasta Arroyos y El Peñón; enseguida el Terrero. Todas las poblaciones que cruzamos son antiguas y tienen sus restos históricos esperando ser investigados. Una hacienda reconvertida en restaurante, con su casco, garita y troneras del siglo XVIII; caminos empedrados o aplanados, humilladeros, pirules centenarios que marcaban la ruta y daban sombra a los carreteros que entraban y salían de San Luis Potosí. ¿Sorprende que hasta la más sencilla de las casas tiene su detalle en cantería? Subimos a los embalses y, en el camino, huellas de la extracción de cantera. Todo está ahí. Una calma indescriptible se va presentando conforme la vegetación cambia, pinares aparecen como manchas en la serranía, acequias antiguas bajando desde el renovado embalse de San Antonio. Ahí, ¡dos águilas reales! ¿Puede creerse? Tan cerca. Huellas de un zorro y, encima de éstas, las de un coyote, ellos van marcando su territorio.

Pero la tranquilidad del agua, la riqueza y complejidad de la biota de la Sierra de San Miguelito, la historia en ella calada en piedra, están bajo amenaza. A la par de las ruidosas y pesadas máquinas, silenciosos e infatigables topógrafos siguen marcando el territorio, fraccionándolo en retazos, como si de estampar la “x” del mejor botín se tratara. Mojoneras frescas, recientes, con lascas de cantera pintadas con un azul metálico, o gruesas líneas de cal, van marcando niveles y límites sobre la sierra. No hay tregua para ellos. El pasado domingo 14 de febrero los vimos levantando niveles cerca de las canteras históricas del Aguaje, una semana después, marcando los límites de San Juan de Guadalupe a la altura de la presa de Arroyos. El avance es impostergable para ellos.

Es esta una carrera desigual. Mientras que el alcalde interino, Alfredo Lujambio Cataño, y trece de los 18 regidores se encargaban de decir hace unos días que se aprobaba el programa del Plan de Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano, pero que éste no contaría pues estaría condicionado a mesas de trabajo y que no “surtiría efecto en las porciones señaladas en el oficio emitido por SEMARNAT”, los señores de la tierra, los intereses detrás de todo, seguían enviando a sus máquinas y sus ingenieros. Mientras María Luisa Albores señala que se deben frenar los trabajos de urbanización, pues sigue abierta la consulta de SEMARNAT para obtener la declaratoria de Área Natural Protegida, los topógrafos, siguiendo las órdenes de los terratenientes, levantan niveles y marcan el terreno. Lo fraccionan. Mientras las autoridades locales con una mano dicen una cosa y con la otra aseguran respetarán lo que la SEMARNAT indica, los comuneros de San Juan de Guadalupe estallan en enojo porque no se les está considerando en la propuesta de declaratoria, pero tampoco dejan ver sus verdaderos intereses. Así, todas las partes, jugando al desentendido, al enojado, al preocupado, pero todos, sin saberlo -o sabiéndolo-, haciéndole el trabajo fácil a los urbanizadores. Es una carrera sin equilibrio de partes: las autoridades nos dicen que no pasará nada y lo cierto es que sigue pasando. Las inmobiliarias siguen sus trabajos, velados pero infatigables. Nadie les dice nada; nadie los frena ni suspende sus obras, nadie les ha dicho que “hay que esperar el resultado de las mesas”; como si supieran que ese “aprobar sin aprobar”, solo es la antesala de un triunfo, porque al final obtendrán los pedazos de tierra que robarán al ecosistema de la sierra; como si supieran que ni las promesas del gobierno (de ambos, el local y el federal), ni los enojos de los comuneros, afectarán sus intereses. Desigual porque mientras unos van conquistando territorio sobre ruedas de trascabo, la protección de la sierra va montada sobre aviones de papel. ¿Quién llegará primero?

Los movimientos políticos locales de cara al proceso electoral de junio (incluidas las alianzas y los cambios de partido de los actores políticos, algunos aberrantes, otros ridículos y, a cual más, peligroso), no auguran un futuro promisorio para la Sierra de San Miguelito. No lo es ya porque mientras nos dicen una cosa en el papel, la avanzada inmobiliaria sigue, silenciosa pero contundente. Ahí está, como si nada pasara. Parece que cada actor político trae su agenda, ninguna de ellas siquiera cercana a la protección de la sierra. Intereses hay y muchos, ningún político se salva en ese sentido.

Lo que parece un recuento romantizado de la sierra, tiene constancia gráfica, todo lo tenemos documentado, cada planta, cada animal; pero también cada trascabo, cada topógrafo, cada mojón pintado de azul, cada encalado. Todo está documentado porque en esta carrera desigual, sólo podemos defender lo nuestro con pruebas. La sierra parece impasible, pero no lo está, está en peligro y no lo sabe.

armando.hernandez@colsan.edu.mx