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Luis Ricardo Guerrero Romero

Desde hace nueve meses tuve la oportunidad de sostener extrañas conversaciones, unas ocasiones con el ímpetu de la lozanía embrionaria, y otras con una enervante ansia de conocer. Del modo que hubiese sido para todos los como yo, habría sido una experiencia que no se iba a repetir jamás. Asimismo, cupieron en las disonancias aquellas preguntas que todo ser pensante tuvo que hacerse más de una vez: ¿desde cuándo y hasta cuándo?, ¿por qué así y no de otro modo?, ¿pensado, planeado, esperado?, o ¿fortuita ocasión de pecar, del placer por placer? Los otros como yo estábamos seguros de algo, que, de cualquier manera, habría una persona que sería la mera mera.

Somos conscientes los como yo de la suerte, del destino fatal, del odio humano, de la inconsciencia, del desánimo, de la precaria sensatez de tener que morir antes de morir humanamente; también supimos que por una situación u otra esa persona mera mera, no sería la mujer del vientre donde ahora descasa toda la potencia humana. No obstante, para la gloria de la humanidad siempre existirá esa persona a la cual agradeceremos ser la meritita bendición.

Ya son las 7 horas de la mañana del domingo, los como yo estamos a punto de descifrar un mundo al cual no solicitamos oportunidad, pero ya mero una persona de nombre madre (generalmente) guiará la senda del arquetípico Dios.

No podríamos pasar por casual el día que se avecina, el día del amor maternal, y tal como lo dice el texto anterior, podremos decir con todo nuestro folklore que cada una de nuestras madres es: la mera mera. Para los mexicanos es una palabra fácil de entender, sobre todo si ésta se le adjudica a un ser maternal. Quien haya gozado o goce de este milagro materno no puede no decir: ¡mi mami es la mera mera!

Ahora bien, qué demonios es esa palabra y otras tantas como: merito, merititito, mero, mera, o expresiones: ya mero, por merito, allí mero y obviamente el mero mero. No, no hablamos de una especie de pez, ni tampoco de una idea de lo meritorio, aunque fonéticamente lo parezca. Se habla del más bueno(a), del por poquito, o del ya casi según la circunstancia. Es decir que, en algunos casos esa voz funciona como adjetivo, adverbio, locución adverbial; aunque de modo antiquísimo la voz mera(o) significa también lo más puro. Nuestra hipótesis es que desde el latín: merus, a, um: puro, solo, único, genuino; derivó a nuestra lengua el sentido de lo mejor, es decir, la mera mera, la verdad, la neta, la única. Sin embargo, habrá que resaltar que, para que este adjetivo funcione debe de ser reiterativo. No sólo decimos mi mami es la mera, sino se enuncia por doble, porque al mexicano le gusta revalidar, halagar.

Ahora bien, el sentido como adverbio o locución no cambia el origen latino, pues la expresión: ya merito, puede ser entendida por un: ya será verdad o genuina la acción. Por ejemplo: — ¿Para cuándo mi coche? —Ya merito. O bien los enamorados se dicen: dame un beso allí merito donde me gusta.

Sea como fuere, hoy me uno a los cientos de medios de comunicación para agradecer a las madres y a la mía, por ser la mera mera quien me da, cuida y libera la vida.

Hoy no es el día de las madres, pero, ya mero será.

l.ricardogromero@gmail.com